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Ser lo que se parece

duque

JOSÉ MANUEL GARCÍA | Aquilino Duque (Sevilla, 1931), tras una infancia en Zufre y una adolescencia en Higuera de la Sierra, comenzó a escribir poemas y a publicarlos en revistas cuando aún no había cumplido los veinte años. No era España un país fácil para la vida diaria, pero los escritores habían encontrado el modo de sortear las dificultades que derivaban de una dictadura a través de la sana camaradería y embarcándose en aventuras literarias llamadas al más placentero de los fracasos: crear revistas en las se publicaban los unos a los otros, lejos de consignas posbélicas y presupuestos ideológicos, atendiendo a la amistad y a la necesidad de sobreponerse. Indudablemente eran felices. Era la época, por ejemplo, de la sevillana revista Aljibe, o de las gaditanas Platero Caleta. En estas, y en otras muchas, Aquilino Duque publicó antes de tener su primer libro. Y en ellas coincidió con quienes serían amigos suyos para toda la vida: Francisco Pleguezuelo, José Luis Tejada, Felipe Sordo Lamadrid, Serafín Pro Hesles, Julio Mariscal, José Manuel García-Gómez, Pilar Paz Pasamar o Fernando Quiñones, entre otros.

Todo eso fue antes de que el poeta sevillano acabara sus estudios de leyes en las universidades de su ciudad natal y de Cambridge, de viajar y de salir al extranjero a trabajar como traductor en organismos internacionales o de residir en Gran Bretaña, Italia y los EE.UU. Antes de publicar una docena de libros de poemas y de convertirse en un notable poeta. Antes de ser celebrado como traductor de Camoens, Roy Campbell, Ana Ajmatova o Mandelstam. Antes de iniciarse en la narrativa con brillantez e ingenio: La operación Marabú, Los consulados del Más Alláo El mono azul-novela con la que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1975-, lo atestiguan. Antes también de obtener los premios Washington Irving de cuentos o el Leopoldo Panero y el Fastenrath de poesía. Antes de verter su prodigiosa cultura y la tersura de su estilo en ensayos en libros de viajes o en artículos enjundiosos y polémicos.

Seis décadas han transcurrido entre este nuevo libro de Aquilino Duque, La palabra secreta, publicado en la exquisita colección de rayas de la editorial Renacimiento y los libros, El campo de la verdady La calle de la Luna, que pasan por ser su primera obra poética. Publicados ambos en 1958, constituían un solo volumen que el poeta sevillano se vio obligado a dividir por lo extenso del proyecto. Dos libros muy ligados a una tradición andaluza -la sevillana que va de Bécquer a Joaquín Romero Murube o Fernando Villalón, pero también la gaditana que se mueve entre Pemán y su amigo Rafael Alberti, a quien conoció en su exilio romano. Desde esos albores, su labor poética ha seguido una trayectoria coherente con su fervor por la palabra, la belleza y un cierto culturalismo, que en algún poema pudo hacerle pasar para algún crítico como precursor los “novísimos”, a otro como cercano al grupo “Cántico” y a la que no pocos embocaron en la troneras del andalucismo, el neopopularismo o el barroquismo. Pero Aquilino Duque se prefiere, como la mayoría de los poetas, “poeta” sin etiquetas ni reduccionismos clasificatorios. Heredero y deudor de todos los poetas de la lengua castellana, de los maestros del Siglo de Oro, del modernismo de Rubén Darío, de los Machado, de Juan Ramón y el 27, la suya es una tradición, que no ruptura, que asimila toda esa riqueza para reinterpretarla sabiamente y conferirle un contenido renovado. No imita: redescubre y reelabora los signos sucesorios de una cultura que para Aquilino tiende a borrarse entre el afán de novedad y la inautenticidad.

Quizás a ello se deba el hecho de haber quedado al margen, como les ha ocurrido a Rafael Soto Vergés, Pilar Paz o Fernando Quiñones, por citar algunos, de las nóminas habituales de la generación del 50, a las que biológicamente pertenece. Una relativa marginación a la que han contribuido tanto esa manera de entender la literatura, que nunca condescendió con los cultivadores del realismo crítico y el coloquialismo, como su deriva ideológica hacia una derecha libre de complejos y sin pelos en la lengua (ahí están esos ensayos y artículos para demostrarlo) que le ha llevado a protagonizar más de un escándalo en periódicos y no pocas disputas verbales.

Pero el ideólogo nostálgico del franquismo y el afilado polemista nunca aparece en sus versos, aptos para los lectores de cualquier orientación ideológica y, añadiría yo, gusto literario. Porque si algo caracteriza la poesía de Aquilino Duque es su variedad y riqueza temática. En estos cien poemas el lector encontrará al poeta que gusta de los homenajes a los escritores que admira (Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Luis Cernuda), al amigo de sus amigos (José Luis Tejada, Fernando Quiñones), al poeta religioso y amante de las tradiciones andaluzas y al cronista de las estampas viajeras: Andalucía, Inglaterra o Italia. Alguien dijo que la mejor manera de ser universal es ser provinciano y Aquilino, que es un escritor muy sevillano y muy andaluz, lo es también universal. Y habla igual del Tíber que del Guadalquivir, de Bormujos que de Sagres, de la calle Real de Castilleja que de la Piazza Navona de Roma. El final rotundo de uno de sus poemas lo confirma: “Tienen los andaluces por patria el universo”. Y el universo de Sevilla es precisamente la patria de Aquilino Duque.

