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Superhéroes de barrio

ILYA U. TOPPER | Inventarse islas que no existen es una vieja afición de los escritores, desde Ibn Tufail pasando por Daniel Defoe y Robert Luis Stevenson hasta H. G. Wells y Philippe Claudel. Pero la isla inventada por Nick Harkaway no solo no existe: además dejará de existir muy pronto. O eso se anuncia desde las primeras páginas de la novela. Habrá que aniquilarla, porque por debajo de ella burbujea una sopa de desechos tóxicos y bacterias desconocidas que de cuando en cuando explota en nubes tóxicas y puede amenazar al resto de la humanidad. Así que todo el mundo en Mancreu —así se llama la isla— vive en una especie de volcán a punto de estallar, una tierra con fecha de caducidad: en cuestión de semanas o meses colocarán aquí una bomba nuclear y se acabó. Hay que irse antes.

Como planteamiento no está mal. Nick Harkaway consigue dibujar ese escenario más bien inverosímil insertando la isla en nuestra realidad. La ubica en alguna parte entre las costas de Somalia y las Maldivas, la dota de una historia colonial franco-británica, de un idioma local criollo vagamente árabe y de creencias locales vagamente chamánicas, aparte la ubicua iglesia católica. Añádese una decisión de la ONU, una fuerza de la OTAN, un consulado británico prácticamente abandonado y unas referencias temporales —guerras recientes en Iraq y Afganistán, móviles, internet, youtube— y empezamos a sentirnos bastante en casa en Mancreu. Es nuestro mundo.

Y en este mundo, a un sargento con sólida experiencia en el campo de batalla (Iraq, Afganistán) se le endosa el cargo de cónsul honorífico británico, en previsión de que no tendrá nada que hacer en lo que le queda a Mancreu de existencia. Solo que, al no tener nada que hacer, el sargento empieza a hacerse colega de un chaval vagamente adolescente, algo entre doce y catorce, que anda por donde las tabernas y el puerto y es gran lector de cómics, habitante del universo de Batman, the Avengers y toda la pesca marvel. Le coge cariño. Y entonces empiezan a pasar cosas.

Hay disparos. Hay un muerto. Eso no es algo que debería ocurrir en Mancreu. ¿Quién ha sido? ¿Los de la flota esa de buques fondeados en la rada? La flota se las trae: está en aguas territoriales, pero como la soberanía de la isla no está aclarada, ni nadie quiere aclararla, porque total, dejará de existir, los buques están en aguas sin ley. Y allí se puede hacer de todo. Desde un Guantánamo dos punto cero a quién sabe que tráfico de drogas u órganos. Eso ni siquiera es inverosímil: se acerca bastante a la realidad. Pero ¿qué hacen pegando tiros?

Y ahí va el sargento, Lester Ferris se llama, asistido por el chaval, e investiga hasta dar con el enemigo. Lo primero, averigua, es que el enemigo es muy superior en fuerza. ¿Cuál es la única manera de enfrentarse a un enemigo inmensamente superior? Ser un superhéroe. Tú puedes, le dice el chaval. Y ahí va Lester Ferris y se convierte en superheroe. De esos con máscara y capa que vuelan. Tigerman.

Cómo Nick Harkaway nos va dando gota por gota la transformación de un vulgar sargento británico en una figura de superhéroe que aparecerá en los telediarios y los canales de youtube del mundo entero, eso es filigrana de novelista. Cuida los detalles: cada paso es verosímil o digamos: inverosímil pero realista, posible. Vale, yo tampoco sabía que una lata de polvo de natillas puede estallar cual bomba, pero lo he mirado: puede. Una vez que nos hemos tragado la existencia de la sopa de bacterias tóxicas bajo Mancreu y las nubes de descarga con consecuencias distópicas, el autor tiene cuidado de no pedirnos otro esfuerzo. Estira la credibilidad del lector y el alcance de las armas del sargento hasta el borde, pero no más. Lester Ferris, Tigerman, es un superhéroe y existe.

Y vaya si es superhéroe. Lanza fogonazos y da volteretas. Se enfrenta a ejércitos de malhechores, porque de repente Mancreu se ha desatado en una especie de apocalipsis isleño. Sale maltrecho pero indemne, gracias a las artes del chaval, su guía, su escudero y su protegido, como ocurre en los cómics. Pero todo esto solo precede a la gran misión: dar con el culpable tras toda esta revuelta. Bad Jack, el invisible. El impronunciable. El personaje que inspira tanto terror que nadie lo nombra siquiera. El poder en la sombra de Mancreu. Aparte la flota, claro.

Si Nick Harkaway hubiera resuelto la revelación del personaje con un despliegue de fuegos artificiales y detalles dignos de una expectación construida durante 200 páginas, esto sería una enorme novela. Resolverlo en escasas cinco páginas antes de pasar al redoble de tambor final y cierre de misión deja demasiados flecos pendientes, no le hace justicia al personaje que ha creado, no explota la materia prima que tiene entre manos.

Esas veinte páginas que faltan para llegar al fondo de la mina que el autor ha cavado y arrojarnos todo el tesoro en lugar de un puñado de monedas, dejan Tigerman en una lectura muy entretenida, recomendable siempre, llena de chispas y pirotecnia verbal. Los diálogos son de altura, eso hay que reconocerlo, y tiene suerte Harkaway de haber contado con un traductor como Jacinto Pariente para llevar al castellano esos registros que saltan de británico de uniforme al petardeo de militares y al lenguaje de videojuegos de adolescente. Porque eso no hay que olvidarlo: Tigerman es una novela del mundo del cómic. Es un intento muy conseguido de llevar a los superhéroes a un mundo casi real —en el casi reside uno de los grandes atractivos— con medios y métodos de andar por casa. Tigerman, sargento humilde donde lo haya, es un superhéroe de barrio.

Así que cuando remitan este verano esas nubes tóxicas distópicas que hemos llamado pandemia, llévese este libro a la playa y entréguese a vivir Mancreu. Eso sí, si va a pasar las vacaciones en una isla, quizás mejor no. No vaya a ser que.

Tigerman (Armaenia Editorial, 2019) | Nick Harkaway |  Traducción del inglés: Jacinto Pariente |  392 páginas |  23 euros

admin

2 comentarios

  1. ¡Cómo disfruto con tus reseñas, querido Ilya! Tú si que eres un superhéroe, con tu capa y antifaz, poniendo orden en el caos y la injusticia literaria. Tu discurso arrebatado de voz pausada atravesando los cielos de Estambul y Bagdag, colándose por el Dodecaneso, Malta o Chipre, perforando las ondas en El Cairo cunado el muhecín calla. Y ahora más allá, al aparecer, atrapada en el Índico de poniente. Una voz que nos llega nítida, modulada, perfectamente pautada, capaz de abrir nuestros oídos y aventarnos la mente. Gracias.

  2. Muchas gracias, Ignacio, me voy a poner del color de los tomates de Mancreu tras la primera nube tóxica…

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