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Un mundo que muere

Portada-Toller-FrontalCAROLINA LEÓN | Es imposible recorrer las doscientas páginas de este relato de iniciación, ambientado entre 1893 y 1923, sin especular sobre los parecidos que mantiene la época que narra con el presente. El relato de Ernst Toller, autobiografía de juventud, se detiene en el año en que Hitler da un golpe de estado desde una cervecería de Munich. Poco después, el narrador era liberado tras cinco años de presidio por haber participado en la República de Consejos de Baviera y el enano austriaco iniciaría su carrera con armas democráticas hacia la destrucción de una idea, de un mundo, por el que Toller y otras decenas de miles habían luchado.

Mientras se evaporaba para él la idea de una Alemania sin razas que trascendiera la desigualdad sobre la lucha de clases, en nuestro presente se levantan muros y vallas a golpe de esputo desde la “America First”. En nuestro presente, en fin, la idea de Europa misma como garante de libertades conquistadas está en franca crisis.

Pero no es eso lo que venía a contar, por más que sea un buen momento para sumergirse en los muchos buenos libros que describen aquel (otro) cambio de siglo, aquel desequilibrio de poderes de los imperios coloniales en descomposición y aquel momento de irrupción del ideario socialista entre las masas empobrecidas y esquilmadas por la guerra. Todo lo que se pueda aprender de ese pasado reciente es poco para alumbrar la desazón del presente. Del libro de Toller emerge conocimiento de algo de eso, pero es otro su valor. El alemán, judío, se propone unas memorias tempranas (se quitó la vida con cuarenta y cinco años) y revisa momento a momento su vida, desde su infancia en Samotschin en el seno de una familia de pequeña burguesía. No comienza con aliento histórico, sino con espíritu de cronista. Frasea breve, describe con puntadas sensoriales y el tiempo presente permite la ilusión de narración cinematográfica. Esa infancia, aunque cambia pronto de tercio, ya apunta el camino: Toller, a la vez protagonista y objeto, se instala en el medio del tiempo que le toca vivir y se mira a sí mismo sin compasión ni indulgencia. Es un niño gamberro al mismo tiempo que es un estudiante indócil. Se impone un extrañamiento en la mirada que es el que hace que el relato  mezca y seduzca al lector: luego ese protagonista va sumando años, va a la Universidad, es tentado por la bohemia y la canallada, se alista automáticamente para el frente, pierde todo interés en la guerra y emerge su pacifismo, más tarde alinea a jóvenes inconformistas en una liga por la paz, y algo después va de cenáculos intelectuales tratando de entender el mundo que lo rodea. «En estos tiempos, cuyo sentido muchos ya no son capaces de aprehender, las voces competentes tienen que discutir entre ellas sobre el significado y el cometido de este tiempo».

En 1918, con veinticinco años, ya ha pasado por la cárcel y el manicomio, ha elaborado proclamas, ha acompañado a las masas a reclamar la liberación de huelguistas, ha tomado portavocías y participado en comités, la revolución alemana se lo lleva a Munich y toda la narración se agita y acelera (ese breve periodo de la República de Consejos es, con mucho, el que más extensión toma del libro).

Y, aunque su “sensibilidad social” aparece desde muy pronto, cuando observa una muerte injusta y la denuncia al periódico siendo un chaval, el valor que fluye de cada una de sus páginas y episodios es el de no ofrecer propaganda, sino escribir la vida. Es la cualidad de escritor la que pone los árboles destrozados por las bombas para ilustrar la guerra, la que produce humor involuntario narrando el caos de corrientes políticas condenadas a entenderse, la que desflora el tiempo en prisión desde anécdotas, conversaciones al azar, personajes pintorescos que nunca están caracterizados como «buenos» o «malos». Es la cualidad de escritor, así como de testigo de una época, la que consigue transmitir la arbitrariedad de decisiones propias o ajenas y la que le presta relatividad a su propio posicionamiento, cuando muchos van evidenciando que prefieren el poder al reparto de derechos entre el pueblo.

Es esa cualidad de crónica de una vida la que induce a la lectura veloz, trepidante, esa escritura la que jalona el relato de estampas de otras vidas, de claroscuros y matices, de perspectivas dichosas como las que traen las golondrinas a la celda o de recalcitrante crueldad en la represión contra los revolucionarios.

Pero Toller no era inmune. En él la palabra «intelectual» no tiene los tintes de desafección que podría contener hoy. Era un escritor –que en cinco años de cárcel completa varias obras de teatro que, simultáneamente, le estrenan en Berlín– y era un hombre de acción, que abrazó su responsabilidad «histórica» y se procuró la formación en ideario suficiente para bajarse al barro junto a los obreros, los huelguistas y los maltratados por la guerra, con toda su intelectualidad. Es un hombre de pensamiento al mismo tiempo que un actor fundamental, capaz de enjuiciarse (a sí mismo y a su época) por las consecuencias imprevistas de la acción. Pasan casi diez años desde el cierre de su relato («No estoy cansado») hasta el prólogo del mismo autor que acompaña la edición («Panorama de 1933») y es, como puerta de entrada al texto, una puerta estrecha, de amargura, de pavor, de incomprensión ante el ascenso nazi, de denuncia de la complicidad con el crimen que señala a todos, de llamamiento a la juventud: es una puerta de entrada sin aliento, que conviene revisar una vez que se ha completado la lectura.

Hacía casi treinta años que este libro se encontraba fuera de circulación en español y, si es oportuno o no, quizá valga contar que Contraescritura lo recupera en una nueva traducción, con una introducción de contexto histórico y aparato de notas para situar la lectura, pero en pocas semanas Pepitas de Calabaza retoma la traducción anterior. Larga vida, pues, a Ernst Toller.

Una juventud en Alemania (Contraescritura, 2016), de Ernst Toller | 270 páginas | 22 € | Traducción de Núria Molines Galarza

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