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Si un salvavidas flotara a la deriva

Durante este mes de julio toca dedicar una reseña a un libro de nuestra biblioteca, el más destrozado que conservemos. Sigue la serie veraniega.

desayuno en TifannysMANOLO HAROBernardo “el oreja” era capaz de darle la vuelta a los párpados superiores como un calcetín. Su apariencia en frío, tal como su madre lo trajo al mundo, era horrenda. Con los párpados enganchados, repugnante. Bernardo tenía otras virtudes que me competían directamente: robaba bocadillos a los niños, pegaba collejas con el ímpetu de un sargento y embarcaba balones de tiernos infantes sin más. En todas esas dadivosas acciones me veía envuelto yo como víctima, nunca, ni siquiera alguna vez, como cómplice. Por su parte, Paco “el mancha”, un gitano con vitíligo, nunca se asoció a “el oreja” –por fortuna–, pero también hacía gala de sus micro-malignidades en cuanto pisaba la calle. Su especialidad era el robo de estampas de fútbol con ayuda de su hermano “el chino”, un gitano gordo que al final acabaría sus días pinchándose dentro de las casas en obras que la especulación de los 90 multiplicó por el pueblo. El método consistía en acongojar al joven; si esto no funcionaba, entraba en juego el robo con pseudo-violencia (patadas en el culo con carcajadas diabólicas, collejas al oreja’s style (con menos saña, todo hay que decirlo) o tirón y carrera. Corría como un gamo, el cabrón. En esta procesión de almas ponzoñosas también figuraba Dani “el cascarrio”, apodado así por mi padre. Era el único amigo que me duraba una semana al año. En fechas prenavideñas, cuando mi madre hacía acopio de dulces para las fiestas, “el cascarrio” se pasaba por casa con ladinas intenciones. El colega le atacaba a la caja de Mulatitos (el nombre también se las traía), unos mazapanes cilíndricos envueltos en chocolate. Mientras que los deglutía con indolencia sentado en una punta del tresillo (palabra que los adolescentes actuales desconocen), Dani pegaba distraídamente los mocos (cascarrias según mi padre) en el brazo de madera del sofá. Acabada la caja, acabada la amistad hasta el siguiente año.

Como se comprenderá, la vida del hijo de un electricista, criado entre algodones en un cuarto piso de un barrio proletario, resultaba devastadora en estos ambientes. Bajar a la calle suponía una hazaña; esperar a los bárbaros en casa, custodiando la caja de Mulatitos, entrañaba un desasosegante e inútil esfuerzo. Buscar la diferencia positiva parecía, a priori, una proeza. No jugaba bien al fútbol, ni a las canicas, ni al trompo (Paco “el mancha” me abrió uno en canal con el golpe de su púa “carnicera”, afilada a conciencia para terror de los chavalitos); no tenía gancho, ni compartía el humor gamberro de los otros hijos del proletariado; no sabía nada de lo que era la gioia pasoliniana. Todo convergía para que mi infancia no se acercara nunca a algo parecido a la felicidad, a pesar de que la semana pasada me encontré a un vecino del bloque que, tras repasarnos los últimos veinticinco años de vida sin vernos (a la velocidad del rayo y dejando a un lado las sombras esperables cuando uno frisa los cincuenta), me espetó aquello de “¡qué felices fuimos en la calle!”.

La diferencia que yo buscaba la encontré en mi habitación. Mi padre, a pesar de ser obrero manual, tenía una pequeña biblioteca que iba completando con la ayuda inestimable de Círculo de lectores. Una estantería a la izquierda de mi cama, encima de la de mi hermano, custodiaba aquellos volúmenes que yo veía leer a mi padre cuando dejaba de currar. Tal vez hubiera alrededor de cien libros. Yo miraba los lomos desde la cama todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches antes de apagar la luz. Jugaba al inútil combate de memorizar títulos y autores, entre los que se encontraban los consabidos best sellers de la época: Mario Puzo, Dominique Lapierre, Vázquez Figueroa, J.J. Benítez, etc. Había libros de lomos sin autor como Los 25000 mejores versos de la lengua castellana; o rarezas como 1080 recetas de cocina de Simone Ortega, título que siempre me llamaba la atención por el número y por el título en sí. Pero el que se llevaba la palma por la extrañeza que me causaba era Desayuno en Tifanny’s, pues no entendía muy bien qué sería aquello de Tifanny’s. Junto a este detalle, la asociación de un término taurino con un nombre desconocido llenaba aquel lomo de un cerco de preguntas: ¿Truman Capote?

