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Un converso cantando en la pista central

Diez razones

MANOLO HARO | Aceleración, sobremaduración, hiperconexión, logística, poliinformación, etc. Piénsese en cualquiera de estos términos para crear un emblema del mundo –donde el plástico y la fibra son elementos ubicuos de todos los fenómenos que acompañan nuestros días con doméstica naturalidad– y tendremos la horma de nuestras existencias. El gran negocio está en acortar la distancia que separa el deseo y el tiempo. Logística de productos y, también, logística, engorde y almacenamiento de personas, proyecto tácito en el que participan con grandes beneficios Amazon, Ryanair, Airbnb y la industria del azúcar, la harina y la leche baratas (tan presentes en el centro de cualquier ciudad que se precie). Ciudades-sambódromos donde el turismo está esquilmando los únicos bancos de peces locales que van quedando en las urbes que tienen patrimonio que vender. Este modo de vida bizantino y autocelebratorio no tendría el mismo sentido si no se pudiera contar en directo, si no hubiera contenedores de ocurrencias, de vídeos y de fotografías –repetidas hasta la estupidez más insospechada– a disposición de todos los que asistimos a esta gran fiesta sin sueño que se ha convertido Occidente. Las mal llamadas redes sociales (antisociales habría que denominarlas con más propiedad, aunque en contados casos han servido para conectar a gente de colectivos de vanguardia combativa contra una sociedad y una época dadas a la disolución) son el auténtico cemento biológico con el que se unen millones de personas. Habiendo un circo en el que actuar, ha de haber igualmente un comentarista; y si este es un fugado del mismo, mejor.

Del centro del infierno o del cielo surge a veces la voz disonante de un proscrito o de un converso, alguien que cuenta que estuvo allí, vio y solo él escapó para contarlo. En este caso el hiato se llama Jaron Lanier, un nombre de dilatada vida en la esfera de las tecnología computacional, la realidad virtual, los videojuegos y las charlas de TED. Leer la biografía de Lanier en la tan cuestionada por él mismo wikipedia nos pone tras la senda de un individuo que fue universitario con trece años y más tarde partero en Nuevo México, para luego pasar a batir alas en el entorno de Microsoft como científico interdisciplinario. El caso es que el autor toca el piano en la orquesta pero se sienta en un palco para escuchar como suena la sinfonía. Lanier habla de su entorno laboral desde el descreimiento en TED  y en todo medio que le ponga un micrófono por delante. En el interior de una campana forjada a base de innovaciones continuas y de dinero,  su mensaje es tan inofensivo y previsible que lo que dice suena a “dejen cantar al muchacho un poco más”. Pero el caso es que el libro, salvo contadas contradicciones (por ejemplo, el pequeño comentario que le dedica a la pertinencia de vacunar a la población pues las paginas disuasorias de ello, según él, son parte de las fake news habituales en la red, cuando se podría pensar lo contrario) se lee y se disfruta, aunque su formato muy posiblemente venga condicionado por el gusto de los lectores a los best sellers de aeropuerto y estación. Lanier tiene suficiente talento como para que hubiera dado a la imprenta un texto más sesudo, más profundo, con menos concesiones a la galería, y que abordara el fenómeno de las redes sociales desde un punto de vista propiamente ensayístico.

A pesar de que el libro ha sido publicitado con la mera enunciación de las diez máximas que invitan a abandonar las redes sociales, no estaría de más recogerlas aquí: 1ª) Estás perdiendo el libre albedrío. 2ª) Renunciar: la mejor manera de resistir a la locura de nuestro tiempo. 3ª)Las redes sociales te están convirtiendo en un idiota. 4ª) Las redes sociales están socavando la verdad. 5ª) Las redes sociales están vaciando de contenido todo lo que dices. 6ª) Las redes sociales están destruyendo tu capacidad de empatizar. 7ª) Las redes sociales te hacen infeliz. 8ª)  Las redes sociales no quieren que tengas dignidad económica. 9ª) Las redes sociales hacen imposible la política. 10ª) Las redes sociales aborrecen tu alma.

