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Saliendo del escepticismo poético

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JUAN CARLOS SIERRA | Últimamente en mi casa de lector no son buenos tiempos para la lírica. No sé si seré yo, si serán los poetas, si serán las editoriales, si será el ritmo frenético que nos avasalla, pero el caso es que ando medio peleado con la poesía que me va llegando o las noticias que sobre ella me alcanzan. En las listas de los más vendidos, por ejemplo, no me reconozco como lector ni reconozco a los ‘top-ten’ en su inmensa mayoría –será por sus nombres imposibles e impronunciables-. Y de lo que voy leyendo, ya sea por iniciativa propia, por sugerencias de amigos lectores –e incluso poetas- o por mi docilidad para dejarme convencer por el ecosistema literario de suplementos tradicionales o modernas redes sociales, solo consigo un largo bostezo desilusionado o un cabreo considerable al comprobar la poca gracia poética que me hace haber invertido una buena cantidad de euros en naderías.

No obstante, aún quedan en ese ‘top-ten’ o principalmente fuera de él libros últimos que me reconcilian con mi antiguo entusiasmo como lector de poesía. Ahí están, por ejemplo, Por qué cortarse una oreja de Juan Álvarez o, sin ánimo de que se me vea demasiado el plumero y al mismo tiempo sin pudor alguno, Ya la sombra Felipe Benítez Reyes, Un asombroso invierno de Joan Margarit o A puerta cerrada de Luis García Montero, asunto central de esta reseña.

Cada uno tiene su educación, su tradición, sus tics literarios. Yo asumo los míos con sus más que probables errores de fábrica y, en ese sentido, lo que le pido a un libro de poemas es que me zarandee, que me coja por las solapas y me revuelva el gesto, incluso que me deje algún moratón en la cara con unos versos que no parezcan eslóganes publicitarios o tuits de autoayuda, pero que tampoco se escoren hacia ese hermetismo de amiguetes bien avenidos intelectualmente que se reconocen –ellos y solo ellos- en sus chistes privados.

Creo que con esto podemos adelantar un primer acercamiento al último poemario de Luis García Montero. A puerta cerrada, desde mi perspectiva como lector de poesía en fase depresiva, un libro que exige a quien se acerque a él un esfuerzo de apropiación y recreación que se convierte automáticamente en placer; un disfrute que procede de unos versos certeros, de una construcción de imágenes exactas,  necesarias y vívidas, del paso a cada página y a cada título de unos poemas construidos con habilidad y precisión de relojero suizo, unos textos en los que a veces creo escuchar allá al fondo –e incluso en sus silencios- a Federico García Lorca, a Jaime Gil de Biedma o a Ángel González, y donde también me llegan ecos de libros anteriores de Luis García Montero, como es natural, pero en los que predomina la máxima de no repetirse, de no insistir en las fórmulas consabidas del éxito poético, si es que de éxito se puede hablar en poesía.

Esa novedad creo que se fundamenta además y de forma más intensa en la postura de la voz lírica que habla en estos poemas, una voz por la que ha pasado el tiempo y que quiere dejar constancia honesta de ello.

“Cualquier autorretrato / es una discusión”, dicen los versos de arranque del poema titulado “En casa de mis padres”. Reducir sesenta y tres poemas a solo dos versos de uno de ellos se me antoja un tanto arriesgado, cuando no algo estrafalario por mi parte. Sin embargo, creo que, con muchas posibilidades de equivocarme, el conjunto del libro respira esa atmósfera de diálogo con uno mismo y con su pasado, de ajuste de cuentas a veces con quien se es y se fue –interprétese aquí esta forma verbal del pretérito perfecto simple del indicativo en su vertiente estática del verbo ser y en la más fluida del verbo ir-. Pero no se trata de una enmienda a la totalidad, sino más bien de un diálogo desde la sensatez y la honradez, desde la serenidad calmada de los años vividos: “Son los acuerdos de la edad,/ las decisiones justas,/ las cenizas de aquello/ que me deja vacío y me hace más digno” –“Los acuerdos”-. También está presente la necesidad de la renuncia, de cierta renuncia para propiciar el diálogo con los demás y con uno mismo –“Mi cuaderno y tus gafas”-.

Definitivamente la palabra clave de este poemario es precisamente diálogo, negociación, incluso con el personaje del lobo, con esa imagen que como efectivo y acertado desdoblamiento del yo poético transita todo el poemario y lo vertebra.

Abundar más en A puerta cerradasignificaría abrir demasiadas puertas al lector, traicionarlo en cierto sentido. Así que lo dejo aquí. No obstante, he de agradecerle públicamente a los libros mencionados en esta reseña que no abjure definitivamente de la poesía, porque, por centrarnos en uno concreto, con poemarios como el último de Luis García Montero al ser insignificante que soy aún le quedan ganas de que unos versos lo zarandeen y lo pongan en la pista de la posibilidad de una vida diferente y de una poesía al margen de los mecanismos perversos de la historia.

A puerta cerrada (Visor Poesía. Colección Palabra de Honor, 2017) | Luis García Montero | 110 páginas | 18 €

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