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Un clásico contemporáneo

9788437623412JOSÉ M. LÓPEZ | Son conocidas las palabras de Felipe Benítez Reyes calificando los poemas de juventud de Luis Alberto de Cuenca como “la poesía de un chico leído y poco más. Sin embargo, tras la lectura de su poemario La caja de plata (1985), no tuvo más remedio que cambiar de opinión,  y se vio obligado a admitir que nos encontrábamos ante un poeta singularísimo que se iba a ganar un lugar en el Parnaso, al menos en el patrio. Y tanto. Pues la imparable carrera del madrileño y su innegable talento para acumular versos se han visto refrendados en los últimos tiempos con la obtención del Premio Nacional de Poesía por su último libro: Cuaderno de vacaciones (2014).

De su recorrido poético desde su trascendental La caja de plata (1985) hasta Por fuerte y fronteras (1996) da fe esta edición de Cátedra que tenemos entre las manos. El libro posee, como nos tiene acostumbrados la editorial, un estudio especializado y erudito de la poesía del autor; y como también solemos encontrar, cada poema lleva consigo un aparato crítico, para mí, excesivo. Vamos, que cada poema contiene tal cantidad de notas, unas útiles para la comprensión del mismo, pero otras redundantes y obvias, que, a mi entender, dificulta en ocasiones el placentero fluir de la lectura.

Cierto es que las continuas referencias culturalistas a las que es aficionado el autor hacen necesarias constantes aclaraciones de obras y autores, sobre todo de aquellos ‘outsiders’ de la cultura popular actual o clásica; pero también creo que sobran las notas en las que el editor intenta conducir en exceso la interpretación que el lector “debe” extraer del poema. Del mismo modo, me irritan las continuas anotaciones en las que se ponen en relación unos poemas con otros, como si el lector no fuera lo suficientemente maduro para darse cuenta de que un texto y otro tocan temas o tópicos parecidos. Pero, más allá de apuntes sobre el aparato crítico, creo que este libro cumple su labor: quitar la nieve, dejar claro el camino para que los amantes de la poesía podamos ver, analizar y disfrutar  la trayectoria poética de uno de los grandes de nuestras letras.

Como ya hemos dicho, la aparición de La caja de plata fue crucial a la hora de comprender el giro de ciento ochenta grados que sufrió su poesía. De una lírica oscura y elitista, cercana a los Novísimos, Luis Alberto de Cuenca opta por una poesía de “línea clara”. Con esta expresión, que él mismo extrajo del lenguaje del cómic, define su nueva concepción del fenómeno poético: una escritura no exenta de referencias culturalistas, pero que ya no buscan el distanciamiento con el público mayoritario, sino que más bien suponen una forma de entender, de interpretar, de ver el día a día que le rodea, y que el autor intenta reflejar en cada verso. El nuevo poeta intenta, por tanto, romper con la diferencia entre “alta cultura” y “baja cultura”, y para ello se vale tanto de alusiones a poetas clásicos -griegos, latinos, épica escandinava-, como a otras expresiones artísticas más alternativas como los tebeos o el cine -sobre todo el de serie B-. Y es que  Luis Alberto de Cuenca es de ese tipo de personas que consideramos  -me incluyo- que la ficción es más auténtica que la propia vida; primero, porque a veces la vida, con sus minucias y trivialidades, oculta lo verdadero e importante, pero, sobre todo, y lamentablemente, porque hemos pasado demasiados días leyendo libros, cómics, viendo películas o series, y somos incapaces de interpretar los hechos de la  “realidad” más allá de los patrones que la ficción nos impone. Somos personas que podemos olvidar nuestro décimo octavo cumpleaños, o el día que dimos el primer beso, pero que siempre recordaremos el precioso vestido que llevaba Odette cuando conoció a Swann,  o el largo beso de Cary Grant a Ingrid Bergman en Encadenados. Los poemas de Luis Alberto de Cuenca son, por tanto, hipotextos constantes en los que los asuntos cotidianos -el amor, el desamor, la amistad-  aparecen siempre enmarcados dentro de otro cuadro ficcional, en un segundo nivel al que el lector debe acudir, mediante guiño previo del autor, para asimilar plenamente el pálpito lírico. Así que nos encontramos ante una constante actualización de mitos, clásicos o populares, de leyendas o epopeyas más o menos lejanas,  encarnadas en héroes o antihéroes de nuestro día a día, que luchan infructuosamente contra su nostalgia en un entorno eminentemente urbano. Y es que cuando hablo de que estos personajes se encuentran “luchando contra su nostalgia” me refiero a que esas continuas referencias a otras ficciones no son tan solo fruto de la vida excesivamente “ficcionalizada” del autor, sino que también parecen erigirse como la única salida que encuentra este para dotar de cierto orden al caos que la realidad nos impone. Porque en las películas, como en los libros, todo tiene sentido: los héroes, la valentía, la amistad o el amor -aunque sea perdido- o la muerte. Y, frente al desconcierto de una vida que no comprende, el poeta opta por la añoranza de estos mundos clásicos donde el orden era el establecido, y los papeles se repartían de antemano.

