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Un largo silencio

LEONOR RUIZ | Lo que encierra ¿De quién es la culpa?, de Sofia Tolstaia, es, ante todo, una dura novela. Escrita en respuesta a Sonata a Kreutzer (1889), de su marido Lev Tolstói  —«A propósito de Sonata a Kreutzer de Lev Tolstói» es su subtítulo—, parece que la autora prefirió no publicarla en vida.

Vio la luz en Rusia en 1994, pasado más de un siglo. «El escaso interés que despertó entonces se debió a que en Rusia se vivía en ese momento con penalidades entre las humeantes ruinas de la extinta Unión Soviética», comentan Marta Rebón y Ferran Mateo en el epílogo.

¿Por qué tan larga espera? ¿A qué se temió tanto? ¿Pudo deberse, entre otras cosas, a escuchar la voz de una mujer que podía cambiar las cosas de sitio? Ella había defendido ante el zar la publicación de Sonata a Kreutzer pero, a continuación, quiso hacer constar, a través de la ficción, su punto de vista. El brillo de un genio intocable se exponía a quedar en entredicho. Parafraseando a Stefan Bollmann (hombre él), las mujeres que escriben —que leen, que piensan— son peligrosas.

¿De quién es la culpa? narra en apenas ciento cincuenta páginas la vida de una pareja. Entre la primera y segunda parte (del encuentro al desenlace) transcurren algo más de diez años.  Escasas palabras bastan para llegar a lo hondo. No hay un solo diálogo largo, ni se requiere palabrería sinfín para retratar a los personajes o llegar adonde se desea: ya se vivió y reflexionó largamente sobre ello.

Sofia había recibido una educación humanista que traslada a Anna, el personaje principal, «sensible a la belleza en todas sus manifestaciones» y amante del estímulo intelectual. Aparece, como argumento, la defensa del amor más allá del deseo erótico; de una unión profunda que fundamente la atracción física. La idealización y el respeto mutuo quebrantarían tanto la brutalidad de las costumbres matrimoniales como sus injustos moldes sexuales, esa doble moral creadora de monstruos.

La realidad —que lleva su propio rumbo—, choca con sus ideales y los destruye, agrandando el sufrimiento. «El príncipe [su marido] no se interesaba en absoluto en su arte, y esa indiferencia la afligía profundamente». El matrimonio aleja a Anna de su entorno y la somete a la satisfacción del instinto carnal de un egoísta.

Atrapada en medio de desprecios y tareas domésticas («¡Qué mujer tan extraña y difícil de entender! Y qué fea se está poniendo, uno de los dientes se le ha comenzado a amarillear por un lado», gruñe el marido), Anna se va apagando. «¿Dónde está mi vida? ¿Dónde está mi yo? ¿Ese auténtico yo que una vez aspiró a elevarse? Rendida, exhausta, sucumbo».

Me alegra que la página de Wikipedia en español presente a Sofia como «escritora, copista y fotógrafa rusa» antes que como esposa de Tolstói. Y que añada: «madre de sus trece hijos y copiadora de su obra». No ocurre igual en la versión inglesa, donde la reducen a «diarista y esposa», ni tampoco en la neerlandesa o alemana («escritora y casada con Tolstói»), ni en la italiana («condesa rusa y mujer de Tolstói, a quien le dio trece hijos»), francesa («condesa, esposa de Tolstói, autora de Memorias») o portuguesa («esposa del escritor ruso Tolstói»). Ojalá futuras actualizaciones de estas páginas invaliden mis citas.

En Moscú, Anna demuestra —a gran precio— el alcance de su inteligencia. Allí la escuchamos hablar en público durante una fiesta. Cita a Séneca en francés: «Las facultades más fuertes de todo hombre son aquellas que ha ejercido». Un resumen de los roles a los que con fiereza empuja —y condena— la vida conyugal.

Varios son los paralelismos con las novelas Effi Briest (1894-95), de Theodor Fontane,y El despertar (1899), de Kate Chopin (siempre hay un despertar). Conmueve comprobar que los tres textos se escribieron en la misma época con escasos años de diferencia. Y aunque ¿De quién fue la culpa? no recorta el dolor ni suaviza la crueldad del marido, en ningún caso abandona la autora su actitud benevolente, siendo prueba de ello el propio título, que pudiendo haber sido tajante y acusatorio, se queda en pregunta.

«Toda mujer ama de verdad solo una vez», dice Anna. «La repetición de ese sentimiento florece siempre sobre el anterior, es la reanudación de un viejo ideal». Van transformándose los ánimos, surgen las dudas, los remordimientos. Como si lo natural fuera siempre ser Eva, culpable y pecadora.

El samovar, la naturaleza, la blancura de la nieve, los trineos y troikas recorriendo el campo ruso en sus infinitas verstas. Ese alma indomable, excesiva, llena de ímpetu y matices. Ese país embebido en su paisaje, traspasado por su intensidad.

El apellido original de Sofia era Behrs. Tal vez toda mujer debería deshacerse de sus apellidos. Padre, madre, marido. Todos fuera. Probar a existir, ante todo, en y desde sí misma.

La muerte ronda la historia, el corazón va perdiendo su fuelle. Un final atroz, como el de Sonata a Kreutzer. «…la había matado […] mucho antes, porque no había sabido conocerla…».

¿De quién es la culpa? (Xórdica, 2019) |Sofia Tolstaia | Traducción de Marta Rebón | Epílogo de Ferran Mateo y Marta Rebón | 176 páginas | 16,10 euros.

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