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Tormentas, tormentos y otros fenómenos básicos

LEONOR RUIZ | Llevo mucho tiempo, debo decir años, planeando reseñar El juego serio, novela de Hjalmar Söderberg; obra cumbre del autor —y de la narrativa sueca— publicada en Escandinavia durante el correr de 1912.

Veo que todavía me siento incapaz de hacerlo, por lo que voy a procurar salir de este hoyo como ven, a párrafos breves, tomando aire como si no supiéramos cuántas respiraciones o días nos quedan por delante. Como si el fin —el verdadero fin— nos rondara cerca.

En general, y a pesar de mi temor a tantas cosas, admito que las carnicerías interiores me asustan menos. Obras como El juego serio, sin embargo, destrozan hasta lo más hondo de la dermis.

Si quieren desazón e indecisiones, se hallan ante el libro adecuado para robustecer aún más la devastación de la pandemia. Acabarán tocados y sin que nada venga en su auxilio. Un viaje poco alentador, lo reconozco. Que merezca o no la pena, lo resuelve cada cual.

Arvid y Lydia, profundamente enamorados, no consiguen conducir sus pasos a lo que aparentemente les haría felices: estar juntos sin juegos de por medio. Él, poco valiente; ella, cambiante. A pesar de quererse, toman decisiones que los acercan el uno al otro de manera tangencial y escasamente duradera. Una relación siempre en jaque.

En paralelo, se hieren (sin amor, no hay heridas). Y, como en la vida real —sostén de la literaria—, cada episodio se sirve en un vaso turbio que impide descifrar señales claras. Los finales pasan ante nosotros camuflados. Para lo decisivo no tenemos ojos, no encontramos palabras.

«Afortunadamente, la naturaleza ha dotado a los seres humanos de la capacidad de olvidar. De lo contrario, sería imposible soportar la vida», dice Söderberg. Qué sabio y cuán cierto. Una pena que esta novela no se aplique el cuento y colonice nuestra memoria.

Cuando la ruptura no se debe al final del amor, alejarse del otro es una especie de muerte, duele tanto como la muerte. Miramos entonces hacia adelante para no mirar atrás. Y confiamos en enterrar el pasado con el presente.

Transcurrido un tiempo, advertimos el error: olvidamos, sí. Pero uno no elige lo que olvida. De igual modo que no elige lo que recuerda, y mucho menos lo que ama. Lo explica bien uno de los personajes: «La cuestión no es lo que tú quieras, sino lo que va a ocurrir».

Una trampa muy deseada —dejarse llevar— por los que no confían en sí mismos ni escuchan sus sentimientos. Por los que se desconocen. La cabeza, el corazón, el instinto… ninguno explica por entero lo que nos pasa. Aunque lo deseemos, nada se deja atrás ni se resuelve totalmente. El tiempo tiene voluntad propia.

El autor concierta de exquisitos modos el interior de los personajes y la vida exterior: Estocolmo, los acontecimientos políticos, las estaciones, el devenir del periódico donde trabaja Arvid. La línea narrativa es insegura, introspectiva, titubeante; llena de perplejidad y de reveladoras observaciones:

«Qué poco se conoce uno a sí mismo: siempre he creído, al menos hasta ahora, que yo era una persona honesta y franca. Y ahora me encuentro en una situación que hace de la falsedad, la astucia y las mentiras una necesidad casi diaria, y para mi sorpresa me doy cuenta de que también tengo aptitudes en ese terreno».

A pesar de su cumplido largo siglo, se trata de una novela rabiosamente actual. La atracción, los asuntos de amor, caducan lento. Poética y profunda, en cada una de sus páginas parece haber algo a punto de estallar.

«¿Será sinceridad incluso lo de ahora? ¿O más bien un cruel deseo de ver cómo me lo tomo? ¿O una cruel curiosidad de ver cuántos latigazos soy capaz de aguantar?».

Gun-Britt Sundström, autora sueca, quiso imaginar el punto de vista de Lydia. Le dio forma en 1973 con la novela För Lydia, sin traducción al español hasta la fecha (por favor, que alguien haga algo al respecto).

Recuerdo aquello: deseo absoluto, miras comunes, un amor intenso y primero. Cobardías, engaños, irresoluciones —y ternura última— formaron parte, sin embargo, de su trágico final.

Algún día llegará la desmemoria. Mientras tanto, en noches ulceradas, aún suena el Adagio de Barber, «la obra clásica más triste», escuchada juntos un once de marzo.

«Quiero: ¿qué significa eso? Una voluntad humana no es una unidad: es una síntesis de cien impulsos discordantes», escribía Söderberg en su Doctor Glas de 1905.

Querer y no querer. Entre ambos extremos, el miedo arranca púas de un cactus: quiero, no quiero, quiero, no quiero… Los protagonistas siguen solos. Sacudidos por el destino. Blindados a una plenitud que tuvieron al alcance de la mano.

El juego serio (Ediciones Alfabia, 2013) | Hjalmar Söderberg | Traducción de María Dolores Ábalos Vázquez | 320 páginas | 19 euros.

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