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¿Team Bastián o Team Atreyu?

Seguimos la serie de reseñas especiales. Les hemos pedido a nuestros estadistas que escriban sobre el libro más destrozado que tienen en sus respectivas bibliotecas. Y he aquí una historia más.

La historia interminableCAROLINA LEÓN | Leo al azar en el volumen más destrozado de mi colección: «Nadie podía comprender mejor que Bastián lo que eso significaba. Aunque su padre viviera aún. Y aunque Atreyu no tuviera padre ni madre. Sin embargo, Atreyu había sido educado por todos los hombres y mujeres juntos y era el “hijo de todos”, mientras que él, Bastián, en el fondo no tenía a nadie… Era un “hijo de nadie”».

Pienso en el eterno problema educativo de los bajos índices de lectura. Pienso en que en 2018 en un colegio (público, concertado o lo que sea) a ningún profe se le ocurriría recomendar un novelón de cuatrocientas páginas en una clase de cuarto de primaria. Pienso en que no éramos mejores en el colegio progre en que pasé mi EGB (toda la década de los ochenta, exacta), sino tan sólo algo más arriesgados. Pienso en aquel profesor, Juan Palomas, que se atrevió a traer este título a nuestra clase en el curso escolar justo anterior a la explosión hormonal (nueve-diez años todavía se puede considerar anterior, por mucho que nuestros chicos del presente estén en teoría más despiertos).

Pienso, trato de traer un poquito en este texto, a la niña que siempre había mostrado predilección por la fantasía y que escribía un diario desde los seis años. Esa niña moría por sumergirse en una novela que se titulase La historia interminable: era algo así como la promesa de un paraíso. Imaginaba que una novela con ese título tenía que ser por fuerza una promesa de un mundo mejor que este mundo, en el que la ficción se llevase por delante todo lo horrible, toda la maldad y toda la inquina (claro que lo que contenía la novela era, bien sé ahora, una fábula sobre la desaparición de la fantasía en el tránsito de la infancia a la edad adulta).

Sé que aquella misma tarde se la pedí a mis padres. Compruebo que, por muy pionera que me creyese, el libro que forma parte de mi biblioteca es la undécima edición: diciembre de 1983. Debió de caer por navidades. Y la leí con nueve, con diez, con doce, con quince (ya en la época en que me asomaba a otras narraciones consideradas “adultas” como Cien años de soledad o los Relatos completos de Cortázar), la volví a leer varias veces a lo largo de mi entrenamiento lector. Se la presté a todos mis primos más pequeños, y son como quince. La leyeron mis hermanos, pero no he conseguido que la lean mis hijas. Su estado es completamente natural. La portada no ha sobrevivido pegada al lomo. Plastifiqué sus cubiertas blandas en algún momento, para nada. No hay ningún otro libro de mi época infantil que haya sobrevivido y sobre todo que haya sobrevivido en mi estima. He cambiado de país de residencia dos veces y de casa unas diez. Aquí la tengo a mi lado y creo que Bastián, el personaje que vehicula la historia, es el caldo de cultivo de una parte de lo que soy hoy.

Atreyu es también parte de mí, de otro modo.

Un niño al que le gusta leer y que por ello se siente aislado. Un niño que prefiere los mundos de fantasía a los juegos crueles de los niños de su edad. Un niño siempre tirando a obeso a quien molestan por su cuerpo y por sus preferencias. Un niño “apocado” (¡esa palabra me la enseñó Ende!) que entra en el reino de Fantasia para hacer valer sus habilidades y ayudar a que no se extinga el mundo de la imaginación y la ficción. Un niño cuya única misión en el mundo es mantener con vida un reino en peligro.

Al lado, y de forma protagonista (qué daño ha hecho aquí la trasposición al cine), un niño de acción, espigado, atlético, seguro de sí mismo, jinete y aventurero. Atrevido, ése es el calificativo de Atreyu. Estoy segura de que fantaseé noches y noches con ser ese muchacho de piel verde oliva que recordaba a los sioux de las películas de sobremesa de domingo pero, en el fondo, yo no era otro que el gordito y asocial Bastián. Ese niño, esa niña, que prefiere dedicar su tiempo libre a sumergirse en una aventura de ficción (a inventarla en sus juegos, a leerla en un libro), que es más feliz creyéndose un ser aislado del mundo abismado en su imaginación que intentando ser el protagonista de la aventura.

Siempre le podremos recriminar a Ende que dejase a los dos muchachos dirimir la aventura, mientras una inefable Emperatriz Infantil se agostaba en su trono, en medio de una debacle descomunal de los seres imaginarios. Sin embargo, los dos muchachos fueron parte de mi educación sentimental y hoy, escribiendo esto, sé que lo siguen siendo. Pero me quedo con Bastián, así es.

Es el verano de 2018 y, como siempre en esta época, aumenta un poquito mi disponibilidad de tiempo libre. Parte de mi ocio (o parte de mi identidad) consiste en abrir libros uno tras otro. Necesito de los libros, y vivo en ellos con intencionalidad, escapando de la rutina pero también de la inmediatez, buscando nuevos argumentos, nuevas visiones, experiencias ajenas, perspectivas que me ayuden a darle sesgos más productivos a mi torpe relación con la realidad. No, la realidad no está en los libros, pero Bastián es el personaje que me enseñó en primera instancia que las historias contienen todo lo necesario para manejarse en el mundo, y que la fantasía es prima hermana del pensamiento. Leo, leo y leo, pero ya no soy Bastián teniéndose pena a sí mismo. A veces, sólo a veces, me subo a mi bicicleta, y me pierdo por calles sucias, brego contra el tráfico, recorro kilómetros no para ayudar a nadie ni salvar un mundo; aunque en mi reino de Fantasia pudiera ser que sí, que al final también quería ser Atreyu.

La historia interminable (Alfaguara, 1983), de Michael Ende | 419 páginas

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