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Verde, que te quiero (reseña sentimental)

En busca de la isla esmeraldaJOSÉ MARÍA MORAGA | Permítaseme una anécdota. El 17 de junio de 2000 yo tenía un examen de Literatura Inglesa en la facultad. En condiciones normales, uno hubiera empleado la tarde-noche del 16 en repasar, acostarse tempranito y descansar, pues nunca fui amigo de los atracones (de libros). Sin embargo, vi en el periódico que ese día se conmemoraba en Sevilla el Bloomsday, la fecha del Ulises de Joyce, y como llevaba la materia bien y era (soy) un impenitente novelero, llamé a un amigo (el crítico Fran G. Matute) y nos fuimos corriendo para allá. “Leerán fragmentos de Joyce” –le dije– “y además dan cerveza gratis.”

Cuando mi profesor, uno de los que participaba en el homenaje, me vio allí se sorprendió (“¿Qué haces tú aquí, si mañana es el examen?”); pero cómo podía no estar allí, si en la Facultad de Sevilla prácticamente de lo único de lo que nos hablaban era de James Joyce. Por eso me dolió tanto cuando, en el jolgorio posterior, el camarero (pensando sin duda que éramos unos gorrones indocumentados) nos preguntó a mi amigo y a mí a modo de contraseña antes de servirnos cerveza: “¿A quién homenajeamos hoy?”

–“Oiga, que yo sé de Joyce”–, debí pensar, con la soberbia de un estudiante, cuando la verdad es que entonces no sabía un pimiento sobre Joyce y sigo sin saberlo ahora. Pero el inextricable Joyce (entonces para mí El artista adolescente, Dublineses y una perpleja lectura de Finnegans Wake) fue en cierto modo un salvoconducto de curiosidad hacia el país de donde provenía: aquella Irlanda de la que yo sólo sabía que estaba partida en dos y que era cuna de U2 (“Ese grupo famoso”). ¿Qué era aquella tierra tan católica, tan rancia, patria a la vez de tantos rebeldes, de la que el propio Joyce huyó para no quedar asfixiado pero que fue lo único sobre lo que escribió durante toda su vida?

Aquel Bloomsday, con la Giralda recortada contra el cielo, escuché decir al catedrático García Tortosa (traductor del Ulises) que en Sevilla era dónde más y mejores lectores tenía la obra magna del dublinés. ¿Qué significaba todo aquello? Entre quienes participaron en aquel acto leyendo fragmentos de Ulises reconocí a un librero especialista en inglés llamado Antonio Rivero Taravillo. Poco podía sospechar que muchos veranos después caería en mis manos En busca de la isla esmeralda, un auténtico manual de instrucciones para hispanohablantes o –como reza el subtítulo– un Diccionario sentimental de la cultura irlandesa. ¡Ojalá hubiera existido un libro así hace veinte años!

Rivero Taravillo publica tanto que no voy a hablar sobre su figura porque es de sobra conocida. Baste decir que es el taoiseach de la república de las letras sevillana. Me sumerjo en su libro con una curiosidad expectante, pero también –lo he de admitir– con la escopeta cargada de quien mucho espera y no piensa dejar pasar ni media. Lo que me encuentro disipa cualquier duda: el contenido de En busca de la isla esmeralda es de una riqueza y una interdisciplinariedad brillantes, abunda en la anécdota amena además de en el dato erudito, pero no con un rigor decimonónico sino con una frescura de los tiempos que corren. Recorro las páginas como quien mira el escaparate de una tienda perfectamente surtida: este diccionario permite al lector hacer de flâneur cultural y dejarse tentar por aquellas entradas que vayan llamando su curiosidad. “Lady Gregory”, “Michael Collins”, “Vikingos”, “El libro de Kells”… y no sólo personajes, eventos y lugares históricos sino otros conceptos inmateriales como “Cocina”, “Whiskey”, “Inglaterra” o “Iglesia”, además de entradas acerca de muchos que tuvieron ascendencia irlandesa o relación con la isla sin haber nacido en ella, por ejemplo “John Wayne”, “Wittgenstein”, “Raymond Queneau”, “J.F. Kennedy” o –cómo no– “Juan Eduardo Cirlot”.

Donde más quería yo ver al autor era en las entradas acerca de los turbulentos eventos de la historia irlandesa, y he de decir que todas hacen gala de la objetividad que sólo puede proceder de un profundo conocimiento de las realidades comentadas, sea “Falls Road”, “Guerra Civil”, “Guerra de independencia”, “Kilmainhan”, “The Troubles” o el “IRA”. Mención aparte merecen las excelentes entradas literarias, donde no faltan glorias de todas las épocas como “Sheridan”, “Wilde”, “Stoker”, “Sterne”, “Swift”, “Yeats”, “O’Brien” (Edna y Flann), “Kavanagh”, “Binchy” o “Joyce”, por citar sólo a algunos. No es cuestión de reproducir aquí el índice onomástico del libro, sino de incitar a su lectura con algunos ejemplos espigados (casi) al azar.

Si echo en falta algo en una parte del libro, normalmente lo encuentro en otra como un regalo oculto (por ejemplo, no encuentro en la W una entrada sobre el grupo musical The Wolfe Tones, pero sí mención a ellos en la dedicada a “T. Wolfe Tone”, de quien toman su nombre). En cualquier caso, quien busque una exhaustiva enciclopedia sobre Irlanda no la encontrará aquí: no es ese el propósito de estos diccionarios sentimentales que edita Fórcola. En esta era global de empacho informático, pretender encerrar a Irlanda en un único y breve volumen no tendría sentido, si es que alguna vez lo tuvo. A cambio, el lector puede disfrutar de una sugestivísima recopilación de artículos de temática irlandesa que abarca los más variopintos temas, recorriendo la alta y baja culturas, la historia antigua, medieval, moderna y contemporánea, las influencias celta, vikinga, católica y anglo, sin olvidar esa apasionante zona de abrasión entre lo irlandés y lo extranjero (europeo, norteamericano, abundantes guiños a lo español) en la que Rivero Taravillo es un maestro.

Decía Umberto Eco que hay tres clases de libros: unos son para leerlos, otros para tenerlos pero no leerlos nunca y un tercer tipo de referencia y consulta al que podemos regresar una y otra vez aunque no los lleguemos a abarcar en su totalidad. Es obvio que En busca de la isla esmeralda pertenece a esta última y más noble categoría, pese a que –en palabras de su autor– “es posible leerlo de pe a pa”, merced a su amenísima erudición, añado yo. Recomiendo este volumen a cualquiera: a quien sienta curiosidad por Irlanda desde la ignorancia, a quien tenga reciente un viaje y quiera transitar por la nostalgia e incluso a quien, conociendo bien el país, le apetezca comparar sus experiencias y opiniones con las del espejo de este libro. Sospecho que ninguno saldrá defraudado. Antes bien, saldrá reconfortado, divertido e ilustrado, y a lo mejor acaba –como yo– pensando que, para no haber sido un país romanizado, Irlanda no está nada mal.

En busca de la isla esmeralda. Diccionario sentimental de la cultura irlandesa (Fórcola, 2017), de Antonio Rivero Taravillo | 440 páginas | 24,50 euros

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