Debido a su profusa labor como traductor de autores griegos y latinos, es común que el autor escriba variaciones de títulos clásicos, que le sirven de punto de partida, como he dicho, para interpretar situaciones cotidianas de personajes comunes, y que, en ocasiones, y la manera de las faltas de respeto de los autores barrocos hacia los de la Antigüedad, parodia con tintes humorísticos y coloquiales, dando lugar a este proceso de “transdiegetización” o cambio de marco histórico-geográfico en el que se inscribe el hipotexto. Como muestra, plasmo aquí un poema que es una variación del famoso tópico “Collige, virgo, rosas” de Suetonio, en el que encontramos el punto de originalidad que consiste en mezclar  estructuras clásicas con otras coloquiales:

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.

Córtalas a destajo, desaforadamente,

sin pararte a pensar si son malas o buenas.

Que no quede ni una. Púlete los rosales

que encuentres a tu paso

y deja las espinas para tus compañeras de colegio (…)

En este vano intento por buscar un sentido a la vida, hemos visto que Luis Alberto de Cuenca también suele optar por echar mano del humor. Pero, junto a estos salvavidas, el autor recurre constantemente a la pena que el paraíso perdido de la juventud le supone. Y esta búsqueda siempre va vestida de un verso diáfano, que llega al lector. En esta línea, sus poemas adquieren la fisicidad de descripciones líricas y detalladas, o el dinamismo narraciones concisas y telegráficas, como las de Homero. Y siempre exprimiendo las posibilidades del lenguaje a través de figuras de oposición que muestran las contrariedades del mundo que le rodea, y siempre cincelando el hallazgo lírico, la imagen sugerente, a veces surrealista, que roza el corazón más que el entendimiento. Y siempre revistiéndolo todo, como con un chal, de una música cuidadísima, donde se alternan los metros clásicos (endecasílabos o alejandrino blancos), las composiciones populares como la soleá o la prosa poética.

La caja de plata es el primero de los libros que comprende esta Poesía (1979-1996). Ese poemario recibió en su momento el Premio de la Crítica, lo que sirvió para alertar a sus antiguos lectores de que se encontraban ante un cambio radical en su forma de escribir. Quizás su poema “Amor fou” es la mejor muestra del compendio de todos estos nuevos rasgos que su lenguaje adquiere, y supone,  además de un excepcional portazo a su poesía anterior, un golpe brutal en los morros a todo aquel que se atreva afrontar su lectura.

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes.
Lo deciden un día, mientras los cortesanos
discuten sobre el rito de alguna ceremonia
que se olvidó y que debe regresar del olvido.
Los reyes se enamoran de sus hijas, las aman
con látigos de hielo, posesivos, feroces,
obscenos y terribles, agonizantes, locos.
Para que nadie pueda desposarlas, plantean
enigmas insolubles a cuantos pretendientes
aspiran a la mano de las princesas. Nunca
se vieron tantos príncipes degollados en vano.

