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Sin acidulantes

Limones negrosILYA U. TOPPER | No hay limones negros en Marruecos. De hecho, no hay, que yo sepa, limones negros en ninguna parte, salvo los mercados de Iraq –y quizás Damasco o Acre– donde se llaman numi basra y se cuenta que se cultivan únicamente en Basora. Dicen otros que no es verdad: que llegan desde la India y se importan a través del puerto de Basora.

Tampoco hay limones negros en la novela Limones negros ni, si me apuran, ningún otro cítrico que juegue un rol en la trama. Imaginamos que el título está escogido como los ilustradores de portada en la época franquista escogían la imagen de una rubia con pistola para ilustrar una edición semiclandestina de Curzio Malaparte.

Ahora que lo pienso, una rubia con pistola podría muy bien ilustrar la portada de esta novela, sin decepcionar demasiado al lector, aunque la chica que se encontrará será morena y usa armas muy distintas. Pero armas, al fin y al cabo. El dinero es un arma: cuando hay mucho se puede volver mortal. Incluso en Marruecos, donde los delincuentes suelen tener bastante cuidado en no usar el filo cortante de los billetes. En Marruecos, un muerto es muchísimo más peligroso que un vivo. A los vivos se les puede comprar. Los muertos hablan.

Ahí está uno de los puntos flojos de la novela: para ubicar un asesinato en Tánger hay que tener la trama muy bien atada, con una necesidad bien materialmente ineludible, bien emocionalmente imperiosa. Si no, no es creíble que ocurra.

Tampoco es creíble el intento de cerrar la novela con otro posible asesinato: hay personas que son incapaces de idear fríamente un plan para matar a una persona con el propósito real de llevarlo a la práctica. Usted, lector. Yo. Sepúlveda, el profesor de Literatura cincuentón que trabaja en el Cervantes de Tánger.

Porque Sepúlveda es un tipo normal. Y bien dibujado: uno de los aciertos de Limones negros es contar con un protagonista totalmente creíble, alguien que actúa como actuaríamos usted y yo. Salvo en lo del final. Que obviamente es para buscarle un cierre que selle un poco mejor –pero sin conseguirlo– la fisura entre la trama de Adriana Vázquez, la morena peligrosa, y la vida de Sepúlveda, que no pertenece a esas esferas. Porque las esferas de Adriana Vázquez son altas, muy altas, muy por encima de donde usted, lector, yo y, me atrevo a afirmar, el autor de la novela, Javier Valenzuela, tenemos el morro de asomarnos. Fabricar una trama delictiva para una novela negra que incluya desfalcos multimillonarios por empresarios –el mismísimo presidente del BankMadrid– bien relacionados con la Moncloa y con los alrededores del Palacio marroquí, así como los servicios secretos de dos continentes, es bastante arriesgado, si uno no está totalmente seguro de dónde pisa.

Es esa ambición de escribir una novela negra a lo grande lo que le rebaja la nota final a la obra: no se puede decir que el autor haya fracasado, no hay errores de bulto ni flecos demasiado sueltos, todo es más o menos como lo imaginaríamos –usted, lector, y yo– sin conocerlo. Pero justo por eso deja un sabor soso. No sé cómo hablan entre ellos los multimillonarios, ni cómo hablan con su guardaespaldas o con su jardinero-chófer-amante. Pero estoy casi seguro de que no hablan como yo lo imaginaría. Estoy casi seguro de que no hablan como en las novelas.

Y es un poco una pena, porque Adriana Vázquez sí que tiene un perfil muy bien labrado, una personalidad de claroscuros fascinante, un pasado de cuneta que la convierte en una buena mala, es decir una mala que tiene razón de serlo, como debe ser en Literatura. Aquí se nota que el autor se ha tomado en serio su trabajo y que tiene bastante buen toque de cincel. El personaje funciona, lo único que se ha corrido es el rímel de los diálogos.

Eso, los diálogos… En la vida real nadie le diría tampoco a Sepúlveda: “Su problema no requiere ningún conocimiento particular, basta con que se descargue la aplicación correspondiente” , salvo si uno se llama Juan de Mairena y hace un examen de lenguaje poético, o como guiño irónico a un colega. Pero un guiño irónico no se hace a un desconocido tras el “Oiga, perdone”.

También puede decepcionar que siendo una novela que transcurre en Tánger, salen muy pocos marroquíes, y prácticamente ninguna marroquí, salvo dos de breve cameo, pero hay que reconocer que los que salen –en primer y casi único lugar Messi, el Virgilio local de Sepúlveda– están bien trazados: es vida real. Aquí no hay orientalismos, no hay menús de guía túrística, no hay velos de danzarina oriental ni dátiles con té. Hay cerveza, whisky y porros cuando tocan. Valenzuela conoce muy bien Tánger, y ha sabido dibujarla sin una nota falsa. Limones negros tiene un contenido relativamente bajo en Marruecos pero el que hay es natural, sin colorantes ni acidulantes. Y eso ya es razón para aplaudir la novela.

Otra razón es que entretiene, desde luego. Llevarse Limones negros a la playa no es perder el tiempo. Dice una lectora amiga que es incluso mejor que Tangerina, la primera novela del autor, en la que Sepúlveda tiene que desentrañar una trama de acusaciones falsas en la homónima ciudad. Uno desea que Valenzuela siga escribiendo: quizás le acabe saliendo una Beldía, que es como llaman en Marruecos –en el sur, no sé si en Tánger– los limones de la variedad no importada sino cultivada en el terruño, el bled.

Limones negros (Anantes, 2017), de Javier Valenzuela | 310 páginas | 18,05 euros

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