Como él mismo ha declarado, su poesía es más “magia y revelación” que “sermón y testimonio”, pasión viajera que narcisismo andalucista. Pero en los mejores de estos poemas hay algo más que un sentido homenaje lírico, algo más que una superficial anotación de postal viajera, más que la gracia de la rima y la magia de los nombres extranjeros: hay cultura y vida, hay hondura y claridad, hay una interpretación de la historia y un atisbo del misterio que se oculta en cada rincón del mundo, en cada instante de la existencia. Lo esencial, el amor, la poesía, la vida, la muerte, Dios, están en su obra poética y no pertenecen a ninguna época.

Como buen caballero andante sabemos que a Aquilino Duque se le da muy bien defender las causas perdidas y la poesía es una causa perdida en el mundo de la técnica y del mercado. ¿A quién le importa ahora lo que la poesía y los poetas puedan decirnos? A este sevillano le importa y durante toda su vida ha defendido el lugar de la poesía y de los poetas. Su obra es el mejor ejemplo de ello porque mientras exista un idioma y seres humanos que lo requieran para comunicarse habrá de pronto algo inquietante entre ellos, cierto estado de las palabras, al que podrán denominar de muchas maneras pero que, en términos arcaicos, no será otra cosa que poesía. En el prólogo de El engaño del zorzal, poemario de Aquilino Duque de 1986, Pablo García Baena recuerda unas palabras del poeta sevillano sobre la génesis de su literatura: “Mi punto de partida es la poesía. Ella es también mi punto de destino. De la poesía vengo y a la poesía voy”. Con estas palabras confirmaba su llamamiento de iluminado poético; y las decía en Roma, junto al anillo del pescador, desde donde irradian, según el poeta cordobés, “llameantes, todas las declaraciones nacidas en la fe de una verdad ciega”.

La posibilidad de acercarse, a través de esta nueva antología, a esa poesía definitoria de toda la literatura de Aquilino Duque -aunque sea parcialmente pues solo son 100 poemas de los que tres son inéditos- resulta en sí mismo un feliz acontecimiento. Y es así porque reivindicarla es reivindicar una poesía intemporal fundada en el acento singular de una voz propia al margen de los condicionantes de la sociedad literaria, una voz construida en solitario, lejos del circuito de difusión y consagración. Y alimentada por un profundo conocimiento de escritores y de referencias literarias y culturales, populares o cultas que se integran en su obra como nutrientes. A partir de esa voz, Aquilino Duque ha ido creando su propio sistema poético de referencias, arborescente y despojado. Más de sesenta años de trabajo para construir pacientemente un orden homogéneo y real, viviente y articulado; un mundo rico, tejido con la precaria circunstancia de todos los días, con la alta vibración de la historia y de la belleza.

Aquilino Duque, que es, según he leído, como su España, Uno, Grande y Libre, es hombre educado y correcto, un hombre de religión y derechas como se ha dicho, lo que obviamente no está prohibido. Y aunque ese elemento ideológico no aparezca en su obra poética el público no le ha prestado a sus versos la atención debida, como si el valor de un escritor dependiera de su pensamiento político. Por eso yo les aconsejaría a los irritados, a esos cuya libertad de decir acaba en ellos mismos, que comenzaran a conocer la poesía de Aquilino Duque con la lectura de La palabra secreta, apretada síntesis de toda la sabiduría literaria y vital que su autor ha ido acumulando. Una palabra tan secreta como inolvidable.

«De esta poesía / me queda esa nada / de inagotable secreto», concluye el poema «El puente sepultado», que es casi un manifiesto de Giuseppe Ungaretti. María Zambrano dijo por su parte: «El secreto se muestra al escritor, pero no se le hace explicable». Este es el presupuesto gozoso de la poesía, del que, sin duda, no es ajeno el título de esta antología. Se trata de exhalar el instante de vida en plenitud, es decir, de ensalzar lo opuesto a la muerte, presente siempre como un hito del horizonte humano. Ese instante que aparece como inagotable debido a que su enigma, al igual que el de la vida misma, no se puede descifrar. Y así lo corrobora el poeta sevillano en su poema “Plenitud” incluido en esta selección de Juan Lamillar, que hace también el prólogo: “Hay que buscar con la esperanza/ de no encontrarlo todo./ Hay siempre que pararse a dos jornadas/ de la felicidad./ Hay que tender al infinito./ Estar a punto de llegar/ pero no llegar nunca./ Eso es la plenitud. Eso es la vida”.

Mientras viva, Aquilino Duque seguirá escribiendo poesía, porque es su manera de vivir y de manifestarse. Pero ahora, parafraseando el título de un poema suyo, mejor callarse, aprender y deleitarse con las palabras mejores de un poeta culto y cabal, rebelde sin impostura, al que nadie puede negar su lucidez intelectual, su honestidad personal y su consecuencia vital.

La palabra secreta. Antología 1958-2018 |(Renacimiento, 2018) | Aquilino Duque | 228 páginas | 11, 90 €

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