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Todos somos espías


El espía

Justo Navarro

Anagrama, 2011. Colección “Narrativas hispánicas”

ISBN: 978-84-339-7226-2

212 páginas

18 €

José M. López

En pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial, un poeta americano se dedica a enviar mensajes de propaganda fascista desde Radio Roma, peroratas cargadas de un antisemitismo extremo que incluso superaban los excesos oratorios mussolinianos. Estas oratorias radiofónicas estaban, a su vez, impregnadas de tal excentricidad que hacían sospechar a los mandatarios italianos que eran, en realidad, misivas cifradas que desvelaban asuntos de alto secreto del Gobierno italiano al enemigo americano. El locutor del que hablamos, el supuesto espía que da título a la novela, es Ezra Pound (1885-1972), poeta estadounidense que terminó forzado a un internamiento en un centro psiquiátrico por el Gobierno del Tío Sam, que, finalmente, no se atrevió a condenarlo por alta traición, a pesar de su amplia labor de propaganda al servicio del régimen ítalo-fascista.

Tomar un personaje real y convertirlo en personaje de ficción es un recurso tan viejo como el propio arte de narrar, y bien lo sabe el autor de El espía, Justo Navarro, que, además de utilizar este consuetudinario ardid narrativo en varias novelas anteriores, también lo ha sufrido en sus propias carnes (él mismo fue un personaje importante de la novela El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas).

Además de novelista, este autor granadino ejerce a la vez de traductor y periodista, facetas que han podido facilitar su labor a la hora de mostrar un esclarecedor cuadro de una época y de un personaje. Y me explico. A lo largo de gran parte de la novela el lector es guiado por una especie de narrador cronista, que nos pone al tanto de los entresijos de la propaganda de la Italia fascista. Prestando siempre una especial atención a su labor de documentación, Justo Navarro nos presenta un lúcido fresco de los, en ocasiones, absurdos entramados de espionaje y contra-espionaje, así como de los grupos encargados de informar de continuos intentos de conspiraciones, descubiertos y delatados por los mismo conspiradores que los cimentaron. Y en medio de todo esto, Ezra Pound: ¿un predicador de las ondas al que no le importa defender a gritos sus ideas en contra de los judíos y de sumisión ante los encantos del Duce? ¿Un espía americano que envía mensajes en clave a los servicios secretos estadounidenses? ¿Un poeta loco al que no le importa morir con tal de ser escuchado, de que su palabra sea oída? Esta ambigüedad del personaje de Pound es uno de los puntos fuertes de la novela, rasgo que se ve reforzado gracias al estilo frío, burocrático, incómodo casi, de este narrador en tercera persona, que, más que contar una historia, parece presentar informes sobre los hechos acontecidos al poeta estadounidense desde sus primeros coqueteos con el fascismo hasta su estancia en una cárcel para soldados americanos en Pisa.

No pretendo aquí desentrañar el contenido de la novela, pero, en un momento dado, el lector se topa con cierto giro narrativo: aparece un trasunto del autor, un traductor granadino al que llaman J.N. – a la manera del personaje K. de las novelas de Kafka-, que viaja a Pisa sesenta años después que Pound, tras ser abandonado de manera traumática por su pareja. A partir de aquí, autor, narrador y personaje se confunden, para dar a luz una nueva novela en primera persona en la que J.N. se verá inmerso en una búsqueda del verdadero Pound, si es que lo hay, que, a su vez, será una búsqueda de sí mismo, en un continuo juego de analogías e identificaciones entre ambos, en un intento de explicar lo que nos rodea, nuestra cotidianidad más nimia, a través de la vida de grandes personajes, reales o ficticios, conocidos o leídos: en definitiva, comprender la realidad a través del mito.

Inteligente, la novela se convierte en un instrumento literario perfecto, que engrana, con astucia y talento, el extraordinario retrato del poeta estadounidense con cuestiones típicas de la novela posmoderna, bueno, de la novela, como la desintegración de la realidad o lo inestable de la identidad. Como dice uno de los personajes, “lo uno, visto bien, siempre es dos”. Sin embargo, esas preguntas simplemente se atisban, son lanzadas al aire por el autor sin permitir siquiera al lector pararse a pensar en ellas, ya que rápidamente se esfuman como pompas de jabón. El personaje de J.N., con sus dudas y sus fracasos, se queda en prometedor cómplice de un lector que está deseando meterse en su pellejo, preocuparse por sus fracasos y plantearse esas mismas dudas, que son las de Pound, pero también las de Goethe, autor del que está traduciendo Las desventuras del joven Werther. Pero el personaje no tiene recorrido, y se queda inmóvil, como mera excusa narrativa para seguir dibujando el cuadro personalísimo e intrigante del verdadero y único protagonista de la novela: Ezra Pound.

En mi opinión, Justo Navarro es una de las voces más lúcidas e ingeniosas de la narrativa actual en español, y para ello pongo en el mostrador su pulido manejo de la técnica, su experimentación invisible, sin exabruptos, o su frase penetrante y precisa. Sin embargo, pienso que a esta novela le falta la víscera narrativa que enganche a todo tipo de público, y no solo al lector culto que aprecia y disfruta los acertados experimentos técnicos. Junto a estos, y no en vez de, echamos de menos una trama que enganche, o un protagonista que seduzca o hipnotice, esbozo de lo que podría haber sido esta novela de espías, subgénero que fácilmente se presta a estas dos exigencias. Lo dicho, El espía es una novela que se paladea con placer como un jugoso producto estético e histórico, que no es poco, pero a la que le falta algo más de corazón o de alma. Y es que pensamos que no es buena señal que, tras leer un libro, pese más el deseo de mostrar tu admiración hacia el autor que el de proclamar las virtudes del libro mismo. Por pedir que no quede, pero de esto y mucho más es capaz este escritor granadino, como ya nos ha demostrado en anteriores ocasiones.

admin

4 comentarios

  1. Excelente debut, José Manuel. Bienvenido a Estado Crítico.

    De Justo Navarro leí Finalmusik (por recomendación tuya), que me pareció soberbio, aunque asumo la crítica que haces de frialdad. Espero leer esta nueva novela con muchísimo interés.

  2. Agradecido. Orgulloso de que me dejéis merodear, de vez en cuando, por esta región para echar una mano en esto de la crítica literaria y, sobre todo, para disfrutar mirando el paisaje.
    Me acordé mucho de ti mientras leía la novela,José María, ya que sé que posees «cierta» afición hacia los asuntos bélicos. Así que creo que te resultarán especialmente jugosos algunos datos que aporta el autor sobre la Italia fascista.

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