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Todo fin encuentra su lugar

Calmas de eneroJOSÉ MARTÍNEZ ROS | Creo que sería inútil presentar a César Antonio de Molina (A Coruña, 1952), un hombre de letras en su dimensión más amplia y honorable (ha publicado poesía, novela, ensayo y libros de viajes, ha sido un copioso articulista, fue profesor de Humanidades en varias universidades españolas antes de que sucesivos planes educativos condenaran esa disciplina a la inexistencia). La cúspide de su ya larga trayectoria, al menos mediática, tuvo lugar durante  su paso por el Ministerio de Cultura, donde, cosa extraña, se llevó bien con tirios y troyanos. Quizás por ese mismo motivo, su estancia en la política resultó piadosamente breve.

Ahora Tusquets edita su último libro de poemas Calmas de enero al que, incluso desde una rápida lectura, podemos ver una autobiografía en verso, una trasposición lírica de lo que nos ha ofrecido César Antonio Molina en los volúmenes de sus memorias en prosa. Un viaje a la interioridad del autor, pero también hacia lugares y personajes que forman parte de su bagaje cultural (Alejandría, las Cícladas, Florencia…), que en realidad se funde con el del conjunto de nuestra civilización. Porque como convencido humanista, y como querría Borges, para el escritor al final un hombre es todos los hombres, bajo cualquier nombre, con cualquier rostro, en todas las épocas; y Catulo o Marcel Proust son sus contemporáneos.

Por supuesto, no existe nada menos estático, más subjetivo, que la memoria. La percepción, y lo que es más importante, el significado personal, de las personas que hemos conocido, de los lugares visitados, como la de los libros leídos, varía de manera inevitable con la edad, con los reencuentros y con las pérdidas. Como el río de Heráclito, Roma, París o Varsovia, no son la misma ciudad para el viajero adolescente o juvenil que para quien regresa mucho más tarde, con la maleta y el cuerpo lleno de recuerdos y nostalgias cuando, en palabras del poeta, ya está “La vida terminada, la vejez se inicia…”. Y es con esa mirada, encaminada ya a lo último, como César Antonio Molina atrapa en versos la observación introspectiva de algunos paisajes y parajes de su geografía sentimental (“lugares antiguos, qué dueños tan distintos ahora os poseen”).

Desde la atalaya de su edad, los mira con lucidez y emoción, le sirven de excusa para plantearse preguntas existenciales, y un paisaje al tiempo literario y real (y fílmico) se transmuta en metáfora “… Sobra dolor cuando faltan palabras. / La vida es un milagro. Se va gastando, / pero se mantiene firme / como el puente sobre el Drina.” Y de esa manera lo íntimo sale a pasear por calles húmedas o ruinas desmoronadas, y en los rincones donde habitó un yo más joven, entabla un diálogo con voces extraviadas en la fugacidad del Tiempo (“Aquí en este sofá estuvo sentado. Aquí escribió sobre esta mesa / a mano y en su vetusto ordenador. / Aquí acarició la mano de Carol donde yo quise acariciar la / tuya…”). Es el momento de hacer recuento de las ganancias y las pérdidas que nos ha deparado la vida, de hacer el balance del tiempo que se nos ha dado, ahora que ya la Muerte es una certeza que se acerca y “Todo al fin encuentra su lugar”.
Calmas de enero (Tusquets, 2017) de César Antonio de Molina | 168 páginas | 15 euros

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