Esto del juego mnemotécnico de autor-título sólo constituyó una primera fase. En la segunda me di cuenta de que también podía leerlos. Aquella chavalería proletaria era poco dada al TBO y mucho al deporte no programado. Yo fui bajando libros de aquellas discreta estantería como si fueran salvavidas a la deriva, y leyéndolos como podía. El día que bajé a Capote me di cuenta de que ese libro y servidor habían tenido ya una antigua relación: el niño que yo había sido pintarraqueó aquellas páginas sin, al parecer, ninguna llamada de atención paterna. El grafito endiablado de un lápiz negro había decorado la portada, la contraportada, las primeras páginas y algunas finales que aleatoriamente habían caído bajo el antojo del niño. Todavía hubo un momento para un cambio de color azul en las dos páginas finales. Por el trazado nervioso de líneas pseudorrectas y alguna espiral irregular sospecho que el menda tendría unos dos o tres años.

Desconozco si sería una manifestación inconsciente del sentimiento de extrañeza ante la muerte de Franco (correría el año 75) o una total falta de cuidado por parte de mi familia por custodiar aquel libro. El caso es que leí Desayuno en Tiffany’s quince años más tarde, tras la lectura hipnótica de A Sangre fría, título que me llegó de manos de mi vecina Amalia, una deliciosa señora, mujer del urólogo del barrio (ya habíamos dejado el universo del lumpen proletario para encajarnos en el de los profesionales liberales y el funcionariado). Esa edición de Bruguera sobre la muerte de los Cuttler me salvó de un verano incendiado por el calor y por la obligatoriedad de un confinamiento por mor de los intereses hipotecarios. Leí a Capote y quise ser como él. Recordé entonces que entre esa breve biblioteca paterna se encontraba un familiar del autor y, con un poco de suerte, incluso podría hasta tratarse del mismo individuo. Así rescaté Desayuno en Tiffany’s y así lo leí. Me percaté de que el tono era otro muy diferente al de A sangre fría, pero igualmente insinuante para un adolescente que ya andaba a la búsqueda incesante de los libros del americano. La búsqueda y su lectura no ha parado hasta hoy y no parará.

El libro ha sobrevivido a multitud de mudanzas y otras tantas cribas de desahogo de mi biblioteca. Agustí Bartra firma su traducción. Bartra, por lo que he podido saber, fue poeta, prosista y traductor. Su exilio en 1939 le hace pasar por diversos campos de refugiados en Francia, para luego iniciar su largo periplo por París, República Dominicana, Cuba, México y Estados Unidos. De origen campesino, he de suponer que su peripecia vital lo convirtió en un superviviente cultural en el exilio, dado al trabajo alimenticio de las traducciones. “Edición no abreviada”, reza en la página legal junto a la fecha extraída de su depósito en 1969 (los derechos fueron cedidos por Ediciones Martínez Roca a partir de una traducción de 1959). Bartra volvió a España físicamente en 1970, aunque su obra ya circulaba una década antes por estos pagos.

En el tiempo en que estas páginas escritas en Garomond 11 han amarilleado, Manolo Haro ha envejecido (no más que el libro, espero). Con anterioridad encontró a su Holly, la perdió y la volvió a encontrar; se fotografió con veintitrés años junto a ella a la puerta de Tifanny’s, antes del cambio de era y de la ortodoncia universal; imitó al autor en las noches sicalípticas de la juventud, confundiendo a Capote con Gil de Biedma; y quiso ser George Peppard en Lexington Avenue. Esta tarde, mientras hojeaba el libro, mi hijo Santiago de dos años (los mismos que tuvo su padre cuando perpetró sus garabatos) me ha preguntado con media lengua si un neno había pintado eso. “Sí, un neno como tú”, le he contestado. Espero que sepa elegir bien cuál de los libros de su padre va a decorar. De la misma manera aguardo que los “orejas”, “manchas” y “cascarrios” del mundo comparezcan en su vida, pero que tenga la fuerza, el corazón y la inteligencia suficientes como para no fugarse tras los libros sino junto a ellos y vivir con alegría todo lo que venga.

Desayuno en Tifanny’s (Círculo de lectores, 1969) de Truman Capote | 128 páginas | Traducción de Agustí Bartrá

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