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Subturra

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Porque la lista de clásicos ha de renovarse de vez en cuando, porque la Gran Literatura siempre está en peligro de extinción, porque el mundo espera constantemente que aparezca un libertador de las letras.

¿Qué sería de nosotros sin la Gran Literatura? ¿Y qué ocurre cuando lo que se vende como tal nos aburre soberanamente? Esto lo averiguó Fran G. Matute el día que leyó «Submundo» (1997) de Don DeLillo. Solo podemos decir que aún vive para contarlo. Eso sí, con secuelas importantes…

 

Fran G. Matute

Hace unos dos años, también celebrando el aniversario de este blog, decidimos confesar cuál había sido el peor libro que habíamos leído nunca. Me considero, por regla general, un lector bastante agradecido así que recuerdo que tuve entonces que esforzarme enormemente para dar con tal horrible lectura. Al final elegí, por desidia, aquella que más esfuerzo me supuso… bueno, miento. Lo que escogí, de verdad, fue el libro que más imbécil me había hecho sentir como lector y que no era otro que En Nadar-Dos-Pájaros (1939) del irlandés Flann O’Brien, obra seminal del postmodernismo, que yo rebauticé en mi visceral reseña como “En Su-Puta-Madre”.

Ahora, por el V Aniversario de Estado Crítico, se nos ha ocurrido comentar (siempre se trata de que los estadistas pasemos un poquito de vergüenza estos días) aquellas lecturas clásicas que uno, en realidad, no soporta. Y, claro, me siento como que yo esto ya lo conté en su día. Está claro que En Nadar-Dos-Pájaros no ha sido la peor lectura de mi vida. Fue, como ya expuse en su momento, de la que menos me enteré y por eso creo que quedaría mucho mejor encuadrada en la línea de las reseñas-aniversario que hemos ideado para este año. Pero si bien está eso de desmitificar clásicos también creo que es bastante sanote lo de ir en contra de los nuevos cánones, ¿no? De esas obras que surgen cada poco tiempo y que parecen llamadas a salvar el mundo de la Literatura, que son recibidas por la masa crítica como el advenimiento de un nuevo mesías. No sé en qué momento preciso una obra se convierte en intocable para el imaginario colectivo pero sí que me consta que, en los últimos años, se han publicado novelas que han acumulado a su alrededor una recepción crítica casi inmaculada, del tipo “gracias a libros como éste, el faro de la gran literatura sigue luciendo en tiempos de tibieza y oscuridad”. ¿Mola, verdad? Pues esta lapidaria frase, por desgracia, es real y la pronunció en su día José María Guelbenzu para El País a cuento de la publicación de Submundo (1997) de Don DeLillo.

Creo que Submundo es lo que hoy día puede llamarse, sin mucho sobresalto, un “clásico moderno”. Fue finalista del Pulitzer y del National Book Award, y The New York Times la catalogó en 2006 como la segunda mejor novela americana de los últimos 25 años. Es una obra de corte postmoderno (¡cómo no!), tiene unas 700 páginas (al menos en la edición de Circe que yo leí), es ambiciosa, es compleja, pretende tratar temas mayores, así como diseccionar la sociedad capitalista contemporánea, blablabla… En definitiva, cae perfectamente en el saco de eso que llaman la Gran Novela Americana. Por no hablar de que Don DeLillo es, según el pope Harold Bloom, uno de los intocables de la narrativa norteamericana del siglo XX, a la vera de Thomas Pynchon, Cormac McCarthy y Philip Roth.

Mi relación con la literatura de DeLillo es algo inconsistente, lo reconozco. La he leído, aunque no de forma muy profusa, y, en términos generales, me gusta cómo escribe (esto, quizás, no lo tenga aún muy claro) aunque no sobre lo que escribe (en cambio, esto sí que lo tengo clarinete). DeLillo no es un autor, desde luego, para pusilánimes y, sin embargo, no es ni mucho menos el narrador más embrollado que conozco. No, no se trata de eso. No sé qué me pasa con DeLillo, pero me cuesta mucho meterme en su cabeza. Siempre que me he sentado a leerlo he notado cómo una enorme pereza se apoderaba de mí. Lo cierto es que DeLillo me resulta agotador, intelectualmente hablando, de ahí que puede que le tenga cierta reticencia a su narrativa. Y aún así, no tengo empacho alguno en confesar que su Ruido de fondo (1985) es una puta obra maestra mientras que, por el contrario, Submundo me parece un coñazo de proporciones épicas.

A una novela le puedo perdonar de todo. Hasta que esté mal escrita, en serio. O incluso que tenga faltas de ortografía. Es más, diría que eso me la pela, de verdad. No pretendo ir yo por ahí de guardabosques de la Literatura. Pero lo que jamás podría pasar por alto es que sea aburrida. Consciente de que el aburrimiento es un elemento personalísimo, no voy a perder ni un minuto de vuestro tiempo en intentar explicar por qué esta novela de DeLillo me pareció infumable. Me aburrí y punto. ¿Qué queréis que os diga? ¿El por qué? No sé, me da igual. Y os da igual. Además sería incapaz de ponerlo en pie ahora, tantos años después de su lectura. Entiendo que la actitud lógica y normal, cuando uno se topa con una obra de estas características, es la de abandonar el libro y tan amigos. Pero tengo la manía (que espero que la vejez me cambie algún día) de terminar todo lo que empiezo. Creo que puedo contar con los dedos de una mano las lecturas que he dejado a medias. Soy muy contumaz en esto, de ahí que me sienta legitimado para hablar sobre el tedio infernal que ofrece Submundo. Porque, sí, a pesar de lo soporífero de la experiencia, servidor se trincó el libro enterito, de cabo a rabo.

