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Tanja es Ana

Tanja

JUAN CARLOS SIERRA | He de confesar que, a pesar de contar con una larga trayectoria literaria como poeta y novelista reconocida y traducida, como crítica literaria y como periodista, hasta ahora no había tenido noticia alguna de Tanja Stupar-Trifunović (Zara, Croacia, 1977). Gracias a la labor editorial de Tres Hermanas y a la solvente traducción que Pau Sanchís ha hecho de la novela Relojes en la habitación de mi madre me ha llegado –nos ha llegado- una voz narrativa personalísima a la que creo que hay que seguirle la pista y a la que las editoriales españolas deberían hincarle el diente más pronto que tarde, ya que el serbocroata no suele figurar entre las preferencias del español medio a la hora de estudiar idiomas.

Esa condición mixta de narradora y poeta de Tanja Stupar-Trifunović de la que hablábamos anteriormente queda bien reflejada en la novela que nos ocupa. No sé si el conjunto de la obra se podría considerar como un largo poema en prosa –quizá estaríamos exagerando demasiado-, pero sí resulta evidente a lo largo de toda la historia que cuenta la autora croata el poso lírico en imágenes, ritmo, fraseo,…. Estos ingredientes poéticos podrían jugar en un momento dado en contra del devenir narrativo o distraer la atención del lector con digresiones o florituras líricas más o menos pertinentes. Sin embargo, aunque pudiera parecer en un principio que Tanja Stupar-Trifunović abusa de estos recursos, vista la historia en conjunto, una vez que se ha vuelto la última página, queda en el lector la impresión de que han sido los necesarios, que no ha habido gratuidad alguna en su uso y que se insertan en la narración con una coherencia tal que contribuyen a que los hechos narrados se anclen y se intensifiquen decisivamente en el disco duro emocional del lector.

Asunto aparte y párrafo aparte merece la estructura narrativa en sí, arquitectura que requiere un lector atento, avezado y comprometido con la novela, ya que esta le va a exigir que vaya construyendo la historia con los fragmentos que le van a ir saliendo al paso. Además de esto o, mejor dicho, íntimamente relacionado con este asunto se halla la polifonía narrativa a partir de la cual se monta la novela. Las narradoras que intervienen en Relojes en la habitación de mi madre se van entrecruzando, a veces diluyéndose entre ellas y otras bien definidas, dialogan entre ellas, se interpelan, se lanzan reproches o se declaran su comprensión y su amor incondicional. En cualquier caso, se trata, a mi modo de ver, de un diálogo con la Historia y con la historia, con los dramas bélicos balcánicos más recientes y con su reflejo en la vida pequeña de una familia. Pero por encima de todo se trata de la conversación de mujeres sometidas a la ley del patriarcado más descarado en el pasado, bajo su influencia más o menos disimulada en el presente y con la vista puesta en su disolución definitiva en el futuro, aunque esta última lectura no quede muy explícita en la novela.

Esta polifonía narrativa gira entorno a un eje central, alguien que no tiene nombre pero que se puede parecer bastante a la autora. Esta voz sufre un desdoblamiento en un personaje llamado Ana, quizá como un intento de distanciarse a través de la ficción más pura de la sombra del autobiografismo. De todas formas, Ana es todas las mujeres, sugiere Tanja Stupar-Trifunović en la página 199. Y añade: “Las Anas resuenan en mi cabeza mientras intento escribir. No puedo escribir una novela sobre Ana”. Efectivamente, porque esta es una novela que al hablar sobre unas cuantas mujeres lo hace sobre todas; no es un relato de personajes aislados, sino que estos funcionan como representantes de un colectivo. De ahí el alcance de la novela; de ahí su potencial universalidad.

A propósito de esta reflexión dentro de la escritura de la novela sobre su propia factibilidad –“No puedo escribir una novela sobre Ana”-, habría que añadir que además de todo lo dicho hasta ahora, Relojes en la habitación de mi madre también funciona como interesantísima reflexión metaliteraria en muchos momentos de la narración. Así a vuelapluma, podríamos subrayar en la página 61 “La escritura es el recuerdo del fuego. De la vida. Del principio. Pero no es la vida ni el principio. Solo una reproducción, una falsificación, una imitación, una piedra,…”; en la página 64 “Escribir es esto. Alterar la superficie tranquila. Por eso asusta. Pero ahora, al inclinarme sobre mi propio borde, no es lo mismo. Sacaré agua”; o, finalmente, en la 81 “Escribo esa novela. Sobre esa mujer. No sé cómo resolverla. Es necesario que la historia quede abierta. Como una puerta. Una historia de la que poder entrar o salir por cualquier parte (…). Las astillas de la novela no escrita se mezclan con las astillas de la vida. Ya no sé si soy capaz de separarlas siquiera. A esta mujer de mí misma. A la inventada de la real. A menudo ella parece real”.

La literatura de Tanja Stupar-Trifunović en Relojes en la habitación de mi madre es un oxímoron: es falsa pero en su impostura certifica una verdad. Además sirve para ordenar el mundo y de paso ordenarnos, buscarnos y, a veces, encontrarnos –sacar agua-. La novela que nos ocupa también es eso, la búsqueda del  sentido de la literatura, su utilidad más allá del pragmatismo burgués, al tiempo que se ocupa de indagar en la identidad de la narradora principal –cada vez está uno más convencido de cuál es su nombre- a través de la memoria de la madre, de la infancia, a través de la hija que representa el presente y el futuro, y fundamentalmente a través de la ficción, de su ficción, esa que sí tiene nombre y se llama Ana.

Relojes en la habitación de mi madre mereció en el año 2016 el Premio de Literatura de la Unión Europea. Poco me parece.

 

Relojes en la habitación de mi madre (Tres Hermanas, 2018) | Tanja Stupar-Trifunović | 247 páginas | 24 euros | Traducción de Pau Sanchís

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