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Se vende

moriche periodistaILYA U. TOPPER | Así que el detective quedó con el periodista local en un bar, bastante cerca del muelle donde el sindicato del crimen descargaba los fajos de droga que luego se almacenaban en la casa de un diputado, con la policía vigilando la operación. Le contaba lo que había descubierto. Y el periodista asentía. Sí, sí, todo eso ya lo sabemos.

–Y si lo sabéis ¿por qué no lo denunciáis? Tú trabajas en un periódico. Los periódicos están para informar al público. ¿Por qué no lo destapáis?

– ¿Ves ahí enfrente la casa de putas? ¿Sí? Pues ¿sabes cuál es la única diferencia entre nuestra redacción y esa casa?

– ¿Cuál?

– Que nosotros no tenemos un piano en el vestíbulo.

El diálogo es de los años 20 del siglo XX y sale en una de esas ediciones baratas de novela negra que antes se leían como hoy se ven series de Netflix, y ya lo conté en una reseña en EC, pero espero que nadie se acuerde. Lo repito aquí porque resume en ocho líneas lo que mi viejo colega Juan León Moriche cuenta en 80 páginas, y no son muchas, créanme. El tiempo que tardará en leerlas es un tiempo bien invertido.

No sé si ustedes saben que entre las varias modalidades del Pulitzer existe el premio al Reportaje Local. Sí, mucho informar desde Alepo bajo las bombas, que está muy bien, pero a la misma altura se sitúa, la noche de gala, contar quién cobra cuánto por el permiso ilegal de la urbanización en la playa. Puede ser más difícil que sacar una crónica desde las trincheras. Aunque desde luego no se corre riesgo de vida, eso no. Solo te despiden.

A Juan León Moriche lo han despedido muchas veces, y después de este libro no es probable que lo vuelvan a despedir de ningún diario local, porque no volverá a trabajar en ninguno, al menos no de Despeñaperros para abajo. Porque Moriche no se limita a decir cierta empresa o mi entonces director. Los llama por sus nombres, sin rotulador negro, uno por uno: La Caixa. Cepsa. El Corte Inglés. José Joly. José Antonio Mallou. Hacen cameos los compañeros Jorge Bezares y Juanjo Téllez. Aquí todos dan la cara.

José Antonio Mallou era el dueño del periódico en el que yo publiqué el primer artículo de mi vida y los cien siguientes. Se llamaba Cádiz Información, y su redactor jefe era entonces Juan León Moriche. Coincidimos durante pocos meses: de octubre de 1993 a enero de 1994 o así.

El diario ya no existe, ignoro si todavía existe algo del pequeño imperio empresarial que Mallou había ido montando con diarios, semanarios y quincenales entre Algeciras y Sanlúcar de Barrameda, decidido a hacer la competencia al todopoderoso Grupo Joly, el del Diario de Cádiz. Una competencia en el que el arma no era una mejor información o un periodismo más audaz – aunque los redactores de a pie pusimos todo nuestro orgullo en ello – sino simplemente un modo más taimado o más descarado de emplear las portadas del diario para chantajear a alcaldes y empresas.

La prensa local es eso: un arma. Moriche no se hace ninguna ilusión. Si un periódico denuncia con valentía y arrojo unos desmanes, unos abusos, desfalcos, destrucción de lo público, engaño a la ciudadanía, casi siempre es porque alguien no ha pagado. El pago es en publicidad, por supuesto, no se trata de maletines con billetes, simplemente en contratar equis anuncios por mes en el periódico. Porque de esos anuncios vive el periódico, viven todos los periódicos.

Lo dice muy bien Moriche: “Los periódicos, las radios, las televisiones no están para dar información, están para vender publicidad. La información es lo que rellena los huecos donde no hay publicidad. La ideología, la línea editorial, es como el papel de regalo, el envoltorio que hace atractivo el producto.” No se puede precisar mejor.

En la prensa nacional, agrega el autor, este hecho se difumina porque un gran diario puede tener decenas de anunciantes importantes. “En Madrid, al único que temen es al Corte Inglés o a los bancos. Si presiona Ikea, pues se rompe el acuerdo y se negocia con Leroy Merlín”. Pero en Cádiz no hay tantas empresas con pasta, y entre las dos o tres que hay y las alcaldías – la publicidad institucional es fundamental – el periódico está vendido. Se vende.

Juan Moriche lo cuenta sin tapujos, sin ilusiones y casi sin resquemor. Es así como funciona el mundo. Él me lleva menos de diez años: empezó a trabajar en el 85. En Algeciras. Entonces, la libertad de expresión estaba recién estrenada, enterrado el dictador. “En aquella época de ilusión, de juventud y felicidad indocumentada, nos olvidamos de un detalle importantísimo: los periódicos, las radios, las televisiones son empresas”.

Pero Moriche, rojo como siempre ha sido, tampoco cae en el totalitarismo inverso que hoy abunda entre quienes no tuvieron veinte años en el 85: “Todo lo que cuento son ejemplos de obstáculos a la libertad de expresión y a la función social de la prensa. Pero son solo eso, obstáculos. Sería absurdo decir que no hay libertad de expresión”.

Porque la hay, y porque hay que hacer uso de ella, y porque hay que conocer los obstáculos, está muy bien leer este libro. No son batallitas. Es información precisa sobre cómo funciona el engranaje de la producción y venta de aquella mercancía que algunos llaman información.

Es curioso. Creo que este libro debería regalarse a todos los estudiantes de Periodismo, junto con la matrícula del primer curso. Para que se desengañen. Y sin embargo sé una cosa: si Moriche me hubiera tendido este libro el día que entré en la redacción del Cádiz Información y le dije –literalmente– “Quiero ser periodista”, me lo habría leído allí mismo, en una sentada, y luego habría repetido, con más arrojo que antes: “Quiero ser periodista”.

El periodista desvelado (Ediciones El Boletí­n, 2018) | Juan Miguel León Moriche | 84 páginas | 12 euros

admin

2 Comments

  1. Conocí a Moriche más o menos en la época que menciona Topper. Un orgullo para la maltrecha profesión, y una lástima que no le dejen seguir demostrando su valía. Leeré su libro, creo que reconoceré muchas caras…

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