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Todos somos mundanos

Nos vemos allá arribaJOAQUÍN BLANES | Existe un tríptico demoledor de Otto Dix titulado Großstadt o Gross Stadt, que podría traducirse como Metrópoli. En esta obra, pintada en 1928, se muestran tres escenas de la vida cotidiana de una gran ciudad tras la I Guerra Mundial. Como si se tratase de la técnica cinematográfica de la polivisión, el espectador contempla, en una misma mirada, las tres escenas que discurren paralelas en esa urbe metropolitana de la República de Weimar. A la izquierda, un tullido veterano de guerra se adentra en los suburbios buscando la redención en el pecado de la carne, mientras un perro le ladra y otro compatriota permanece inconsciente en el empedrado. Al mismo tiempo, en un refinado antro, la burguesía baila swing a ritmo de una brass band al tiempo que un personaje andrógino abre un gran abanico de plumas rosadas cual pavo real. A la derecha, meretrices más refinadas, cubren sus senos con pieles y avanzan en busca de clientes sin importarles el bulto humano que mendiga en la calle cubierto por una máscara que le cubre la cara desfigurada.
Recobrar la imagen de ese tremebundo tríptico es lo que hace Christian de Metter al adaptar la obra de Pierre Lemaitre, Nos vemos allá arriba. De Metter muestra las consecuencias del fin de la Primera Gran Guerra, recuperando de alguna manera el expresionismo alemán y la nueva objetividad, donde lo feo se hace visible y colorido. Después de la guerra, el ser humano parece desechar cualquier código moral y comienza a existir bajo un único objetivo: sobrevivir. Subsistir por encima de todo y de todos. La indiferencia campa a sus anchas en esa gran ciudad que trata de vivir con ritmo frenético una vida hedonista, llena de almas concupiscentes, como la del indolente Pradelle, al tiempo que intenta, sin poderlo, ocultar sus desechos, esconder sus miserias, arrinconar los desastres de la guerra en las profundidades, en los suburbios, en los sucios arrabales de la gran ciudad, donde habitan o más bien se esconden Albert Maillard y Edouard Péricourt, los verdaderos protagonistas de esta historia.
Nos vemos allá arriba fue primero novela y luego cómic, pero también película, ya estrenada en Francia y con fecha de estreno en España para el próximo abril de 2018. Como cómic, es un fantástico ejercicio de contención, capaz de reducir casi 600 páginas de la novela a unos pocos bocadillos sin perder la tensión, el horror, la ternura y la indignación que produce esta historia. Ese freno al colocar el texto preciso, para dejar hablar a la imagen por sí misma, es una muestra de que los lenguajes de la novela y el cómic son y deben de ser distintos. La fuerza expresiva de una imagen, a página completa, como la de Albert Maillard sepultado vivo bajo un alud de tierra, es angustiosa, del mismo modo que el momento en el que Pauline acaricia el rostro sin vendas de Péricourt, es de una pureza conmovedora. Ambos ejemplos son muestras de una obra de profunda expresividad, cuidadosamente dibujada.
El texto complementa la historia, sirve para no perder el hilo conductor de una trama bien urdida, como esas alfombras persas donde la urdimbre es un detalle tras otro unidos en un todo inseparable. Una historia que avanza hacia un final esperado, sin duda, pero no por ello menos deseado por el lector. Una ráfaga de referentes se adueña de nosotros al abrir las páginas de este libro, algunas, como es natural, por la naturaleza misma del género, son referentes visuales, cinematográficos, como Senderos de Gloria con ese General George Broulard visitando las trincheras, otros antecedentes son más literarios, como la obra de Céline, Viaje al fin de la noche. Reminiscencias que pronto se diluyen y devienen en dos tramas de estafas paralelas con un punto de fuga convergente. Por un lado está la historia de amistad incondicional, generosa, entre un mutilado de guerra, al que le falta la mandíbula y oculta su rostro tras unas máscaras de carnaval, y un hombre triste, un pobre Bartleby, infeliz y apocado, incapaz de recuperar su antiguo oficio de contable y ahora miserable pensionista del ejército. Por otro lado, está la historia de teniente Pradelle, un oportunista sin escrúpulos, no los tuvo cuando era teniente del ejército donde servían Albert y Edouard no lo iba a tener al regresar a un mundo en escombro que debe resurgir de sus propias cenizas e inmundicias. Pradelle representa el centro del tríptico de Otto Dix, la burguesía terrenal, alocada y sin alma. Pradelle se merece la justicia poética de un final ingrato, Maillard, por su parte, merece más amor y mejor fortuna, mientras que Péricourt merece acercarse un poco más al cielo.
En definitiva, esta es una obra maravillosa, dibujos de una elaboración cuidada, parecen hechos con acuarela y repasados trazos y formas con plumilla, todo un trabajo detallista. No es solo la historia, que vuela en las páginas gracias a la versatilidad de las imágenes y a un texto reducido a lo indispensable, la narrativa visual de Christian de Metter es, con mucho, soberbia, capaz de combinar el pathos, la ternura, la tensión, la rabia y la sonrisa en una obra que nos hace a todos más humanos o más mundanos, según se mire.
Nos vemos allá arriba (Norma Editorial, 2017), de Christian de Metter, basado en la novela de Pierre Lemaitre | 172 páginas | 25 euros | Traducción de Luisa Lucuix

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