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Un alma rusa

PN924_GUn buen llanto acostumbra a formar parte de, ya sabe, la música de fondo.” (Europa Central, William T. Vollmann)

REBECA GARCÍA NIETO | Decía Virginia Woolf que el alma es el personaje central de la narrativa rusa. También que quizá fuese ésa la causa de que a los ingleses les costase leer a Dostoievski: [A los ingleses] “el alma les es ajena. Incluso antipática”. Lástima que la escritora no conociese a Julian Barnes. Seguramente le habría gustado saber que a su compatriota no sólo no le resulta antipática, sino que, en esta novela, se ha atrevido a adentrarse en un alma rusa (o, mejor dicho, soviética, por la época en que le tocó vivir a Dmitri Shostakóvich, el compositor que protagoniza esta novela). Shostakóvich es también uno de los protagonistas de Europa Central, la magistral novela de William T. Vollmann. De hecho, Europa Central caló tan hondo en mí que me ha resultado difícil escuchar al Shostakóvich que protagoniza la novela de Barnes sin escuchar también al personaje creado por el americano. Las comparaciones, ya se sabe, son odiosas, pero también inevitables. El Shostakóvich de Vollmann es tan poderoso que no he podido impedir que los “bueno, ya sabe” y los tartamudeos varios que caracterizan su discurso resuenen de fondo al leer esta novela. A diferencia del americano, que no dudó en inventarse un triángulo amoroso para articular la historia del compositor, Barnes ha optado por un relato más ceñido a la realidad. Como dice al final del libro, sus dos fuentes principales han sido la biografía del compositor firmada por Elizabeth Wilson y sus supuestas memorias, contadas por Solomon Volkov. Así las cosas, la pregunta es si merece la pena leer esta novela cuando la historia que narra, de algún modo, ya se ha contado.

El ruido del tiempo se centra en varios momentos de la vida de Shostakóvich, todos ellos relacionados con el tira y afloja que mantuvo el artista con el Poder a lo largo de su vida: cuando estrenó la ópera Lady Macbeth de Mtsensk y resultó no ser precisamente del gusto de Iósif Stalin, cuando viajó a Nueva York a un congreso como representante del régimen comunista o cuando firmó una carta contra Aleksandr Solzhenitsyn. La misión del artista, dice el narrador, es “ayudar al alma de sus semejantes a desarrollarse y florecer”; justo lo contrario de lo que pretendía el Partido, que consideraba a los artistas “forjadores del alma humana” (para el comunismo, los artistas eran parte esencial del engranaje diseñado para la fabricación en cadena de seres humanos idénticos). La pugna de Shostakóvich por mantener la libertad creativa pese a las presiones de la Unión de Compositores o el propio camarada Stalin, que pretendían que compusiera sinfonías patrióticas y optimistas, le fue minando, así que no es de extrañar que al final de sus días acabara diciendo que “había aprendido algunas cosas sobre la destrucción del alma humana”.

Teniendo en cuenta la visión del amor que tenía Shostakóvich (“un idilio, por definición, sólo llega a serlo una vez que se ha acabado”), no sorprende que su romance con Tania, su primer amor, se viese fortalecido cuando ésta se casó con otro o que su matrimonio con Nina funcionase bien gracias a su divorcio y a los amantes que tuvieron ambos. En mi opinión, si Barnes hubiera seguido por esta senda del amor, el libro habría salido ganando. Pero el inglés ha tomado un camino más arduo y ha llenado la mente de su personaje de reflexiones sobre la culpa, la traición o la cobardía. El Shostakóvich de Barnes es un cobarde heroico, un héroe atípico que no duda en tacharse de pusilánime (aunque eso no sea siempre lo más fácil): “No es fácil ser un cobarde”, confiesa.

Entonces, ¿merece la pena leer la novela? Lo cierto es que, aunque la historia no sea del todo nueva, el ángulo elegido por Barnes para narrar la vida del compositor es sorprendente. El ruido del tiempo es un largo monólogo interior en tercera persona. La apuesta del inglés, contar lo que ocurre en la mente de Shostakóvich “desde fuera”, desde una distancia prudencial, es arriesgada. De hecho, creo que algunas de las críticas que ha recibido la novela tienen que ver con esta elección. Habría que preguntarle a Barnes por qué ha elegido esta perspectiva. ¿Ha optado por la tercera persona porque entonces, en aquella Rusia soviética, nadie vivía en realidad en primera persona?, ¿es porque bajo el comunismo ningún “yo” podía ir “por libre”, al margen de las directrices del Partido, ni sobresalir de aquel monótono “nosotros”? Sea como sea, en mi opinión, el punto de vista desde el que está contada es el mayor acierto, y también el mayor lastre, de esta novela. Al renunciar a los diálogos y a la variedad de puntos de vista utilizados en otras novelas suyas más logradas, como El loro de Flaubert, por ejemplo, Barnes limita las posibilidades narrativas de la historia. Su protagonista está tan encorsetado, tan aislado, como debió de estarlo el propio Shostakóvich. No creo que ésta sea, ni mucho menos, su mejor novela, como se ha dicho, pero es Julian Barnes, y cualquier libro suyo está muy por encima de la gran mayoría de libros que se publican. Solemos acusar a los escritores consagrados de haberse acomodado y recurrir siempre a las mismas fórmulas, así que no creo que sea justo ahora criticar a uno de los grandes por arriesgar. “Ser un cobarde era embarcarse en una carrera que duraba toda la vida”, dice Shostakóvich en la novela. No sé si el compositor fue un cobarde o no, pero tengo claro que Julian Barnes no lo es.

El ruido del tiempo (Anagrama, 2016), de Julian Barnes | 208 páginas | 16,90 € | Traducción de Jaime Zulaika

 

 

admin

7 Comments

  1. Interesante reseña. Felicito a la camarada García Nieto por su agudeza. Gracias.

  2. Vaya! Esta inteligente reseña no ha hecho sino acrecentar mis ganas de leer este libro. Soy ganas del camarada Barnes desde hace dos décadas: gracias por presentar esta obra.

    • Gracias, José María! Haces bien en leerla. Yo también soy fan de Barnes, el listón estaba muy alto…

    • Muchas gracias, Cora. Yo ya estoy esperando tu próxima reseña. Tus reseñas son siempre magníficas.

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