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Se armó el Belén

toibin

 

El testamento de María

Colm Tóibín

Lumen, 2014

ISBN: 978-8426400208

128 páginas

14,90 €

Traducción de Enrique Francisco y Juncosa Cirer

 

José María Moraga

La religión es misterio. Surge de ese encuentro del Hombre consigo mismo y con lo que le rodea, con esa necesidad primordial e insoslayable de explicar lo que no tiene explicación. ¡Ah, pero eso fue hace tantos miles de años! Hoy día, incluso la experiencia religiosa se nos ofrece cómodamente prefabricada y empaquetada para su consumo o rechazo instantáneo. La religión organizada -digámoslo ya: el cristianismo- se presenta tan tradicional e inmovilista que lo que debería ser la mayor fuente de sorpresas deja ya poco margen al verdadero misterio.

Como lector católico, fantaseo que ahí reside la clave del éxito de toda la literatura apócrifa acerca de las religiones y sus grandes figuras. No todo va a ser crítica acerada, no todo hagiografía. Fascina también transitar esas zonas grises, las que la religión oficial no cubre por no quedar cartografiadas en sus libros sagrados, y qué mejor manera de hacerlo que a través de la ficción. Centrándome en el cristianismo, estoy pensando en El Evangelio según Jesucristo de José Saramago La infancia de Jesús de J. M. Coetzee o la saga Caballo de Troya de nuestro J. J. Benítez. Después de todo, si Jean Rhys le pudo imaginar una vida a la primera Sra. Rochester de Jane Eyre, si Tom Stoppard puso la cámara en Rosencrantz y Guildenstern (dos secundarios de Hamlet), si otra vez Coetzee le dio la vuelta a Robinson Crusoe… ¿por qué no hacerlo con la vida de Jesucristo, alguien casi tan importante como los Beatles?

A esta rica tradición de “apócrifos postmodernos” viene a sumarse la última obra del escritor irlandés Colm Tóibín, El testamento de María. Se trata de una novela corta que el año pasado optó como nominada al premio Man Booker, el más prestigioso (el más famoso) de las letras británicas. Tóibín es un escritor consumado, en Estado Crítico todavía nos hacemos lenguas de su magistral anterior novela Brooklyn, de 2009. Autor abiertamente irlandés y homosexual, producía cierto morbo saber qué tratamiento daba Colm Tóibín a la Virgen María, aunque fuera porque uno tiene la tentación de imaginarlo como un creador reprimido en lucha con su legado cultural, como Stephen Dedalus, o como esos personajes de las películas de Martin Scorsese atormentados en misa. Conocida es, además, la inexplicable dureza con que la Iglesia oficial censura la homosexualidad, y sin jugar a elucubrar qué habrá dentro de la cabeza de Tóibín, es lícito preguntarse si tendrá o no alguna cuenta que saldar con la religión que define su país.

Porque admitámoslo: Irlanda es «católica». Se piensa a sí misma celta y católica (igual que los EE.UU. se piensan blancos y protestantes), y esto tiene una gran influencia en su mentalidad y su vida social. Nos gusta pensar que España vive bajo el yugo del oscurantismo católico: a lo mejor fue verdad hace cuarenta o cincuenta años, hoy no. Y si tenemos la tentación de pensar que Rouco Varela es quien legisla en este país, haríamos bien en echar un vistazo a la República de Irlanda y sus leyes sobre el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual. Irlanda es católica -decía- y Colm Tóibín es irlandés. ¡Si hasta escribió un libro titulado El cepillo de dientes de Lady Gregory…!

El testamento de María tenía, por estos motivos, todos los mimbres para presentarse como una bomba literaria. Y en lugar de eso tenemos -permítanme el chiste fácil- un auténtico petardo. Nada o casi nada en él resulta provocador o novedoso. Que la Virgen María era una señora palestina de hace dos mil años ya lo sabíamos. Que los cristianos eran unos hijosdeputa fanáticos… lo siento, Colm, pero eso también. Sin embargo, no voy a criticar este libro porque no esté de acuerdo con las ideas que contiene (tranquilos, no soy Caballero Bonald), sino porque literariamente me parece que no ha estado a la altura.

Lo encuentro bastante flojito: las 128 páginas de la edición española componen una novela corta que hubiera podido dar para un relato potente,  más breve, si el tema fuese la conversión del cristianismo primitivo de secta marginal en aparato de poder. Pero al colocar a la Virgen María como narradora creo que no se ha hecho un favor a la historia porque haciéndolo Colm Tóibín ha renunciado a la más mínima verosimilitud. Ni Tóibín ni ustedes ni yo sabemos cómo hablaba o pensaba María de Nazaret, pero apuesto mi medallita de la Primera Comunión a que no lo hacía como Séneca o Plinio el Viejo. Desde Gonzalo de Berceo a Pergolesi, la Virgen ha sido desde siempre un personaje con una gran complejidad y profunda carga mística (vuelvo al “misterio” del primer párrafo), y se ha perdido aquí una interesantísima oportunidad de desentrañar, desde la fabulación, algunas de las claves de su personalidad o carácter, más allá de decir que era una resentida o que adoraba a los ídolos paganos. Lo siento, pero en esta ocasión la prosa del autor irlandés (tan verosímil y rica en Brooklyn) no ha estado a la altura: al leer, había veces que no sabía si la voz del narrador correspondía a la Virgen María o a Juan Ramón Jiménez, tal era su grado de lirismo y profundidad, en una mujer supuestamente humilde e inculta.

Por otro lado, más allá de los guiños morbosos al autoritarismo de los primeros cristianos, María aparece como una mujer amargada, ajena al circo del incipiente cristianismo, cumplidora del plan de Dios muy a su pesar, una figura diametralmente opuesta a la presentada en la Anunciación y el “He aquí la esclava del señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lucas, 1: 38), lo cual admito que no deja de ser interesante. Por desgracia, estos matices del carácter de la protagonista chocan una y otra vez con lo inapropiado de su discurso, y no llegan a hacer cuajar en novela de entidad lo que -como ya he dicho- tal vez hubiese funcionado mejor como relato corto. Así, titular El testamento de María una obrita que apenas repasa un puñado de anécdotas (las bodas de Caná, la resurrección de Lázaro, la muerte de Cristo) para darles un barniz desmitificador me parece un ejercicio de rimbombancia.

Todo lo anterior lleva a una conclusión inequívoca: el libro no merece la pena y supone un paso en falso (¿Una obra de encargo, tal vez? ¿Al calor de un posible premio?) en la carrera de un escritor mayúsculo. Mi admiración por Colm Tóibín continúa -empero- intacta, y espero grandes cosas de él en el futuro. Los grandes también tienen derecho a caerse: el propio Jesucristo fue tentado tres veces por el Demonio; cuatro, si hacemos caso a Scorsese.

admin

2 comentarios

  1. Uf, qué tranquilidad. Yo tampoco soy Caballero Bonald. Muy buena la reseña.

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