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Tu pantalla amiga

Vidas perfectasEDUARDO CRUZ ACILLONA | Que las apariencias engañan es cosa que sabemos de siempre y, sin embargo, nos sigue extrañando. Basta con ver en los informativos las declaraciones vecinales tras la detención de un violento y sanguinario asesino: “Parecía buena persona”, “en el descansillo siempre saludaba”, “era muy educado”… En cuanto cruzamos el umbral de la puerta de nuestro hogar, nos convertimos en eso que Aristóteles dio en llamar “ser social” o, en un momento de desmedido optimismo, “ser sociable”. Mucho más en estos tiempos modernos en que andamos atrapados en redes (también) sociales y nos esforzamos en mostrar al mundo nuestra mejor cara (nuestro mejor selfie, deberíamos decir), nuestros mejores destinos vacacionales, nuestras mejores mascotas y hasta nuestros mejores deseos de paz mundial. De cara al exterior, nos convertimos en personajes ideales, sin tacha ni defectos, pletóricos de sonrisas e idílicos paisajes.

Así son Vera y Gael, los protagonistas de la última novela de Antonio J. Rodríguez. Una pareja que irradia felicidad, a la que todo le sale bien, modélica y envidiada. Dos personas que no sólo llevan vidas perfectas, como ya adelanta el título de la obra, sino que las muestran con profusión de imágenes y mensajes en internet.

Así son Vera y Gael, decimos, hasta la tercera página, momento en el que el autor da un sonoro y contundente manotazo en la mesa, hace que dicha felicidad salga huyendo despavorida y nos muestra a los dos protagonistas en una sauna japonesa muertos y bañados en sangre, con la cabeza de ella aplastada por un martillazo y unas tijeras clavadas en el cuerpo…

Todo apunta a que la pareja perfecta ha sido asesinada y todo apunta a que el desarrollo de la novela se sustentará en la investigación y la búsqueda de los culpables a cargo de la hija de ambos, Mika, y de su profesor de piano y, a la vez, amigo íntimo de la pareja, Xavier.

Pero si empezábamos diciendo que las apariencias engañan, el descubrimiento de sorprendentes revelaciones hace que se tambalee esa imagen idílica que todos tienen de la pareja y las sospechas de asesinato a manos de un extraño se vuelvan en contra de ellos mismos. A partir de ahí, el autor va jugando con nosotros, con nuestras suposiciones y (pre)juicios de valor, salpicando la trama de nuevos descubrimientos, de secretos escondidos de unos y otros, de vidas paralelas, de pasiones ocultas, de pasados agazapados en el voluntario olvido, de esa cara B que no sale en los selfies

Más allá de esa trama, lo que de gran valor tiene la novela es la prevalencia de lo reflexivo frente a lo meramente explicativo. Así, lo criminal se convierte en suspense y la literatura en antropología, ofreciendo una visión cruda y pesimista de aquellos que, entre los treinta y los cuarenta, se integran en lo que se ha dado en seguir llamando clase media. Se despliegan así conceptos como las insatisfacciones familiares, la responsabilidad, el desconocimiento (incluso) inter pares, la virtud del anonimato, la manera de afrontar el mundo adulto sorteando la constante amenaza del fracaso, etc…

Nada es lo que parece. Ni para la pareja perfecta ni para su amigo Xavier, narrador de la historia e involuntario protagonista de la misma, cuyas miserias, desvelos y deseos también van saliendo de la íntima oscuridad, negro sobre blanco, dotando al argumento de mayor peso específico, de mayor hondura y de mayor intensidad hasta desembocar (y no, no es spoiler) en su fascinación por una mujer que es pura imagen y que ha hecho de su exposición en internet su propia y prácticamente única vida, potente metáfora de esa realidad virtual que día a día vamos construyendo a nuestro alrededor, ansiosa de likes y de retuits.

Vidas perfectas es una historia intensa, profunda, con mucho trabajo de construcción detrás, una novela que consolida lo que el autor ya prometía con su primera novela Fresy Cool (Random House, 2012) y que le sitúa en ese privilegiada lista de autores de los que estamos deseando que publiquen una nueva novela.

Vidas perfectas (Literatura Random House, 2017), de Antonio J. Rodríguez | 192 páginas | 17,90 euros

 

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