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Rompiendo la crisálida

Nostalgia


Mircea Cărtărescu


Impedimenta, 2012


ISBN: 978-84-15130-30-7

375 páginas


23,95 €


Traducción de Marian Ochoa de Eribe


Introducción de Edmundo Paz Soldán

Sara Mesa

Uno de los cuentos que compone este volumen aparece encabezado por la siguiente cita de Thomas Mann: “En definitiva, en el mundo hay un solo problema: ¿cómo lograrlo? ¿cómo zarpar? ¿cómo romper la crisálida y transformarte en mariposa?” Me parece un buen punto de arranque para hablar de la obra de Mircea Cărtărescu, en la que se producen constantes metamorfosis de personajes, escenarios, tonos, atmósferas e incluso del mismo lector. Cualquiera que no haya leído nunca a Cărtărescu -y era mi caso hasta ahora- sentirá que al hacerlo comienza también un viaje sorprendente y transformador, en el que al final nada era con seguridad lo que parecía ser en un principio.

Nostalgia, escrito en 1989, es el libro que le valió el reconocimiento público a su autor, el escritor rumano más apreciado en el extranjero según explica en la solapa la editorial. Compuesto por cinco cuentos de muy distinta extensión -dos más cortos, a los que se otorga la función de prólogo y epílogo, y tres centrales que se aproximan a la novela corta-, el conjunto funciona también como un todo, pues hay relaciones entre ellos, sutiles en principio pero fuertes en el fondo, del mismo modo que la araña teje sus hilos en apariencia débiles, pero en realidad letales (y hay que decir que esta metáfora tiene aquí su sentido, pues la araña y su red son símbolos determinantes en la obra del escritor).

Cărtărescu ha sido comparado con Kafka, con Borges, con Proust, y es cierto que en sus cuentos se pueden encontrar rasgos que lo relacionan con estos grandes, como la sordidez kafkiana de la trama en “El ruletista” -una parábola metafísica, según el mismo autor-, la semejanza entre el REM y el Aleph -señalada explícitamente-, o la tortuosa y proustiana descripción de los celos en “Los gemelos” -“el método proustiano -dice el narrador-, me resulta, lo quiera o no, familiar antes incluso de saber quién era Proust”-. Sin embargo, la narrativa de Cărtărescu posee una textura extraña y alegórica, muy personal y en nada parecida a los autores citados, que también lo acerca a esa especie de realismo mágico que a veces se encuentra en algunos países de la Europa del Este. En sus cuentos indaga en el mundo de los sueños, pero no solamente como material onírico desvelador de la realidad “real”, sino como estructura compositiva de los textos, que adquieren de este modo una cualidad pesadillesca y turbia. En “El Mendébil”, a raíz de las desvaídas impresiones de un sueño, el narrador realiza una obsesiva tarea de recuperación (anamnesia) y logra, como tirando de la hebra de una madeja, colocar en el primer plano narrativo un recuerdo de infancia. En “REM” los sueños se alternan con la vigilia, contaminándose mutuamente. En general, los sueños son fuente inagotable para una forma extraña de fantasía que casi siempre parece aceptable en su contexto. Si un grupo de niñas, a través del agujero de la perla falsa de un collar, son capaces de atisbar toda la ciudad de Bucarest, en su conjunto y en cada uno de sus más pequeños detalles, todo tipo de acceso al conocimiento es posible.

No solamente el mundo de los sueños, sino también el de los recuerdos y el de la infancia -básica sobre todo en las tres historias centrales-, son constantes en estos cuentos. No es extraño entonces que hayan sido agrupados bajo el título de Nostalgia. Sin embargo, nociones a veces tan escurridizas como estas, toman aquí una notable corporeidad: la narración está impregnada de sensaciones y percepciones, sobre todo visuales -con una elaboradísima gama de colores y luces-, pero también táctiles, olfativas y sonoras. Nostalgia es por ello un libro muy sensual, abigarradamente sensual, incluso afrodisíaco, como en algún sitio se ha calificado.

La prosa de Cărtărescu recuerda en cierto modo a la inmersión en un enorme bazar de antigüedades. La cantidad de estímulos es tan grande que uno corre el riesgo de extraviarse, o aún peor, de comenzar a examinar cada objeto con detenimiento e ir perdiendo progresivamente el interés. A veces se percibe un alarde de conocimiento enciclopédico que, al menos en mi experiencia lectora, puede entorpecer imágenes y símbolos que de otro modo hubiesen resultado mucho más potentes. Sucede, por ejemplo, en las páginas finales de “Los gemelos”, durante la excursión nocturna al museo de ciencias naturales, en las que se enumeran hasta la extenuación decenas de ejemplares de especies disecadas. La fantasmagoría acentúa quizá su atmósfera, pero la fuerza narrativa se resiente. Sin embargo, volviendo a la cita de Thomas Mann, es posible que la mariposa vuele en ocasiones con un barroquismo amanerado; sin embargo, nadie podría discutirle su belleza. Lo mejor, sin duda, esas marcas de estilo que crean un universo propio y reconocible en cada una de las historias: la descripción de Bucarest como una ciudad mítica en la que todo puede ser posible, las arquitecturas extrañas -torreones sin ventanas, pasadizos y túneles subterráneos-, la dualidad del espejo -con gemelos, seres andróginos, correspondencias- y la creación de personajes con capacidades sobrenaturales, criaturas anómalas físicamente y escritores derrotados que interrogan al mundo mientras tratan de apresarlo en sus libros.

admin

4 comentarios

  1. A mi también me parece uno de los mejores libros que he leído este año y eso que, paradójicamente, estuve a punto de dejarlo un par de veces, irritado por ese extremo barroquismo. A mí, más que a Borges o Cortázar, me recordó, salvando las muchas distancias, a Lezama Lima o Carpentier, por la minuciosidad y sensorialidad de la prosa.

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