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Una novela mayúscula

Cuando Lázaro anduvo

Fernando Royuela

Alfaguara, 2012. Colección «Hispánica»

ISBN: 9788420412733

400 páginas

18,50 € 

Daniel Ruiz García

Lo diré desde el principio, para ahorrarles la lectura a todos aquellos que no gustan del apasionamiento y la falta de mesura en la crítica literaria: Fernando Royuela ha escrito una novela mayúscula. Diría que la mejor de las suyas, lo que es decir mucho viniendo de un escritor que con apenas media docena de obras ha logrado forjar una personalidad creativa deslumbrante, diferente, personalísima, con novelas que engrosan lo mejor de la literatura en castellano de las últimas décadas, entre las que yo destacaría La mala muerte y, sin dudarlo, la que traemos a esta reseña, Cuando Lázaro anduvo.

Royuela pertenece a la tradición de los autores familiarizados con lo grotesco, el feísmo, la mala leche y el esperpento, en el que Valle-Inclán ofició como bautista pero que en realidad es casi tan antiguo como nuestras letras. Está en los pasajes más rijosos de El libro del Buen amor, también en La Celestina; está en el Lazarillo de Tormes, y está por todas partes en Quevedo. Su raíz es barroca, porque es ahí, en el lenguaje y en las posibilidades expresivas del castellano, donde adquiere toda su potencia. Aunque no es exclusivo del lenguaje: en los retratos más tenebrosos de Goya se le respira con claridad, y está también sentado a la mesa de la Viridiana de Buñuel.  Lo feo, lo macabro, lo deforme, pero también lo miserable, lo absurdo, lo deprimente, lo ridículo. Todo ese festival de reflejos del Callejón del Gato y que tiene en nuestras letras actuales a un descriptor de excepción. Nadie como Fernando Royuela sabe moldear figuras con ese barro, y en Cuando Lázaro anduvo el resultado es un edificio rígido, contundente, auténtico y en cierto modo doloroso como un sopapo.

Porque ese es otro prodigio de la literatura de Royuela: su solidez estructural, donde uno siente, como en un edificio de Gaudí, que toda la expresividad estilística, todas las ondulaciones y sinuosidades de la fachada, todas las sugerencias de recorridos y juegos, actúan como revestimiento de un esqueleto rotundo, que mira hacia el cielo asumiendo su misión de ocupar un espacio. En todas las historias de Fernando Royuela tenemos la certeza de que hay música, pero que esa música no está deslavazada, no suena inconexa, sino que tiene una intención de conjunto.

Cuando Lázaro anduvo es una tremenda opereta, una gamberrada mayúscula, que se lee con un rictus a la deriva entre la carcajada y la sensación de gravedad, de considerarse abrumado por tanta concatenación de verdades como puños que Royuela administra a la manera de escupitajos. Sobre un punto de partida absurdo que recuerda un poco a Pirandello, la resurrección de un tal Lázaro, la novela pone en pie toda una sátira de alcance colosal en torno a este pordiosero mundo que nos toca padecer. En este sentido, no he leído ninguna novela hasta la fecha que aborde de manera tan lúcida y certera el drama de la crisis que nos atenaza a todos y que nos convierte, cada vez más, en ‘broilers’, pollos de granja sin más fin que engordar al sistema.

Royuela reparte estopa a diestra y siniestra. Se ríe de políticos, de la sociedad de consumo, de la televisión-espectáculo, de la iglesia, incluso de las redes sociales y sus dinámicas vacuas y demenciales; se ríe de las entidades financieras, de los ‘coach’ que pululan por las plantas nobles de las grandes empresas repartiendo doctrina, de los gurús de la mercadotecnia; se ríe de todo lo que le sale al paso, pero siempre es una risa cínica y procaz, con la que resulta muy difícil no conectar. Ese esa risa procaz la que construye su voz narrativa, la que cimienta su mirada como escritor y lo convierte, pienso, en un creador único, insólito en nuestras letras.

Cuando Lázaro anduvo es una novela muy actual. Porque desarrolla una interpretación muy peculiar (y a mi juicio, muy bien enfocada) de lo que conforma la realidad en la que nos desenvolvemos. Casi todos los capítulos, además, están introducidos por alusiones a hechos que, aunque reales, no dejan de resultarnos sorprendentes, por su carga de absurdidad: desde el descubrimiento del pollo Mike, que al parecer vivió durante 18 meses con la cabeza cortada, hasta un chef de Nueva York que elaboró el primer queso hecho con leche de las tetas de su mujer. Y entre medias, dramas no por graves menos ridículos como atentados terroristas en Pakistán, la miseria humana de Puerto Príncipe tras el desastre natural de Haití o la negativa del presidente libio de la ONU a la despenalización de la homosexualidad. Hechos reales pero que, al cabo, resultan casi más fantásticos e increíbles, vistos objetivamente, que la resurrección de un tal Lázaro, el desencadenante de la novela, y el responsable de hacer sonar la música en esta descomunal opereta.

Si han conseguido llegar hasta aquí, a pesar del tono encendido y algo impropio de esta crítica, sólo puedo sugerirles que corran a su librería más cercana y compren este libro. No les va a arreglar la vida, eso es seguro, probablemente incluso incremente su nivel de cabreo con el mundo. Pero van a pasar unos buenos ratos impagables, y se van a llevar el gusto de haber leído un pedazo de novela. 

admin

Un comentario

  1. Hace poco que terminé «La mala muerte» por recomendación tuya y la verdad es que la prosa de Royuela me ha fascinado. Este lo leeré también, seguro.

    Por cierto, magnífica crítica.

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