Como se puede comprobar, la tela que  ha de cortarse es grande. Su autor acomete el trabajo con originalidad y conocimiento de causa. Un somero análisis de nuestros tics habituales con respecto a la tecnología de mano y la forma de entendernos con el mundo y dirigirnos en él (sobre todo los adultos) nos permitiría ver que la infantilización de la sociedad, la ausencia de una autoridad-filtro en las noticias, la dependencia a los likes, la politización de la banalidad y la banalización de lo realmente político copan la mayor parte de las horas de los adictos a las pantallas. Incordio llama Lanier a todo el engranaje que permite que cada dispositivo conectado nos muestre el vacío de la existencia de forma llamativa y nos coloque en el limbo ideal de lo insustancial con apariencia de algo divertido o importante.  Interesante resulta la lectura de entrevistas y documentos rastreados por el autor en el libro, a partir de los que se muestra la incapacidad de actuación de los propios directivos de estas empresas para humanizar un instrumento que ya desde sus comienzos planteaban evidentes dudas sobre las supuestas bondades para la misma Humanidad. Cuando se observa en sus primeras intervenciones a un estusiasmante y joven Mark Zuckerberg diciendo que el fin último de Facebook es conectar gente, uno se pregunta si realmente era necesario. La respuesta, como dijo aquel, está en el aire y en los tribunales. Lean, si no, estas perlas como lo que dice Sean Parker, el primer presidente de Facebook:

“tenemos que proporcionarle como un pequeño chute de dopamina cada cierto tiempo, porque alguien le ha dado a «me gusta» o comentó una foto, una publicación o lo que sea […]. Es un bucle de retroalimentación de validación social […], exactamente una de esas cosas que inventaría un hacker como yo para explotar un punto débil en la psicología humana […]. Los inventores, los creadores –alguien como yo, Mark [Zuckerberg], Kevin Systrom de Instagram, toda esa gente–, lo entendímos de manera consciente. Y, aún así, lo hicimos. Cambia literalmente la relación de la persona con la sociedad, con los demás […]. Probablemente interfiera en la productividad de formas inesperadas. A saber lo que está haciendo en los cerebros de nuestros hijos”

O lo que afirma, Chamath Palihapitiya, ex vicepresidente de crecimiento de usuarios en Facebook:

“A corto plazo, los bucles de retroalimentación a base de dopamina que hemos creado están destruyendo la manera en que funciona la sociedad […]. Ni debate público civilizado ni cooperación: desinformación, afirmaciones engañosas. Y no se trata de un problema estadounidense, no tiene nada que ver con la publicidad rusa. Es un problema global […]. Siento una tremenda culpabilidad. Creo que, en el fondo, todos lo sabíamos, aunque fingíamos que nos creíamos la idea esta de que probablemente no habría consecuencias imprevistas negativas. Pienso que, en el fondo, en lo más profundo, sabíamos que algo malo podía ocurrir […]. Así que, en mi opinión, la situación ahora mismo es realmente nefasta. Está erosionando los cimientos de cómo se comportan las personas entre sí. Y no tengo una buena solución. Mi solución es que he dejado de usar esas herramientas. Hace ya años”

Lanier es un tipo listo, aunque forme parte de un espectáculo que fagocita a sus hijos más rebeldes no sin antes colocarlos en la pista central del circo que citábamos más arriba. Lo único que le puede otorgar algo de sentido a este libro es que sea un catalizador para que llevemos a cabo el único yoga que necesita un mundo como el nuestro: pensar y actuar.

De todos los argumentos a favor de las redes sociales que he oído entre mis allegados está el de estar “cerca” de los seres queridos lejanos (con el agravante de estar demasiado tiempo pero superficialmente conectados), el de tener que recurrir a él por motivos de trabajo, el de saber qué ocurre en el grupo de padres de la escuela, etc. Todos son tan válidos como queramos nosotros mismos según el autoengaño, el contexto y la necesidad. El otro día alguien dejó una octavilla publicitaria de un agente inmobiliario en mi buzón. Con un “Atiendo 24 horas por whatsapp” se cerraba la oferta. Hace dos meses que me fui de toda red social (antes de saber de la existencia del libro de Lanier). Mi vida social-virtual se ha reducido a cero. El problema es que la otra, la vida sin virtualismos, también se ha visto mermada de llamadas y citas. Es probable que el riesgo de todo ello es que desaparezca definitivamente lo tangible, lo vivo sin intermediarios. Y esto también habría que reflexionarlo.

Por último, si ha llegado a esta reseña por alguna red social, descrea de ella y bórrese inmediatamente, a no ser que esté coordinando una revolución. Lanier no lo va a hacer. Usted tal vez sí, aunque sea pequeña.

Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (Debate, 2018) | Jaron Lanier | Traducción de Marcos Pérez | 189 páginas | 14,90 euros

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