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Un encuentro nada fortuito

teatro

JOAQUÍN BLANES | Cuando Lautréamont, en sus Los cantos de Maldoror, reclamaba el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección, no esperaba que, años más tarde, el Edison de la literatura, André Breton, se apropiara de ese encuentro fortuito para justificar la escritura automática en una época convulsa y cambiante, que saltaba de ismo en ismo. Sin embargo, cuando ese encuentro deja de ser fortuito, cuando ese tropiezo ya no es tropiezo sino búsqueda, cuando el encuentro es perseguido por el artista o es hallado como una revelación o una epifanía, entonces, se produce algo tan hermoso como la poesía visual de Joan Brossa, las fotografías significativas de Chema Madoz, las cubiertas antológicas de Daniel Gil para Alianza Editorial o, como en el caso que nos ocupa, los carteles de Isidro Ferrer para el Centro Dramático Nacional (CDN).

Una obra de Joan Brossa roza el surrealismo, roza ese encuentro entre el paraguas y la máquina de coser, aunque en Brossa, Madoz, Gil y Ferrer deja de ser fortuito, porque todos estos creadores buscan el significado final de ese encuentro. Mezclar dos objetos aparentemente dispares para armar una idea nueva y original, de esas que crea asombro en el espectador. La imagen insólita está llena de simbolismo para que la unión de ambos objetos, nos entregue un significado especialmente poético. No es únicamente la carcasa, el armazón de los objetos o los elementos que se encuentran en esa creación, es también el interior vivo de esos mismos objetos, de esos elementos que, al encontrarse y unirse en un abrazo, adquieren una vida nueva, como un neologismo o como el encuentro fortuito entre un gusano y una mariposa que no se reconocen, porque olvidaron el tiempo en que compartieron crisálida.

El espíritu profundo, el alma viva, el significado último que se persigue, no es otro que ilustrar un concepto que nos haga reflexionar. Cuando Joan Brossa presenta su Clau (llave), no hace falta ser extremadamente versado en la metáfora visual para descifrar su propuesta.

clau

Lo mismo sucede cuando Brossa nos entrega su empleado, L’empleat. Sobran palabras.

L'empleat

La insistencia tenaz de los primeros simbolistas por encontrar las verdades absolutas del arte, se excedió en las metáforas y en las imágenes hasta hacerlas tan desatinadas, como ese cuadro de Gustave Moreau, La aparición, ideal para el salón de un apartamento kitsch o un dentista albanés. Contener ese impulso creativo y madurarlo como una fruta o macerarlo como un aguardiente, es lo que hace Isidro Ferrer en sus obras, que bebe, inevitablemente, de la genialidad de Joan Brossa, a su cartel de Urtain de Juan Cavestany.

Urtain

El arte creativo de Ferrer, parece conocer a la perfección el pensamiento que avivó la escritura de cada una de las obras de las que él hace el cartel. Sirvan los siguientes cuatro ejemplos que presentan y representan diversas piezas teatrales, cada una con su singularidad artística.

Isidro Ferrer_4

El primero de los carteles refleja el poderoso humor absurdo de Miguel Mihura en Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal, en el que una gallina con cabeza de caballo representa lo disparatado de las relaciones humanas de la burguesía que pretende más de lo que en realidad puede llegar a ser. El cartel expresa con suficiencia la disparatada puesta en escena que Ernesto Caballero propuso para esta pieza, en la que los objetos adquirían una cualidad delirante, en un uso inapropiado de los objetos que había en escena. El segundo cartel nos habla con una punzante imagen de una matrioshka con un candado impidiendo actuar con su naturalidad de continente y contenido. Esta fue la versión de Tres hermanas de Anton Chéjov preparada por el argentino Daniel Veronese bajo el título de Un hombre que se ahoga. El tercero de los carteles muestra una imagen dura y directa de una muleta-fusil que diseñó Ferrer para Ante la jubilación, obra de Thomas Bernhard traducida por Miguel Sáenz y puesta en escena por Carme Portaceli. El último cartel nos ofrece una potente batalla en el aire entre dos aves con cabeza de perro, es el cartel de La paz perpetua, obra escrita por uno de nuestros imprescindibles dramaturgos actuales, Juan Mayorga, en una compleja versión dirigida por José Luis Gómez, que obligó a parte de los actores, los que hacían de perros, a llevar prótesis bucal y a vocalizar con una limpieza infrecuente, una hazaña que no olvidamos los espectadores que vimos en escena esta obra.

El libro contiene muchas imágenes de una fuerza visual y un lirismo espectacular, en realidad, todo el libro respira imaginación a raudales, en esa combinación de objetos, ese encuentro, nada fortuito, entre un paraguas y una máquina de coser, sobre una mesa de disección que no es otra que esa mente creativa de Isidro Ferrer.

A título personal, ya se sabe que para gustos colores, destacaría El puñal pluma de Marat-Sade, el esqueleto de una mano en el Rey Lear, con el índice en forma de ficha del rey del juego ajedrez, la nota musical con forma de diablillo que diseñó para Fausto y tantas más que sería un poco cansino numerarlas aquí.

Nórdica se atreve con todo y, en este caso, es un acto de valentía por su parte editar este volumen que recoge la producción del artista desde la temporada 2006/2007 hasta la temporada 2015/2016, temporadas que comenzaron bajo la dirección artística de Gerardo Vera, que hace la nota introductoria del libro, y concluye con la de Ernesto Caballero, autor del prólogo, todavía a cargo de la dirección del CDN.

Además de los carteles creados por Isidro Ferrer durante estos años, el libro se complementa con textos de diversa autoría y diversa temática, algunos se centran en el cartel, como hacen Sergi Belbel con el de su obra Móvil, Salva Bolta en su adaptación de Delirio a dúo de Ionesco o Juan Ignacio García Garzón, crítico teatral del ABC, que hace una detallada disección del cartel que Isidro Ferrer diseñó para Hamlet en la temporada 2008/2009. Otros autores hablan más de la obra en general que de esa relación necesaria entre el cartel y el significado recóndito y esencial de la pieza teatral que es lo que persigue, al fin y al cabo, la obra de Ferrer. Por ejemplo, Luis María Ansón no habla del cartel sino de su admiración incondicional y su devoción, casi mariana, hacia Angélica Lidell.

Puede criticarse, pecado venial, eso sí, la falta de unidad en la concepción de los textos, algunos son tan personales que se alejan del propósito último del texto, acompañar e ilustrar, con palabras, la obra de Isidro Ferrer. Aunque todos tienen entidad propia cuando se trata de autores y autoras con el empaque de Lluís Pasqual, Carme Portaceli, Israel Elejalde, Andrés Lima, Luis García Montero, Natalia Menéndez, Miguel del Arco, Mercedes Lezcano, Juan Echanove, Ricardo Iniesta o Miguel Sáenz. Como verán, múltiple autoría en los textos y diversidad de oficios, desde actores, actrices, directores de escena, dramaturgos, poetas hasta traductores.

Sirva para concluir esta reseña, el breve texto explicativo del libro que tienen para los de Nórdica en su web, con el que definen a la perfección la esencia del mismo, utilizando las palabras del profesor machadiano, Juan de Mairena, que sentencia que, por un lado entra el mundo y por el otro sale la poesía.

Disfrútenlo.

El juego en escena. Carteles para una función (Nórdica teatro, 2018), de Isidro Ferrer | 176 páginas | 25 euros | Prólogo de Ernesto Caballero.

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