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Vale más por lo que calla

190701 Estado Crítico

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Tengo un vecino que, a diferencia de los vecinos normales, no me roba los paquetes con libros que el cartero deja en el buzón cuando no estoy en casa, sino que, con cierta periodicidad, me suele dejar algunos él mismo. De todos ellos, no sé quién es, y no será porque no les tiro indirectas para descubrirlo cuando coincidimos en el ascensor… Si uno dice “Parece que va a llover”, yo le contesto “Sí, lluvia fina, como la novela de Luis Landero”. Si otro comenta el color plomizo del cielo, yo le abordo con un “Como publicó Poli Navarro, el cielo está López”. Ante un “Ya ha vuelto el frío”, mi respuesta es: “Ideal para que surjan espías”. Y frente al “Con este calor, ya apetece ir a la piscina, ¿no?” yo suelto un aséptico “Anoche bebí demasiado” deseando que John Cheever me ayude a delatar la cara culpable de mi vecino. Pero lo único que he conseguido es que todos, sin excepción, me miren con desconfianza y prefieran subir por las escaleras.

El último libro que he encontrado en el buzón se titula Estado crítico, lo firma un tal Alberto Madariaga (a quien he buscado en Google y sólo me aparece el director de Operaciones del grupo Eroski) y lo edita Cuadratura del Círculo de Lectores.

Ya en el prólogo, firmado por una tal Dolores Bañón (a quien he buscado en Google y sólo me aparece la directora de Operaciones del grupo Carrefour), se advierte de que nos encontramos ante una “colección de memorias y amnesias, una mezcla entre la autobiografía y la autoficción en pequeñas dosis”. Y cuando dice “pequeñas dosis” quiere decir relatos que no superan las cinco páginas cada uno. Tras una retahíla de lugares comunes y de generosa exaltación de la figura del autor (que hace sospechar de una relación más allá de lo estrictamente profesional), el prólogo se completa con una interminable colección de textos extraídos de forma descarada y sin citar del libro de poemas El olvido está lleno de memoria de Mario Benedetti.

Ya metidos en faena, y según avanza la lectura, descubrimos que el autor va recorriendo las presuntas etapas de su vida con todo lujo de detalles, comenzando por un originalísimo y tragicómico “Yo estaba en la barriga de mi madre el día que probó los jalapeños” hasta finalizar con el no menos sorprendente y esperpéntico “No me enterréis vivo, que os conozco”.

Entre ambos, luces y sombras, como en la vida de todo el mundo, supongo. Destacan por su sinceridad los referidos a su primera experiencia sexual (“En boca cerrada no entran lenguas”), el año y medio de voluntariado en la Cruz Roja (“La transfusión con sangre entra”) y el nacimiento de sus nietos, doce en total, todos en el mismo mes del mismo año (“Enfermeras y amigas”). En todos ellos desarrolla un ejercicio entre la ternura y la melancolía con acertadas pinceladas poéticas, sobre todo en el último capítulo mencionado, dedicadas no a sus nietos sino a las enfermeras. A lo largo del libro, conseguimos ver la evolución vital y la maduración personal del autor, reforzadas ambas con frases del tipo “Salí de la Universidad con ganas de comerme el mundo, pero no me daban mesa en ninguna parte, así que me hice vegetariano” o “A mis ochenta años, me siento como un niño: vuelvo a usar pañales”.

Por el contrario, en el reverso de la moneda, la lectura se vuelve farragosa al cargar el texto con un desmedido abuso de la adjetivación desproporcionada y grandilocuente a la hora de hablar de sus diferentes logros, tanto personales como profesionales, dando una imagen de auténtico y laureado triunfador cuando, leído el conjunto del libro, uno se da cuenta de que este sujeto debería estar encerrado en un correccional norteamericano desde que cumplió los dieciséis. Les recomiendo encarecidamente que, si le tienen cierto aprecio a sus estómagos, se salten los capítulos “Desnudo frente al espejo”, “En el gimnasio no tienen ni idea”, “Sujétame el gin-tonic” y “Ese nuevo Consejero Delegado me va a comer la…” Las expresiones soeces, los insultos a terceros y hasta a cuartos, las descalificaciones y malos rollos dentro del ámbito de su comunidad de vecinos y los tejemanejes con sus abogados para nombrar heredera única a una joven de profesión enfermera rayan el comportamiento animal y delictivo.

En otro tono, más allá de los relatos dedicados a hacer gala y ostentación de su memoria, merecen mucho la pena los que se refieren a sus amnesias, de los cuales destacan por su originalidad: “El día de mi graduación”, “Manuel, aquella chica”, “Mi noche de bodas”, “Una carta certificada de Hacienda” y “Pensaba devolverlo mañana mismo”. Se trata de cinco excelentes capítulos que comparten estructura narrativa: Título y cuatro folios en blanco.

Al haber sido publicado el libro en el año 2000, calculo que el autor de Estado Crítico ha tenido ya que superar su primer centenario de vida y que, más que probablemente, esté muerto. Si no es así, sólo espero que disfrute de la vida alejado del papel, del boli, de la pluma o del teclado (sea cual sea la herramienta que utilizó para escribir el libro) y que lo haga plácidamente en compañía de sus doce nietos o de la enfermera, que yo ahí ya no me meto…

Estado crítico (Cuadratura del Círculo de Lectores, 2000) | Alberto Madariaga | 235 páginas | 18€

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