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Tristeza cercana

familias de cerealDANIEL RUIZ GARCÍA | En una reciente entrevista, Óscar Esquivias, de cuyo libro de relatos hablaremos más pronto que tarde por aquí, aludía a Tomás Sánchez Bellocchio como uno de sus descubrimientos literarios recientes más felices. “Algunos de sus cuentos me habría gustado escribirlos yo”, decía en esa entrevista, donde encontré bastantes puntos de sensibilidad compartida y un sentimiento coincidente de haber asistido a un hallazgo. Porque a mí Sánchez Bellocchio me parece un talentazo, y su libro Familias de cereal un derroche de oficio que no parece propio de alguien nacido en los 80. De modo que también concluyo como Esquivias: hay relatos en esta recopilación a los que me hubiera encantado ponerles mi firma.

Asistimos a una suerte de revivalismo del género del relato. Parece como si, el pasado año, la notoriedad alcanzada por Samanta Schweblin con su Siete casas vacías hubiera abierto la veda, y de repente las mesas de novedades de las librerías se han plagado de libros de cuentos. Y sorprendentemente, 2016, el año en que celebramos una sonora efeméride del hacedor de la novela en castellano más universal, se ha convertido en realidad en el Año del Relato, con propuestas para todos los gustos y niveles de exigencia, pero también con obras de indudable calidad (sin pretensión de rigor, me estoy acordando de las compilaciones de Mariana Enriquez, Sara Mesa, Edmundo Paz Soldán o la del mencionado Esquivias). Pero el tiempo pasa rápido, y las novedades duran poco en las mesas, y parece que hubiera transcurrido un siglo desde que en 2015 Candaya publicara esta joya que, a pesar de los reconocimientos de parte de la crítica, uno tiene la sensación de que hubiera pasado casi desapercibida.

“Familias de cereal” es el título del primer relato del libro, el que da título al conjunto y también me atrevería a decir que el que le da el tono. Ya que la mayor parte de los relatos hablan de la familia, de sus servidumbres y miserias, de sus ruinas y sus inútiles intentos de reconstrucción. También es un libro que habla de la infancia, de la infancia vivida en el seno de familias disfuncionales y desestructuradas, donde el cariño se convierte en una cosa frágil y muchas veces confusa, plagada de malentendidos.

Me gusta mucho cómo escribe Sánchez Bellocchio, tiene esa sensibilidad a la vez distanciada y cercana tan propia de los argentinos que beben de Cortázar, con un manejo hábil de la ironía y el humor y una forma de contar muy inteligente, algo que resulta muy eficaz en el caso de los relatos.

Casi todas las familias reunidas en estos relatos sufren de uno u otro modo, sus vidas están llenas de silencios y oquedades, de sobreentendidos y gestos que apelan a territorios sentimentales que es mejor no recorrer. Pero que Sánchez Bellocchio recorre, casi siempre con un humor triste. Y no es difícil reconocerse en esa tristeza, porque la sentimos tremendamente cercana. Tan cercana como nuestras propias familias.

Hay cuentos memorables, como el que abre el libro, pero después de haber leído hace semanas la recopilación me sigue resultando difícil olvidar relatos como “Fidelidad de los perros”, “Cuatro lunas”, “Disco rígido” o “Interrupción del servicio”. En todo caso, es un conjunto muy compacto, donde no ocurre lo habitual, el desequilibrio de calidad entre unos relatos y otros. Una compilación que por merecimiento propio debería figurar entre los mejores libros de relatos que se han publicado en España, al menos, en los dos últimos años. Espero con ansia el nuevo libro de Sánchez Bellocchio para confirmar las más que fundadas sospechas de que estamos ante un nuevo autor que ha venido para quedarse.

Familias de cereal (Candaya, 2015), de Tomás Sánchez Bellocchio | 192 páginas | 16 €

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