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Vencedores y vencidos

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El canon abierto. Última poesía en español

Remedios Sánchez García

Visor, 2015. Colección «Visor de Poesía»

ISBN: 978-84-8995-908-6

498 páginas

14 €

Selección de poemas de Anthony L. Geist

 

 

Antonio Rivero Taravillo

Una de las mayores carencias de la literatura en español, lacra que afortunadamente no afecta a la capacidad creativa sino solo al general disfrute por los interesados, es la falta de circulación de libros, siquiera a través de una librería virtual, por los países que componen nuestra amplia comunidad lingüística. Esto por desgracia es así hasta el punto de que no es posible encontrar en librerías de otros países títulos publicados por las filiales nacionales de sellos editoriales pertenecientes a grandes grupos: Alfaguara o Seix Barral, pongo por caso. Lo que sale en Perú, allí se queda, lo mismo que lo que aparece en Venezuela. Es un problema que dificulta enormemente el conocimiento de lo nuevo; en particular en un género, la poesía, que tiende a las tiradas cortas y, aun en su país de origen, a una baja por no decir bajísima visibilidad.

No es por tanto fácil abordar la confección de una antología de poesía reciente en español. Concedido. Pero precisamente por esa dificultad merecía la pena hacer un esfuerzo que, en el caso de este libro, me temo que resulta insuficiente. Con independencia de la calidad de muchos de los poetas representados, El canon abierto es un libro malogrado, una antología que falla en su concepto por más que tenga en su haber la voluntad de incluir poetas no únicamente hispanoamericanos o españoles, por separado, sino a todos ellos en igualdad –me temo que solo teórica– de condiciones. Basándose en la idea de una antología consultada, aquí se ha pedido a dos centenares de profesores y críticos (algunos además poetas) que citen (voten) los que a su juicio son los poetas en español más importantes nacidos a partir de 1970. Esa era la única fecha que balizaba la muestra; luego, la responsable de la edición impuso el corte de 1985, con lo que se atiene al criterio orteguiano de que una generación abarca un periodo de quince años.

Un lector de poesía independiente y con criterio (lo que es decir algo maliciado) no puede sino temerse lo peor ante los prominentes sellos impresos, en la página de créditos, de la Universidad de Washington, la Asociación Colegial de Escritores ACE-A y de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios. Secretaria de la segunda, Remedios Sánchez García acaba de ser elegida vicepresidenta de la primera. Luego viene una lista de “universidades participantes” que sin duda se exhibe para dotar de respetabilidad al libro, pero que ya de partida se presenta con muy poco rigor con un gazpacho de nombres en español y en los idiomas originales correspondientes: Universidad de la Sorbona, University of Edimburgo, University of Ohio, Oregón University, Universidad De Rennes…

La Historia de la Literatura, con mayúsculas, o de cualquier cosa, la escriben siempre los vencedores. Y también hay vencedores y vencidos en poesía, que nadie se llame a engaño”, aclara Sánchez. Aquí queda de manifiesto cuáles son los vencedores: en general, los de una tendencia no tanto poética como de política poética y promoción, mil veces criticada por los damnificados a ciertos premios o simplemente por los ajenos a esas iniciativas y negocios. Las excepciones se convierten así en coartadas, me temo. En cuanto al linaje crítico que sustenta en gran parte la antología, ya en la segunda página de la introducción se cita a Juan Carlos Rodríguez y su indigesta prosa propia de la crítica marxista (eso sí que es una seudociencia y no la de los cristales curativos o los imanes milagreros). Es natural, porque desde su cátedra granadina Rodríguez ha influido en no pocos discípulos y compañeros, entre ellos Sánchez.

