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Sucio fue el día de la mariposa muerta

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ROSARIO PÉREZ CABAÑA | No es casual que comience esta invitación de lectura con este verso de Gonzalo Rojas. Ya verán que no lo es.

Cuando un libro es un tratado de simbología, es fácil imaginarse, por ejemplo, que al principio el mundo fue azul. Y es que por toda la tierra crecía la flor del altramuz. Y no había distancia cromática entre el cielo y la tierra. Los ríos, los océanos, los pequeños mares y los charcos espejaban sus propios vientres. La hermosa Lycaeides Melissa Samuelis se alimentaba de azul y en sus alas azules viajaba el planeta. Un día, las mujeres y los hombres, instigados por sentimientos muy humanos, iniciaron el proceso de destrucción y lo aniquilaron todo de extraños colores. Y así desapareció de sus vistas el luminoso país esférico, azul e inhabitable. Las mariposas, los viajeros, iniciaron el viaje heroico hacia la restauración de la Frondosa.

Con un lenguaje que renombra las cosas, Yaiza Martínez nos invita en este libro a una suerte de renacimiento telúrico que nos pone frente a nosotros mismos y la expiación de nuestras trazas de humanidad más turbias. Pero no falta la esperanza. La palabra poética como matriz es devuelta a su propia naturaleza. Más allá de duelos dialécticos entre el naturalismo platónico y el convencionalismo aristotélico, aquí la palabra inventa y desvela el nuevo origen de las cosas desde el centro de la necesidad de un mundo nuevo. Y es que el lenguaje, y eso lo sabe bien Yaiza Martínez, como lo sabía Foucault, no solo crea sino que ordena y jerarquiza el mundo. Recordemos aquello de que, en el principio, “los nombres estaban depositados sobre aquello que designaban, tal como la fuerza está escrita sobre el cuerpo del león”. Así, nombrar se convierte aquí en la consecuencia forzosa de la fecundación poética. El mundo se crea en el nombre. Y es que en el Tratado de las mariposas parece escribirse un nuevo mito fundacional. Tal como podemos leer en el paratexto, en este poemario “confluyen cuerpo y tierra, una simbología. Se hace una prueba de cura a través de la palabra naturaleza y de sus múltiples significados. Se pide perdón por el daño infligido al planeta y, a través del lenguaje de la poesía, se ensaya una posible vuelta a la casa común”.

En estas páginas, la presencia de las mariposas se manifiesta como objeto simbolizante, no solo por la belleza de estos animales sino, como señala la propia autora, por su especial sensibilidad a las transformaciones medioambientales, lo que aquí se evidencia como la prueba de la devastación ejercida por el hombre sobre el planeta. Serán ellas quienes, desde la aventura de aventar, tejan la protección del planeta. “Parten los Viajeros hacia la restauración de la Frondosa”, se nos advierte al inicio. Mito, poesía y ciencia, ya verán.

El poemario se divide en tres partes que se corresponden con las tres fases de la evolución de las mariposas desde su estado embrionario hasta su pleno desarrollo: huevos y larvas, crisálidas e imago. La primera, nos presenta el espacio de los santuarios de hibernación, desde donde se fragua la restitución histórica desde los errores cometidos por el hombre. Habrá que descolgar las alas de las vitrinas de esas “hermosas muertas de hambre tras el vidrio”. La segunda parte presenta el empuje feroz y delicado de la juventud de las crisálidas, esos heroicos Viajeros. Finalmente, aparecen las imago, las mariposas adultas plenas de belleza y conocimiento. Y así se crea el mundo.

Ya en sus anteriores poemarios, Rumia Lilith (Ateneo Obrero, 2002), El hogar de los animales Ada (Devenir, 2007), Agua (Idea, 2008), Siete-Los perros del cielo (Leteo, 2010) y Caoscopia (Amargord, 2012), El argumento de la realidad (Ejemplar Único;  Tigres de papel, 2014) y La nada que parpadea (Ediciones la Palma, 2016), viene anunciando una lúcida alianza con un lenguaje extrañamente primigenio, extrañamente nuevo, extrañamente profético y progenitor, capaz de generar un armónico idilio entre lo inesperado y lo necesario. Cuando la palabra no sirve para nombrar nuestro mundo, es necesario ese acto de amor de la humanidad consigo misma. Solo reconociéndonos, podremos nombrarnos. Y he aquí que Yaiza escribe una  remitologización  y nombra las cosas según dicta su nueva esencia. No en vano, contar el mundo a través de la poesía tal vez sea la gran épica. Y la ficción del verso como anhelo y apremiante cosmogonía quizá se acerque a la verdad, si la hubiera.

A la palabra se le suma, además, la imagen. El libro está bellamente iluminado con ilustraciones de catorce artistas: Laura Giordani, Enrique Cabezón, Gabriel Viñals, Rafael Lucena, Esperanza Vives Frasés, Adriana Manuela Ruiz Gómez, Abel Dávila Sabina, Paula Soldevila, Eva Lí, Inmaculada Fernández, Mayte Sánchez Sampere, Adolfo el embajador, Társila Jiménez y Elena Rodríguez Vives. Esto lo acerca aún más a un cuaderno de campo, a un tratado de zoología sobre al que podemos acceder más ampliamente a través de un código QR que nos deriva al blog de la autora (www.tratadodelasmariposas.blogspot.com/es). Así se completa este nuevo mundo creado por esta especie de Urbis Tertius alado. Un bellísimo, comprometido y esperanzador poemario; un manual reconstituyente que nos impele a golpe de poema a concienciarnos con el espacio habitable que hemos ido destruyendo, esas ruinas azules. Una lectura punitiva pero esperanzada, una oración de perdón por los males causados. Un tratado de recuperación del mundo que no deja de ser una re-cosmogonía, un nuevo origen donde por fin seamos posible. Ahora serán otros dioses ─otras diosas─ quienes inicien el inédito acto de creación.

Tratado de las mariposas (Tigres de papel, 2018) │Yaiza Martínez │126 págs │15

admin

3 Comments

  1. Veo, alarmado, que la lista de ‘Útimos Comentarios’ está infectada con anuncios malware de Viagra. Supongo que ya lo saben, pero por si acaso lo denuncio porque el efecto es desastroso.

    • Hola, muchas gracias por avisarnos, y disculpas por el retraso en hacer caso, pero eran unos 350 comentarios y la limpieza había que hacerla prácticamente a mano… Por fin hemos encontrado un rato. Tiene Vd. razón que estaba horroroso.

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