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Un chatito de vino y cáscaras por el suelo

Para morir IgualesJOSÉ MANUEL LÓPEZ | Alguna vez sucede que, tomando un chato (“gorrión” lo llaman en Sanlúcar de Barrameda) de vino en una tasca de mala muerte, esas de serrín y cáscaras de cacahuetes por el suelo, te encuentras con un tipo, allí al fondo, recostado sobre la barra. Te atreves a entablar unas palabras con él, y el tipo resulta ser un gran conversador, que te hipnotiza con su verbo sencillo y brillante; y habla de todo, y lo hace con tal juicio y encanto, que no te queda otra que echar la tarde allí escuchando sus reflexiones sobre política, religión, arte, mujeres o amigos. Allí, en ese antro, alejados de toda solemnidad. Algo parecido me sucede cuando leo a Rafael Reig.

Como ya advirtió nuestro estadista José María Moraga en su reseña del último libro de Antonio Orejudo, compañero de generación y amigo personal de Rafael Reig, yo tampoco voy a glosar aquí la brillante carrera como novelista del asturiano. Así que el que no lo conozca que corra a la librería a pillarse cualquiera de sus novelas. Todas merecen la pena. En esta última, Para morir iguales, continúa mostrando su particular visión –Reig nació en 1963–del tema de la Transición española tras la dictadura de Franco. El autor comenzó esta particular revisión de este momento clave en la historia reciente de nuestro país con una de sus mejores novelas, Todo está perdonado (2011), y continuó con Un árbol caído (2015). La reseñada hoy parece ser la tercera, y no sabemos si última, pata de ese banco.

Para morir iguales es una obra escrita desde la nostalgia. Nostalgia, sobre todo, de la infancia. El narrador, Pedro Ochoa, nos relata sus periplos vitales desde su niñez, única época auténtica, en un hospicio madrileño, hasta la edad madura en que se encuentra. En la novela alternan dos ejes temporales: el presente y el recorrido desde la infancia hasta el momento en que se cuenta la historia. En el presente vemos a Pedro acusado de organizar el asesinato de su exmujer. Nos encontramos aquí ante un narrador poco fiable, que nos deja con la intriga y nos desliza a cuenta gotas rasgos de su carácter y hechos de su vida. Al lector llega a sorprenderle cómo este tipo desalmado puede ser el mismo que ese niño travieso pero ingenuo que comparte estampitas de mujeres desnudas con sus amigos del orfanato. Sin embargo, observamos cambios graduales en su vida, nuevos vicios unidos a la edad adulta, que van forjando la personalidad del Pedro Ochoa actual. Las dos historias, como es lógico, acaban fusionándose. No obstante, debo decir que la novela cojea precisamente en su engranaje. Cada pieza del puzzle está magníficamente diseñada, cada capítulo es una pequeña perla de Reig, que con su plebeya maestría, nos presenta a tipos auténticos protagonistas de unas historias reales. Pero, como digo, las piezas del mosaico no terminan de ensamblarse a la perfección. La trama negra en la que el protagonista se ve envuelto en el presente me parece algo simplona y de escaso recorrido. La historia de ese niño hasta la actualidad se cuenta de manera algo apresurada, y está llena de huecos que ansiamos conocer con mayor profundidad y detenimiento. Estas lagunas narrativas han dificultado que mi adicción a la historia fuera mayor, y que empatizara aun más con las inquietudes de su protagonista. Al final, la trama parece querer pedir algo más de pausa. Y la novela, unas ciento cincuenta páginas más.

A pesar de lo dicho, leer a Reig siempre cala y divierte. Ácido como pocos, el novelista no deja títere con cabeza, y repasa con lucidez y sin piedad diferentes movimientos y personajes acaecidos tras la muerte del dictador: los nuevos votantes de centro, demócratas y chaqueteros; los revolucionarios socialistas, ulteriores accionistas de los bancos más importantes del país; los comunistas, ridículos en su ingenuidad; la iglesia, superviviente vil y amoral en medio de una sociedad corrupta; clase alta, media, baja… Aquí no se salva nadie. Todos acabarán observando sus rostros reflejados en ese espejo cóncavo que el de Cangas de Onís sabe mostrar ante sus ojos extrañados.

También podemos disfrutar en esta novela del Reig novelista de género. Perfecto dominador de lo noir, hay fragmentos que parecen salidos de la pluma del mismísimo James M. Cain; párrafos en los que las acciones más viles se enmarcan en un ambiente descrito con un profundo lirismo: “La noche era tranquila y triste, impregnada de perfume, que quizás era de tomillo” (336). Y da un paso más, y, como en sus anteriores novelas, el autor posee especial pericia en extraer algo de poesía situaciones algo zafias o vulgares. Lo hace, por ejemplo, en las escenas de sexo:

“Ella cerró los ojos y miré su enorme nariz piramidal, y sentí un placer agudo que reclamaba un grito, y grité; y cuando Paquita comenzó a agitar la pelvis como si diera martillazos, nos corrimos los dos y parecía que se había desgarrado una oculta entretela o eso que llaman el cielo del paladar. Se desplomó sobre mí y me dio un beso. Luego me quité el condón, sujetándolo por la base, y lo dejé un poco apartado, junto a la piedra plana. Nos abrazamos. Le pasé la lengua por el tabique nasal, por las aletas, por el surco que une el ápice con el labio, y sentí el sabor salado de sus mocos, mientras la acariciaba las nalgas con las manos” (202).

Es cierto que un novela basada en la nostalgia engancha con facilidad a aquellos lectores de la propia generación, pero, del mismo modo, puede crear cierta distancia con aquellos otros que no vivieron esa época. Yo nací ya en los años ochenta, y, la verdad, me quedan algo lejos las concesiones de UCD, las estampitas de Amancio o la portada de Marisol en pelotas en la revista Interviú. Por todo ello debo admitir que me gustaría que Reig pasara página, y que esta novela cerrara, efectivamente, su trilogía de la Transición española. Aun así, si veo en otra ocasión a aquel extraño tipo echado sobre la barra, volveré a acercarme a él, y de buen agrado pasaré otra tarde escuchándole hablar de la Transición, de literatura, de sucesos, de fútbol, de ajedrez, de Marisol, o de lo que a bien tenga él contarme.

Para morir iguales (Tusquets, 2018), de Rafael Reig | 350 páginas | 19 euros

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