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Una mañana los bárbaros estaban ahí

Barbaros¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros? Quizá ellos fueran una solución después de todo.” Esperando a los bárbaros, Kavafis

REBECA GARCÍA NIETO | Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzee, que toma el título del poema de Kavafis, es, como El mar de las Sirtes, de Julien Gracq, o El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, una novela de la espera. En la novela que nos ocupa, a Jacques Abeille se le agota la paciencia y pone fin a esta literaria espera con un escueto “una mañana los bárbaros estaban ahí”.

¿Y cómo eran esos bárbaros que llevábamos todos tanto tiempo esperando? Pues, en cierto modo, indistinguibles de los civilizados. Abeille, agudísimo observador del ser humano, señala una curiosa reacción del pueblo sometido: “en lo más secreto de nuestros corazones corría un mudo, irreprimible y casi obsceno júbilo al ver derribadas las normas seculares de una civilización. Lo que advenía, cada uno de algún modo lo había deseado sin saberlo, y se embriagaba con el relente capitoso de la ruina y la traición. Era como conectar de nuevo con una infancia saqueadora y cruel, frustrada por el rigor antiguo de nuestros padres”.

En Los bárbaros nos encontramos en el “reverso de nuestra leyenda”, en el revés tenebroso del universo narrado en Los jardines estatuarios (primera entrega de esta saga –Le cycle des contrées). Al igual que en Los jardines, aquí también se rinde culto a la belleza, sólo que a una belleza distinta, más propia de la barbarie. Se podría decir que en Los bárbaros se sigue la estética de la destrucción. De las ruinas, dice el narrador, “emanaba la revelación de una belleza e incluso de una grandeza que, erguidas en su rectitud altanera, las piedras no habían podido exhibir hasta entonces”.

Esta vez el narrador es el traductor del libro del viajero que protagonizaba Los jardines estatuarios. El príncipe de las hordas bárbaras, que aparecía ya en el anterior libro, le pide ayuda para encontrar al viajero y completar el libro. El personaje del príncipe, ahora avejentado y loco, es uno de los más interesantes del libro. En algunos pasajes me ha recordado al príncipe Saurau de Trastorno, de Thomas Bernhard. Las reflexiones de Abeille sobre la locura son dignas del mejor psicólogo: el príncipe era “un espíritu invadido por la apertura del mundo”, llevaba en sí una herida “que lo alimentaba tanto como lo consumía”. Además, en las estepas no excluyen la locura del saber, que diría Foucault: “No tenemos miedo a lo que puedan decir hombres semejantes; al contrario, los escuchamos, estamos atentos a las revelaciones que puedan aportarnos (…)”. Y si estamos atentos, entre las muchas revelaciones del príncipe, encontraremos auténticas perlas: “Las víctimas estáis muy lejos de confesar finalmente que sois vosotros mismos quienes llamasteis a los bárbaros”.

El narrador, el príncipe enajenado y algunos personajes nuevos, como Félix o el enigmático Uen`Ord, emprenden su travesía en busca del viajero por el paisaje desolado que anteriormente ocupaban los bellos jardines estatuarios. Por alguna razón, este paisaje hace juego con el interior devastado del príncipe: “el deslizamiento vertiginoso en lo indistinto me hizo percibir, de pronto, de qué crueles nubarrones estaba tejido el loco pensamiento del príncipe”. La naturaleza se ha rendido también a la estética de la desolación: los ríos han dejado de fluir, los jardines ya no florecen. De hecho, parece un espejo de los seres humanos que la habitan: si el hombre -mitad Eros, mitad Tánatos- siempre está en guerra consigo mismo, en la tierra que pisa se libra una gran guerra entre los árboles y la piedra.

Y poblando estos lugares inhóspitos, gentes cuyos usos y costumbres son descritas por Abeille como un perspicaz antropólogo. Así, conoceremos sociedades donde no existen los celos ni los cornudos, los burdeles se llaman “casas de tolerancia”, algunas niñas se comportan como prostitutas o los niños tienen “una doble de la madre, su doble libre”, a través de la cual aprenden a amar.

Además de ser una fábula filosófica, como ha dicho Eugenio Fuentes, Los bárbaros es una reflexión sobre las raíces del arte. Si en Los jardines todo eran bellas estatuas, aquí éstas toman formas “que venían a colmar los deseos ignorados del visitante, ofreciéndole imágenes insospechadas”. Una de las raíces del arte, parece decir este libro, es la barbarie. Así se llama precisamente el siguiente libro de la saga, un libro que esperamos desde ya. La escritura de Abeille, clásica, barroca si se quiere, me ha recordado a la de Ernst Jünger en Sobre los acantilados de mármol. En esta novela el Guardabosque es también un enamorado de lo decrépito: “Sólo le venía alegría con el crecimiento del musgo y la hiedra en las ruinas de los edificios”. Pero al margen de algunas semejanzas con Jünger o Gracq, lo cierto es que Jacques Abeille ha creado en este Ciclo de los países un universo narrativo personalísimo, un universo del que, una vez se está dentro, no se quiere volver a salir.

Los bárbaros (Sexto Piso, 2015), de Jacques Abeille | 560 páginas | 25 € | Traducción de Lluís Maria Todó

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