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Un hombre sin miedo

David B.

ALEJANDRO LUQUE | Hay títulos que, si no mienten sibilinamente, sí al menos despistan. Hay que tener especial cuidado con aquellos que contienen algún topónimo prestigioso, porque a menudo sirven de reclamo a lectores distraídos, que se dejan obnubilar por el nombre de aquel lugar donde pasaron unas vacaciones inolvidables, o de esa capital a la que siempre han soñado ir, y luego pasa lo que pasa. Este es uno de esos títulos.

Diario de Italia. ¿En qué o quién piensa uno? En Stendhal, en Montaigne, en Maupassant, en Goethe. Un momento, la publicidad advierte de que el viaje que propone el autor comprende Trieste, Bolonia y Venecia: ¿Veremos cómo sopla la bora en el viejo puerto triestino, veremos inclinarse las torres boloñesas antes de darnos un banquete en alguna trattoria del centro, navegaremos en góndola por los canales? Nada de eso. Vale la pena subrayarlo desde el principio: esto no tiene nada que ver con el clásico cuaderno de vacaciones, lo cual, en cierto modo, es de agradecer. Otra cosa es que, aunque realizadas en Italia, estas páginas podrían perfectamente haberse dibujado en cualquier otro lugar del mundo, y hasta de la galaxia. Las referencias concretas a las citadas y gloriosas ciudades son poco menos que anécdotas, porque el viaje aquí es al interior de un ciudadano francés conocido como David B.

Sí, B., de Beauchard. El mismo que narró magistralmente una infancia marcada por la enfermedad de su hermano –epilepsia para más señas– en La ascensión del gran mal. Pero también esa joya en tres entregas, con texto de Jean-Pierre Filiu, titulada Los mejores enemigos. Una historia de las relaciones entre Estados Unidos y Oriente Medio; o esa adaptación de un cuento de Las mil y una noches que apareció en España bajo el título Hâsib y la reina de las serpientes, por citar un par de mis preferidos.

Si usted, querido lector, ha tenido la gentileza de meter la nariz en alguno de estos libros u otros de su producción, sabrán que hablamos de uno de los creadores más imaginativos e imprevisibles de la escena comiquera actual. Un dibujante que destila libertad por las cuatro esquinas de la viñeta, de esos que parecen trabajar con toda la tradición de este arte a sus espaldas, desde Moebius a Joann Sfar, pero que nunca renuncia a ser él mismo en cada trazo. Fin del piropeo, al menos de momento.

Con estas credenciales, no podríamos esperar que el autor se aviniera a ninguna forma de diario convencional, del tipo “hoy me levanté, desayuné cornetto crema, fuimos a visitar San Marcos…”. No. Mundos en miniatura gobernados por gatos, o por ratas. Una amena digresión que termina siendo una biografía abreviada de Lucky Luciano, el célebre gángster. La fascinante leyenda del judío de Esmirna que convenció a los vecinos del gueto de Venecia para erigir una torre de Babel que funcionara de verdad. La historia de la joven violentada por dos desaprensivos, que abandonada en el bosque, recibe la visita de un extraño animal…

Algo relaciona todas estas historias, y es la lucha contra los miedos más arraigados, los más cervales. El horror, la violencia, la pérdida de la identidad, el paso al otro lado, lo desconocido. David B. es valiente porque está dispuesto a dibujarlo todo. “Esta chica no sabe con quién está tratando”, escribe cuando una mujer le propone una excursión escalofriante. “De niño veía morir a mi hermano tres veces al día”. Guiño para iniciados.

Por aquí Italia apenas asoma, protestarán algunos. Algo sí se ve, aducirán otros, alguna calle, algún comercio… Yo me reafirmo en que quienes busquen Italia en este libro, solo la van a encontrar filtrada a través de las fantasías, elucubraciones y pesadillas de un gran dibujante. Pero es que, además, hacia la mitad del volumen, David B. decide cambiar de tercio y llevarnos, ahorrándonos las colas del aeropuerto y el jet lag, a la mismísima Asia, a Hong Kong y Osaka para ser exactos. Allí nos espera más leña de su peculiar imaginario, lleno de insectos gigantes, triadas mafiosas, gatos, lolitas en uniforme, fantasmas, más gatos, y todo es endiabladamente hermoso e inquietante a partes iguales, pero, ¿por qué no, a la manera de los cantaores solícitos, titularlo Diario de Italia y Oriente… y después lo que ustedes quieran?

Aunque, bien pensado, en este mundo en el que ya GoogleMaps dirige nuestros pasos, Airbnb nos dice dónde pernoctar, TripAdvisor dónde comer, y los atractivos turísticos vienen señalados por las masas haciéndose selfies, tal vez sea hora de reconocer que la mejor manera de viajar es perderse. El cerebro de David B. no es un mal sitio donde hacerlo.

Diario de Italia (Impedimenta, 2019) | David B. | 304 páginas | 25,90 euros | Traducción de Ane Zulaika Centeno

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