Pero ojo, ¡ojo! Que esta novela tiene truco, porque Submundo empieza de forma apabullante, arrolladora, magistral, con un extenso prólogo, titulado “El triunfo de la muerte”, que es una maravilla absoluta, que quizás sea lo mejor que haya escrito DeLillo en toda su vida. ¡Así te engancha el mamón! Con esa delicada narración del partido celebrado en Nueva York el 3 de octubre de 1951 entre los Giants y los Dodgers, en el que el bateador Bobby Thompson consiguió el mítico “golpe que se escuchó en todo el mundo”, uno de los más famosos en la historia del béisbol… Ah, esperad, un momento, que me entero que ese prólogo tan cojonudo ya lo había publicado DeLillo cinco años antes en Harper’s Magazine, que en realidad era un relato titulado “Pafko at the wall”, que fue ligeramente adaptado para la novela, para convertirlo en su punto de partida, para utilizar la bola perdida que bateó Thompson como hilo conductor de Submundo y, entonces, es cuando comprendo perfectamente por qué tras ese arranque delicioso, la novela se convierte en un inacabable conjunto de frases pétreas que van colocándose estratégicamente alrededor de los ojos del lector, cuarteándolos ligeramente, y que al poco comiencen los resoplidos, el incesante recuento de las páginas que lleva uno leídas, y el de las que le quedan (esto, cada vez, con más frecuencia), y que la vista se emborrone, y lea uno de nuevo la contraportada, por si se estuviera equivocando de libro, por si lo que viene dentro es, por error, la novela de otro señor, y que una gota de sudor caiga de repente sobre la página 66, y eso te preocupe, y que empieces a leer entonces en diagonal porque te ha entrado la prisa, aunque sepas que eso no te va a salvar, que tienes que hacer el esfuerzo, que estás leyendo una jodida obra maestra, hombre, que no te puedes rendir, tú puedes, te dices, te animas, tienes la capacidad para ello, no puedes ser tan tonto como para no captar (otra vez) la grandeza de esas palabras, la gran literatura está en juego, tío, te lo ha dicho Guelbenzu, estamos en tiempos de tibieza y oscuridad, pero DeLillo, cabrón, vaya chapa me estás soltando, tío, pero es que en tus manos no tienes un simple libro, tienes un faro, a lo mejor es que te está cegando, joder, a lo mejor tienes que descansar un poco, son demasiadas emociones por un día y lo sabes, así que lo cierras, no sin antes colocar un papelito que te indica que tras cuatro días de lectura ya vas por la página 72 (¡bien por ti!), y te enfrentas de nuevo a la portada de la novela, los rascacielos de Nueva York, imponentes, el nombre de Don DeLillo mirándote defraudado, le das asco, tío, la estás cagando, y ante tu vista el título de esta novela se corrige levemente, ya no se llama Submundo, por más que la mires, ya no pone eso. Qué va. El libro que tienes en tus manos, se titula ahora como esta reseña: Subturra. Te lo estabas oliendo. Definitivamente, no estás colaborando en esto de salvar a la gran literatura, tío. Por tu culpa, se ha vuelto todo a quedar a oscuras…

admin

13 comentarios

  1. ¡Mira que meterse con DeLillo, Sr Matute! ¡Va a ser excomulgado por la parroquia postmoderna! 😉 Reconozco que Submundo, tras el prólogo, se vuelve por momentos bastante peñazo, y que Mao II y Ruido de Fondo y Libra, me resultaron lecturas más gratificantes, pero creo que es de esas novelas que te compensa por el aburrimiento que soportas. También pasa con En busca del tiempo perdido, por ejemplo.

  2. Lo más triste es que tengo entre mis más próximas lecturas «La calle Great Jones»…

  3. De las primeras de DeLillo es mucho más divertida Running Dog -traducida por Circe como Fascinación- que es una especie de novela policíaca avant garde en la que todos los personajes buscan una peli porno de Hitler y Eva Braun.

    • Yo creo que la de «Great Jones» me puede gustar porque habla de musiquita y tal. Si en vez de DeLillo la firmara otra persona, la leería igualmente por el tema que trata. La reseñaré por aquí.

      La de «Fascinación» no la he leído (y, atendiendo a la trama, creo que afortunadamente).

  4. Hola Fran:

    Vaya, pues yo que quería ponerme con este libro.

    Cuando leí mi primer Delillo quedé deslumbrado. Fue «Ruido de fondo», un libro impresionante.
    Pero paré con este autor al leer un segundo libro suyo, que fue «Fascinación», que me gustó bastante poco.

    Bueno, quizás vuelva con otro.

    Saludos

    • «Ruido de fondo», ya lo digo en la reseña, me parece una obra maestra.

      Otro libro de DeLillo que recomendaría, no siendo de las referencias típicas, es «Americana», su primera novela. Es fallida y pretenciosa, a veces, pero creo que tiene su punto…

  5. Precisamente ahora me estoy leyendo «Submundo», voy por la mitad, (sí, de vez en cuando miro a ver cuánas páginas me quedan); y la verdad es que hay partes en las que se te cae un poco de las manos, quizás por el tamaño, quizás por las pretensiones. Sin embargo, hay pasajes y personajes que me parecen memorables.

  6. ¿Alguien ha tenido síntomas similares con (cierto) Pynchon (V.)? Yo me he «empynchado» de su prosa para mí empantanada (y tramposa), y me cuesta más seguir que los perseguidores del mejor Pantani por las faldas (es un decir) del Mortirolo. Con Coover (lo más en los ochenta), más de lo mismo. Por favor, sección de consultorio sentimental para lectores despechados con las cenizas posmodernas ya.

  7. Don DeLillo Lillo, digo Diego… Eso es todo lo que tengo que decir al respecto.

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