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Un tábano

RAFAEL CASTAÑO | Si pusiéramos en fila todos los libros escritos por Rafael Argullol, tal vez no llegáramos a la luna, pero sí a la conclusión de que el catalán es uno de los autores fetiche de Acantilado, nuestra querida editorial, tan solemne y elegante, que tantos y tan buenos regalos nos ha dado a los lectores. Sabemos también que, muy probablemente, el 20% de su catálogo lo acaparan Argullol y un autor algo parecido a él en sensibilidad: Stefan Zweig.

Acudí a este libro bajo el paraguas que, como hongo atómico, Estado Crítico ha decidido asignar a este julio tan candente: el fin del mundo. Su autor, con esa prosa tan propia de él, cadenciosa y profunda, dedica las páginas de este opúsculo a repasar, en 71 estampas o apuntes, el camino que une al Prometeo de Esquilo y el Apocalipsis de San Juan de Patmos con la bomba atómica y la búsqueda del sentido de la vida y la muerte en nuestra exploración del cosmos.

El recorrido es interesantísimo. El libro está algo inflado porque, como las bolsas de patatas fritas, hay más aire que comida, por así decirlo. Habría agradecido, por darle el gusto a mi vista, una fuente algo menor para poder, donde fuera posible, reducir a una página los muchos capitulitos de párrafo viudo, solísimo a la vuelta de la hoja. Caprichos que tiene uno.

No importan estos caprichos en el fondo porque, como decía en un principio, queda absolutamente justificada la decisión de dividir la obra en muchas paradas, como si el autor nos abriera las tapas de su museo e invitara a contemplar a su lector los cuadros, siempre sencillos, que en conjunto se elevan para hablar de temas como la muerte, la redención o el arte como simulacro.

Este último es, quizás, el leitmotiv del libro. ¿Por qué creamos el arte y las ficciones? ¿Y por qué nos hemos inventado diversos fines del mundo? Quizás porque intuimos, desde el principio, que asomados a nuestro insondable ser no tenemos más opciones que comprometernos con la vida o, agotados y triunfales, optar por nuestra muerte y la aniquilación de todo lo que conocemos. Entre la voz del Prometeo que, para tratar de salvarnos, nos ofrece “ciegas esperanzas”, y la destrucción del Apocalipsis, contada como relato de suspense y terror, Argullol encaja el mito de Ío, castigada con ser vaca, un animal consciente pero impotente, castigado por un tábano que la va picando y picando. Ese tábano, nos dice el autor, es nuestra consciencia. En el final, que vuelve a Ío tras dejarla atrás en el primer capítulo, se nos sugerirá que tal vez ese tábano no sea necesario o no exista.

Lo sea o no lo sea, de las dos grandes representaciones de nuestra relación ante la divinidad y la muerte de todo –el desafío de Prometeo y la renuncia y delectación insana del Apocalipsis– parte un río al que tributan sus aguas la historia de los Faustos –no sólo el de Goethe, sino también el de Marlowe–, tan unidos a sus Mefistófeles que son dos caras de la misma moneda; la obra de arte total de Wagner, con su promesa o petición del buen bárbaro que desafíe a un Dios moribundo, si no muerto ya; el espectáculo cinematográfico de Hitler, el gran simulador, que entendió junto a Speer que sólo en las ruinas y en el tiempo sin tiempo de la imagen fílmica se encuentra la eternidad, llevando de paso a su pueblo a la perdición; y la gran Imagen, escrita con mayúscula por Argullol, del hongo nuclear, el hijo de Oppenheimer, quien al verlo citó, consternado, la Bhagavad-gita: “Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.

En un escenario en el que, desde el principio, Argullol afirma que los dioses y todas las simulaciones en que humanos y dioses se interpelan fueron creadas por los humanos, se adivinan vislumbres de agnosticismo. No obstante, quizás la mayor presencia de lo divino se ve en el último tramo, en el que superadas todas las limitaciones del espacio y el tiempo, el ser humano logra, finalmente, imponer la sombra de la destrucción sobre todo el planeta con la bomba atómica.

Queda al final algo de futuro, como decíamos. Queda el universo, el que es, quizás, el verdadero inicio de la aventura humana, “la puerta de las estrellas”, como escribe Argullol. Quizás el fin del mundo no es tan grave. Quizás no pertenecemos sino al misterio de lo desconocido. O quizás sí: a fin de cuentas, es lo que tenemos. Siente uno una verdadera nostalgia al leer ese tramo final en el que viajamos sin saber qué islas ni refugios encontraremos, con la esperanza de un sentido hurtado desde que vimos por primera vez, reflejado en el fondo de un pozo, nuestro rostro. Y siente uno también el poder e importancia de los estudios clásicos, de los que Argullol, con una formación envidiable en filosofía, arte, política o economía, ofrece aquí un magistral ejemplo de concisión y riqueza.

El fin del mundo como obra de arte (Acantilado, 2007) |Rafael Argullol | 160 páginas | 7 €

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