Los reyes se aniquilan con sus hijas más jóvenes,
se rompen, se destrozan cada noche en la cama.
De día, ellas se alejan en las naves del sueño
y ellos dictan las leyes, solemnes y sombríos.

El otro sueño (1987) es un libro que continúa el camino iniciado por La caja de plata. A las novedades ya señaladas, el autor añade una explotación del tema de la otredad, tal y como sugiere su título, que se explicita en ciertos juegos de  máscaras que encubren al “yo” lírico. Entre estos disfraces, encontramos los de numerosos héroes del mundo del cómic. Por otro lado, el poeta se vale de la vía onírica como otro medio a través del cual restablecer ese orden deseado que la realidad no le brinda. Esta ansia del poeta por restablecer la armonía clásica frente al caos actual se ve virtuosamente plasmada en su composición “Contra las canciones de opósitos”:

Me he pasado la vida conciliando contrarios.
Pensando: bien y mal no son tan diferentes,
sí es muchas veces no, mi amiga es mi enemiga,
el placer duele tanto que parece dolor
y los días de fiesta son días de fastidio.
Me he pasado la vida tiritando en agosto
y muriendo de sed al lado de una fuente.
Pero esto se acabó. No quiero que la risa
se disfrace de llanto, ni que los besos hieran,
ni que la muerte salve, ni que el sol del verano
sea en el fondo sombra y el océano el desierto.
Quiero volver atrás, al tiempo en que las cosas
no eran tan complicadas, y el amor no era odio
y la nieve era nieve, y la paz y la guerra
eran palabras únicas, distintas, inequívocas,
y no la doble cara de un mismo aburrimiento.
Ya no quiero sudar rodeado de pingüinos.

El siguiente poemario que encontramos en este libro es El hacha y la rosa (1993), donde el hacha puede ser la guerra, la violencia tribal o la justicia, y la rosa puede simbolizar la belleza o el amor. En los versos que encontramos aquí, el poeta sigue recreándose en anacronismos lingüísticos, y sigue alternando el ‘verbum’ y la jerigonza. Pero en esta ocasión al autor solo le queda sujetarse a su propia poesía para superar ese ‘spleen’ que le atraviesa el alma. Y también se pregunta con desesperación, como podemos observar en el siguiente fragmento de “Sobre un poema de Robert Ervin  Howard”, si cesará de una maldita vez ese malestar:

(…) Volverán algún día los héroes de su exilio

dorado, allá en las islas donde el sol no se pone?

¿Dejará de reinar por doquiera el hastío?

¿Morderá el polvo al fin tanta melancolía?

El último libro recogido  en esta edición es Por fuertes y fronteras (1996), y no es más, ni menos, que un paso más en esa búsqueda de esa nueva ley que reintegre su intrínseco sopor vital. Sin embargo, aquí el autor parece encontrar un camino ascético en el que, a través de la fe, consigue, al fin, transformar esa tristeza en puro optimismo contemplativo. Encontramos aquí a un sujeto que ya no se siente completamente perdido, que ya posee algunas respuestas, así como unos versos empapados de un mayor vitalismo que pueden derivar en himnos hedonista como el que encontramos en el poema “Collige, virgo, rosas”, ya citado.

En definitiva, aconsejo a todos los amantes del género lírico que adquieran esta tercera edición de la Poesía (1979-1996) de Luis Alberto de Cuenca. Creo que su lectura supone una buena manera de acercase a las versiones últimas y revisadas por el autor de los cuatro libros que supusieron su confirmación como poeta con mayúsculas, gracias al distanciamiento de una moda culturalista ya ajada, y a su nuevo camino hacia una estética pop, donde la trivialidad, la ironía y lo anecdótico llegan a mofarse de las solemnidades  de las clásicas letras griegas y romanas. Y creo, de corazón os lo digo, que tras su lectura descubriréis, al igual que le sucedió a Benítez Reyes, que estáis ante algo más que un tipo leído. Estamos, creo yo, ante un clásico contemporáneo. Al tiempo.

Poesía (1979-1996) (Cátedra, 2015), de Luis Alberto de Cuenca | 485 páginas | 15 € | Edición de Juan José Lanz

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