La impresión que recibe el que no acierte a saltársela es que la demasiado larga introducción está escrita más con las miras puestas en una de esas publicaciones “científicas” que sirven para engordar trienios y arañar puntos en la cada vez más burocratizada Universidad que para el placer del lector común, y no es la más indicada para una colección de poesía. Hay mucha fuente secundaria y poca lectura a fondo de las fuentes primarias (pido disculpas por el contagio aquí de la jerga académica). Y sobran los párrafos en torno a “las corrientes minoritarias” (mujeres, afroamericanos, etc.) porque en esta antología se atiende únicamente al voto. También resulta pintoresco que Sánchez cuestione a Harold Bloom y ataque a la “Escuela del Resentimiento” cuando ella misma, por razones de emulación y comercialidad, adopta el título, aunque “abierto”, de canon (como el catedrático de Yale, autor de El canon occidental). Fuera de lugar igualmente está el trazar un panorama de la poesía de los años cuarenta en España, o el juicio tan ampuloso como incierto de que “La Otra Sentimentalidad” fue el “movimiento que cambió el rumbo de la poesía contemporánea de manera rotunda”. ¡Tanto querer abarcar la poesía hispanoamericana para luego quedarse mirando el ombligo granadino! Tampoco tiene sentido inflar la introducción con información innecesaria sobre corrientes y figuras anteriores al otro lado del Atlántico. Lo de la llamada “Poesía ante la incertidumbre”, por otra parte, parece una operación editorial de endeble trascendencia, aquí sobredimensionada. Lo mismo sucede con la denominada Poética del Fragmento. Hay una pluralidad heterogénea, pero ahormar las distintas voces en esas falsillas es casi siempre artificial. En cuanto al detalle pintoresco de que un notario levante acta, como si de un concurso se tratara, del resultado de las votaciones… (no se dice sin embargo cuántos votos obtuvo cada uno, información importante ya que estamos ocupándonos de escrutinios). Pero no hay miedo, pues a la antóloga no le duelen prendas en afirmar: “Estamos, por tanto, ante un momento de polifonía singular y enriquecedora que va a ser difícil que vuelva a repetirse con similar calidad en fondo y forma”.

Esta es la lista de los cuarenta antologados (prescindo aquí de ordinales y dentro de cada nacionalidad los presento atendiendo a la edad de cada uno): Ana Merino (1971), Pablo García Casado (1972), Raquel Lanseros (1973), José Luis Rey (1973), Antonio Lucas (1975), Josep M. Rodríguez (1976), Daniel Rodríguez Moya (1976), Sergio Arlandis (1976), Yolanda Castaño (1977), Luis Bagué Quílez (1978), Erika Martínez (1979), Fernando Valverde (1980) y Elena Medel (1985), por España; Jorge Galán (1973) y Roxana Méndez (1979), por El Salvador; Julián Hérbert (1971), Luis Felipe Fabre (1974), Álvaro Solís (1974), Hernán Bravo Varela (1979), Mijail Lamas (1979) y  Alí Calderón (1982), por México; Carlos Aldazábal (1974) y Andrés Neuman (1977), por Argentina; Federico Díaz Granados (1974), Catalina González Restrepo (1976), Lucía Estrada (1980) y Andrea Cote (1981), por Colombia; Xavier Oquendo (1972) y Aleyda Quevedo (1972), por Ecuador; David Cruz (1982), por Costa Rica; Victoria Guerrero (1971), por Perú; Frank Báez (1978) por República Dominicana; Mario Meléndez (1971), Javier Bello (1972) y Héctor Hernández Montecinos (1979), por Chile; Luis Enrique Belmonte (1971), por Venezuela; Gabriel Chávez Casazola (1972), por Bolivia; Francisco Ruiz Udiel (1977), por Nicaragua; Javier Alvarado (1982), por Panamá; y Urayán Noel (1976), por Puerto Rico. Cuba, Uruguay, Paraguay y otras naciones carecen de representación.

Solo de humorada puede considerarse que Fernando Valverde –poeta estimable sin duda, pero no más que dos o tres docenas que podrían con fundamento disputarle el puesto– sea el más valorado, el poeta más relevante de su generación en todo el ámbito hispánico. Que lo hayan mencionado tantos “electores” se debe a cuestiones extraliterarias o a razones del mundo o mundillo literario: el apoyo recibido desde siempre por un muy influyente Luis García Montero y por la editorial del volumen, Visor, tan bien distribuida, más su papel de codirector con Daniel Rodríguez Moya del Festival Internacional de Poesía de Granada, que en los últimos años ha tendido apéndices muy activos en el continente americano. El último libro de Valverde (La insistencia del daño) fue asimismo el ganador del Premio Andaluz de la Crítica, jurado del que formó parte su paisana y amiga Sánchez. Cuando se anunció el fallo circuló un manifiesto en el que los firmantes mostraban su disgusto ante lo que calificaban de maniobra más que dudosa.

Por otra parte, la idea de ‘hit parade’ no parece la más adecuada a la poesía, entre otras cosas porque ya sabemos que los poetas populares en su tiempo suelen ser desbancados (ya que de ocupar puestos en los podios parece tratarse) por otros que el tiempo asienta en lugares de mayor prestigio. Y que el común denominador propende a penalizar las personalidades fuertes, innovadoras, con aristas y rasgos que no son del gusto de todos. Además, la ordenación no por áreas geográficas o edad, sino por puntos recibidos, como la tabla de la liga, hace que el lector sepa con la más rígida de las antelaciones que va a ir de más a menos (afortunadamente, algunos de los poetas más valiosos no fueron de los más votados y ocupan el furgón de cola, aunque no de la calidad, del volumen). Hay aquí, por otra parte, buenos poetas a los que haberse arrimado a ciertas sombras, contra lo que pueda pensarse y lo que puedan creer ellos mismos, tal vez les perjudique en vez de beneficiarles.

Anthony L. Geist (de la Universidad de Washington e invitado este año al Festival de Granada) se ha ocupado de la selección de poemas de los autores elegidos y de la nota bio-bibliográfica que acompaña a cada uno. En el caso de Lucía Estrada hubiera sido conveniente precisar a qué poema o ciclo corresponden las composiciones identificadas solo con numerales. Por su parte, Yolanda Castaño debería quedar automáticamente descalificada si el señor notario hubiera aplicado con rigor el reglamento, porque su poesía no está originalmente escrita en español, sino en gallego (por más que haya ido apareciendo en ediciones bilingües).

No quiere esto decir que haya aquí mala poesía, al contrario. Entre los poemas que uno destacaría están “Oda sobre la oda del viejo ruiseñor” de Andrés Neuman y “Trilobites” del también argentino Carlos J. Aldazábal, o “Morgue”, del español Josep M. Rodríguez. También el fragmento de “Los colores y papá”, de Héctor Hernández Montecinos. Pero, claro, pueden ser muchos, muchísimos más, y esto ya depende de gustos. Voces ricas, singulares, que serán descubrimientos para muchos son las del nicaragüense Francisco Ruiz Udiel (suicidado en 2010) y el panameño Javier Alvarado. Sin sobrepasar la extensión de las quinientas páginas, y reduciendo la introducción y con otra maqueta, podrían haberse incluido algunos poetas más hasta llegar quizá a los cincuenta. Con ello, y siguiendo la superstición del criterio numerológico-democrático, se habrían incluido nombres como Joaquín Pérez Azaústre (España), Mariano Peyrou (Argentina), Paura Rodríguez (Bolivia), Javier Vela (España), Juan Carlos Abril (España), Vanessa Pérez Sauquillo (España), Felipe García Quintero (Colombia), Alan Mills (Guatemala), Mara Pastor (Puerto Rico) y Ana Wajszczuk (Argentina). Aunque seguirían quedando fuera voces como las de los españoles Martín López-Vega y María Alcantarilla, los mexicanos Luis Vicente de Aguinaga y Rocío Cerón o el argentino Ezequiel Zaidenwerg.

Aun presumiendo la buena voluntad de Sánchez y de su editorial, hay aquí visibles (y, detrás, en penumbra) muchas cosas que chirrían. El canon abierto es la demostración de que no bastan unas decenas de buenos poemas para componer una antología igualmente buena. Para esto último hace falta tener ideas propias y adoptar riesgos, y el libro que nos ocupa, que apuesta sobre seguro, acepta los mínimos. Lástima de oportunidad desaprovechada.

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