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Ventajas de viajar en autobús

tierra_camposJOSÉ M. LÓPEZ | Un viejo amigo siempre me decía que en el mundo hay dos tipos de personas, y solo dos: las que odian viajar en autobús, y a las que les encanta hacerlo. Debo confesar que me encuentro entre las del segundo grupo. Y es que creo que viajar en autobús está infravalorado. Parece algo anodino o incluso plebeyo para algunos. La gente no aprecia el goce del transporte público debido, quizás, a su austera cotidianidad. Estos ingenuos son incapaces de disfrutar de este asequible deleite diario: te subes, pagas tu billete, te sientas cómodamente y te llevan al lugar que quieras mientras lees, miras el móvil o simplemente te relajas observando tu ciudad por la ventana.  En fin, una pasada. Leer a David Trueba también se encuentra entre esos placeres sencillos, al alcance de la mano. La escritura del madrileño te exige poco y está cercana a todos, simplemente al doblar la esquina, pero bajo esa aparente proximidad, encontramos a un autor inteligentísimo, perfecto conocedor de los entresijos del alma humana, que lleva ya varias novelas demostrando su capacidad para escarbar en lo más profundo de nuestros rincones más ocultos.

Su último libro, Tierra de campos, quizás no sea su mejor novela, pero en ella también encontramos las claves del típico viaje al que Trueba nos suele invitar. Porque aquí, como en muchas otras ocasiones, el autor de Cuatro amigos nos llama a emprender un road trip estrambótico, un viaje en coche que, como suele pasar en estos casos, no solo transportará al protagonista de un espacio físico a otro, sino que también supondrá un periplo a través de su mundo interior. El viajero es Daniel, un cantante de rock que va en un coche fúnebre, junto a un chófer ecuatoriano, con el objetivo de enterrar a su padre en el pueblo donde nació. Durante el recorrido, Daniel va recordando sus inicios en la música, su éxito en los ochenta, la movida, las pérdidas de amigos por el camino debido a las drogas, sus excesos, sus penas, sus nostalgias… Daniel es el típico protagonista del autor: un ser nostálgico, romántico y, en ocasiones, irritantemente sensiblero que, a pesar de moverse en ese contexto de sexo, drogas y rock and roll, siempre anhela un amor perdido, o ansía la imagen de una mujer ideal nunca encontrada. En este sentido, y a pesar de que el personaje está perfectamente trazado en cuanto a sus inquietudes y emociones, me parece algo forzado encarnarlo en la piel de esta estrella del rock. Porque a veces me parece que no casa bien este personaje tan emocional e introvertido, tímido y educado, con el de la estrella “folla-fans” de carácter maldito y gamberro. Es decir, que en ocasiones veo en él al protagonista de una película de Woody Allen, y otras veces al Jim Morrison de turno. Y, perdonen, pero no me cuadra. Los demás personajes que pueblan el entorno musical de Dani “Mosca” (ese es su nombre artístico) no son más que meros peleles que adornan su espacio emocional: sus compañeros de grupo (Animal, el batería simplón pero leal amigo, y Gus, el excéntrico y creativo cantante a lo David Bowie), mánagers corruptos, fans alocadas, gente sin rostro que te invita a lo que quieras…

Pero, más que un recorrido por la carrera profesional del protagonista, esta novela es, sobre todo, una carta de amor a un padre fallecido. A todos los padres, quizás. A esos padres que no te dan la libertad que quieres cuando eres un niño, pero que lo hacen porque quieren lo mejor para ti; a esos que, una vez que has alcanzado tus sueños por un camino no planificado por él, nunca te dan la enhorabuena, porque no entienden a qué coño te dedicas o cómo pueden pagarte por eso; a esos que prefieren siempre subrayar tus defectos a alabar tus virtudes; a esos padres con los que no sabes hablar, solo discutir; una carta para esos padres que no saben decir te quiero, pero no dudarían ni un instante en morir por ti; una carta para esos padres que son, al fin y al cabo, igual que tú mismo. Por eso el viaje se va transformando en un reencuentro con las propias raíces del protagonista; un tipo que siempre ha luchado por romper vínculos con su tierra, su familia, su pasado, pero que va descubriendo que al final, tras tanta pompa y serpentina que ofrece la fama, solo merece la pena vivir teniendo cerca a los suyos, a su familia y los pocos amigos que le quedan. Y de este modo descubrimos que lo que parecía una sátira heavy de un moderno de pacotilla en contra de sus raíces, es en realidad una balada de amor a lo que fuimos, sin lo cual no podemos saber qué somos en estos momentos. Como se dice en un  momento de la novela, “no se puede crecer sin suelo”, y es de este modo como el libro se nos descubre como una auténtica canción de amor a lo castizo, a lo rural e incluso a lo paleto.

Sobre el estilo de la novela no hace falta decir mucho más. Y es que la prosa fluye melódica como una canción de rock que se va encadenando capítulo a capítulo, con una letra sencilla pero que cala hondo, y la sucesión de tres acordes que permite que la melodía no se aparte de nuestro cerebro. Todo parece cercano e ingenuo en la prosa de David Trueba, pero desde esta cercanía juega con el lenguaje, lo estira y le falta el respeto siempre desde los parámetros coloquiales a los que nos invitan las barras de bares de pueblo. La prosa del autor tiene el carácter de sus protagonistas, e incluso del propio David Trueba (me da la impresión): prefiere pasar desapercibido, no opina por no molestar, pero justo cuando en un instante el griterío de la fiesta se silencia y se atreve a hablar, habla de verdades, de gente que conocemos. Y entonces los que escuchamos terminamos sintiéndonos agradecidos hacia él por habernos mostrado qué es, entre tanta palabrería, lo verdaderamente importante. Y nos emocionamos, pero también nos reímos, pero nos reímos a carcajadas, gracias a ese sentido del humor tan a lo Berlanga que nos recuerda lo ridículo que todos y cada uno de nosotros podemos llegar a ser. Tan ridículo como subirte a un autobús sin tener ningún destino marcado, tan solo por montarte, pasear, y dejarte llevar.

Tierra de campos (Anagrama, 2017), de David Trueba | 405 páginas | 19,85€

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