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… Un pelín patriótico… Un pelín Niels Bohr

Cuaderno_CubiertaEl cuaderno perdido

Evan Dara

Pálido Fuego, 2015

ISBN: 978-84-943655-1-5

510 páginas

26,90 €

Traducción de José Luis Amores

Prólogo de Stephen J. Burn

 

 

Rebeca García Nieto

No te preguntes lo que tu narrativa puede hacer por ti,
pregúntate qué puedes hacer tú por tu narrativa.
—Sí… un pelín patriótico…

—Además de un pelín Niels Bohr.

Hace poco, a propósito de un libro de Tzvetan Todorov, Verónica Nieto Foco planteaba la idea de considerar el texto como un territorio extraño al que el lector se aproxima como un viajero. En función de la manera en que el viajero se adentra en un texto, habría, para Todorov, varios tipos de lectores. Bien, pues desde ya digo que no me había encontrado tan perdida ante un libro como ante este Cuaderno. Vamos, que admito sin ningún pudor que ante la ‘opera prima’ de Evan Dara, soy una lectora desnortada (tipo de lector que, por otra parte, Todorov olvidó mencionar). También tengo que decir que hacía mucho tiempo (tal vez desde Jota Erre, de William Gaddis, o El plantador de tabaco, de John Barth) no disfrutaba tanto con un libro. Y el caso es que no sé muy bien por qué (ni falta que hace).

Lo que he sentido al leer El cuaderno perdido lo sabe muy bien Dara: “Lo sé, dijo una voz que venía desde la oscuridad: es como meterse en la polución nocturna de Max Planck”. Sí, Niels Bohr, Max Planck… Como en V, de Thomas Pynchon, el Cuaderno está bien surtido de referencias científicas. De hecho, además de haber sido catalogada como “thriller ecológico”, El cuaderno perdido se podría considerar, entre otras muchas cosas, “una película animada de ciencia” con “Silvestre como el gato de Schrödinger”.

El cuaderno perdido empieza proponiendo una nueva definición de Hombre y una nueva forma de relacionarse con el mundo a partir de una reflexión sobre El mundo de Cristina (el  famoso cuadro de Andrew Wyeth en que una pobre chica, enferma de polio, se medio arrastra por el campo para intentar llegar -se supone- a la casa situada en el fondo). Después un muchacho emprende una investigación empírica sobre su propia invisibilidad (“nuevas tendencias en invisibilidad contemporánea”) y luego otra voz ‘rolls over’ Beethoven y su obsesión por las infinitas variantes: “por qué Beethoven, heroico conquistador de nuevo territorio musical, mostraba de repente semejante involución radical (…) por qué se enamoraría de esa forma de reciclaje, de contar la misma historia una y otra vez” para, más adelante, ser relevada por otra voz que advierte al lector: “Podría continuarlo indefinidamente, introducirlo en nuevas e inexploradas combinaciones de instrumentos (…) todavía podría seguir adelante”.

Hablo de voces en lugar de personajes porque el libro de Dara está escrito para ser escuchado: “Ustedes, escuchen, ¿quieren?”. Al lector de El cuaderno le sucede como a uno de los “personajes” del libro que se adentra en un bosque y sintoniza una extraña emisora a través del walkman. Esa radio pirata le (nos) permite escuchar una frecuencia que habitualmente no escuchamos, una frecuencia que emite mensajes del tipo: “la publicidad (…) se ha descubierto que es altamente cancerígena (…) que se metastatiza en una forma atípica de cáncer del sentido de dignidad”. Por otra parte, es voluntad de Dara que los personajes estén completamente desdibujados, que sean “consciencias pantanosas”, poco más que un borrón: “cada personaje es su propio test de Rorschach”.

De todas las voces que El cuaderno perdido nos permite sintonizar, me ha interesado especialmente la de Robin, creo que se llama (digo creo porque en este libro no siempre es sencillo saber quién habla). Esa voz transmite algunas de las ideas de Noam Chomsky, reputado lingüista conocido por sus críticas al capitalismo, la política exterior de Estados Unidos e Israel. Robin se da cuenta de que no tenemos palabras propias, de que el lenguaje nos ha sido impuesto, de manera que “Las palabras de otros han determinado incluso el contenido de mi sufrimiento” (es decir, que el lenguaje hace que yo sea otro). Este tipo de reflexiones más “sesudas” cohabitan con otras sobre las revistas Vanity Fair o Vogue, el arte contemporáneo, la situación política estadounidense o las tendencias autodestructivas del Coyote.

En cierto modo, El cuaderno perdido es una especie de estudio antropológico de la América contemporánea. El cuaderno de campo de este “estudio” está fragmentado (en consonancia, con estos tiempos un pelín Niels Bohr) y parece remontarse varias generaciones. En varios puntos del libro se alude al cuaderno de campo del abuelo irlandés, un “viejales sensacional” que “vino a los Estados Unidos para ayudar a montar una especie de comunidad experimental, progresiva (…) en alguna parte del Medio Oeste”. Esta comunidad utópica del abuelo podría ser Isaura, ciudad ficticia del estado de Missouri donde transcurre el libro. La Ozark Corporation da trabajo a buen número de los habitantes de Isaura y tendrá un papel determinante en el apoteósico (“lorquiano”, se ha dicho) final del libro.

Es cierto que al leer los diálogos entrecortados me ha venido a la cabeza Gaddis, pero la experiencia lectora que propone El cuaderno perdido es aún más radical (en este sentido, es admirable la labor de José Luis Amores por atreverse a traducir y publicar este libro). En algunos aspectos me ha recordado al Ulises, de James Joyce. Al igual que Dara, el irlandés tenía muy buen oído y era capaz de imitar entonaciones y acentos de personas que había escuchado años antes. El cuaderno perdido puede leerse -o más bien, escucharse- como una divertidísima, e inteligente, comedia radiofónica de las que se hacían antes de que “el vídeo matase a la estrella de la radio”. Ustedes, escuchen, ¿quieren?: es el mejor consejo que podría darles. Es espectacular.

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