4

Un paraíso a la vuelta de la esquina

VOCES DE LA VERA

MANUEL MACHUCA| La primera duda que tuve al escribir esta reseña es si etiquetar como novela o no al libro que sobre la historia de Doñana ha escrito el profesor almonteño Juan Villa, ilustrado de forma magnífica por Daniel Bilbao, profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Sevilla. Yo, que detesto las etiquetas, las clasificaciones y todo lo que las convierta en arquetipos prejuiciosos que conduzcan a discusiones estériles, me encontré con la primera en la frente a la hora de hablar de una obra que relata a través de sus personajes la historia de un espacio, Doñana, tan próximo y tan desconocido a la vez.

Se cumplen ahora cincuenta años de su creación como parque nacional, gracias a una curiosa alianza que convenció a Franco, entre señoritos que pretendían mantener sus privilegios para que Doñana continuara siendo un envidiable coto de caza, y los emergentes ecologistas, que luchaban por detener el acoso a este vergel que perpetraban los arroceros y el eucalipto por un lado, y por otro el de una de las plagas más demoledoras de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días: el turismo, que acababa de crear esa megaurbanización denominada Matalascañas.

Todos tenemos más o menos conocimiento de la importancia de un espacio natural como es el Parque Doñana, del que dicen los expertos que es la mayor reserva ecológica de Europa, declarado hace veinticinco años como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo, poco sabemos de la historia de sus habitantes, de la vida, podríamos decir, casi alejada de la Historia que mantuvo durante siglos la población tradicional, la que aún o había mordido la manzana de ese Paraíso, la que generación tras generación mantenía ese equilibrio ecológico respetuoso con un entorno que ha dado la vida a todas las especies animales, incluidos los homínidos que convivieron en perfecta armonía entre ellos. Esta es la historia que nos cuenta Juan Villa, la de unos indígenas, porque lo son, o lo eran al menos, que hicieron posible la conservación de esta maravilla de la naturaleza y que hoy vive amenazada más que nunca por causa del cambio climático, las extracciones ilegales de agua para el cultivo de las fresas y, en definitiva, por todas las variantes de la maldad humana.

Juan Villa habla de Doñana desde La Vera, el alma de Doñana, a través de personajes reales a los que conoció, de los que apenas quedan algunos, para luchar contra el olvido de la Historia, esa ciencia tan voluble y caprichosa. Dice este profesor de Almonte:

“La palabra termina por ser el único instrumento medianamente fiable de que disponemos para burlar el olvido, o como mínimo retrasarlo, porque no es posible el recuerdo divorciado de la palabra.”

El autor rescata personajes de un territorio hoy vacío, habitantes imprescindibles de un espacio que gracias también a ellos hicieron de este extremo marginal de la Península Ibérica un lugar hoy todavía digno y reconocible. Eran unos hombres, Manuel Montero, Pepe Menegildo, el Tío Cardales, Nemesio el Pajarero, respetuosos con la naturaleza, donde la línea recta no existe. Dice también el autor en el prólogo:

“Cada recodo del camino es una muestra del viejo respeto por la naturaleza, un patrón de armonía. La curva no es más que la constatación del acomodo al medio, del plegarse al accidente. El hombre adaptado a la naturaleza genera en ella líneas curvas; solo las genera rectas el que la avasalla. Curvarse es doblegarse”.

Echo en falta en el libro el dibujo más acusado de los personajes femeninos, relegados a un papel secundario que sabemos que no lo han tenido nunca en un entorno tan armónico con la naturaleza. Me hubiera gustado que el autor le hubiera dado la importancia que sin duda tuvo a la mujer, y de hecho se adivina en los pasajes en los que aparecen.

Pero, más allá de la importancia de los personajes, masculinos y femeninos, está el que para mí es el personaje principal: la naturaleza, Doñana, la auténtica protagonista. Una protagonista plena, que fascina, que embriaga, pero que también es cruel y despiadada con sus hijos, como los dos cervatillos jóvenes que acaban pereciendo lentamente entre las arenas movedizas sin que nadie pueda salvarlos. Resulta imposible disociar el espacio natural de los personajes, porque es el especio un personaje fundamental y son ellos parte inherente de la naturaleza. Si este libro merece la pena, aun sin mujeres, hubiera sido imposible sin la fuerza de Doñana en la trama.

Resulta oportuno, en mi opinión, leer Voces de La Vera. No solo para continuar concienciándonos acerca de los peligros del cambio climático, de la depredación extrema de la naturaleza debida a nuestra forma de vida; ni siquiera para alertarnos de que Doñana está en peligro. Creo que adentrarnos en su lectura nos puede, nos debería, servir para reconocer que hubo un tiempo, no tan lejano, y un lugar, también cercano, en los que el ser humano supo formar parte de la naturaleza y la respetó. No estaría de más que quisiéramos desandar el camino recorrido y así recuperar de nuevo la senda correcta. La historia de Manuel Montero y sus vecinos nos será de gran ayuda.

Voces de La Vera (Editorial Comba, 2018) | Juan Villa| 328 páginas| 17,50 €| Ilustraciones de Daniel Bilbao

 

admin

4 Comments

  1. Muchas gracias por tu reseña, Manuel. Muy acertada. A ver si tenemos ocasión de hablar de la novela, o lo que sea. Saludos. Juan Villa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *