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¡Viaje con nosotros!

Baile de máscaras

 

Baile de máscaras

José Manuel Díez

Hiperión, 2013

ISBN: 978-849002-016-6

78 páginas

10 €

XXVIII Premio de Poesía Hiperión

 

 

José M. López

No es muy frecuente, pero a veces pasa. Y cuando sucede, resulta un mágico acto de libertad por parte de lector. Me refiero a que, tras dar algunas vueltas por una librería ojeando todo libro viviente,  y después de sentir en tu cogote la mirada desconfiada del librero, te decides, al fin, a acercarte a la sección de poesía. Pasas, por una vez, de ojear las últimas ediciones de tus poetas de cabecera, y te acercas a los anaqueles que soportan los libros de poetas más actuales, cuyos nombres desconoces en su mayoría. Abres un libro al azar, lees un poema, y bueno, no está mal. Lees un segundo poema y te gusta aún más. La mirada del librero ya casi atraviesa tu nuca, puedes sentirla, a pesar de lo cual te atreves a leer un tercer poema. Y bingo, te encanta. Prefieres no seguir leyendo; el libro no es muy extenso y tampoco es plan de putear al dueño de la librería y terminártelo allí mismo. Además, prefieres acabar de hincarle todos tus dientes a solas. Es barato y te lo llevas. Una vez en casa pueden pasarte dos cosas: una, que esos tres poemas hayan sido tan solo un engañoso espejismo de un libro decepcionante, o que la poesía que encuentres allí confirme tus expectativas.

Y sí, las expectativas se cumplieron; y esta fue la forma en que me topé con este Baile de máscaras, el XXVIII Premio Hiperión de poesía. Nada conocía de su joven autor. Tan solo me dejé sumergir por un viaje a través de ocho siglos de historia, un viaje que es un periplo ético y vital a través de la sensibilidad y la inteligencia de un joven poeta cuyo talento y singularidad me han parecido excepcionales.

El libro ya sorprende desde su composición. Cada poema es contado desde el punto de vista de un personaje histórico diferente en una época concreta,  y partiendo, además, de una anécdota, la mayoría de las veces inventada. Se recrean, por ejemplo, unas palabras de Luis de Góngora acerca de una gitanilla que intentó leerle su buena ventura; se comenta el momento de abandono literario de Rimbaud; se transcribe una hipotética carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo, o unas declaraciones de Freud en defensa de la emoción. También se “transcriben” las palabras de exploradores de la antigua península de Anatolia, capitanes del ejército americano en Vietnam o de un soldado raso que participó en el desembarco de Normandía. En el título de cada poema aparecen el nombre del protagonista, el lugar y la fecha exacta en que esas palabras fueron emitidas.

A través de estas máscaras, José Manuel Díez nos invita a realizar, como ya dije, una apasionante travesía en el tiempo partiendo de ocho siglos atrás. Pero estas máscaras no son más que una excusa, un original punto de partida para, a través de los puntos de vista de estos personajes, reflexionar de una manera inteligente y sensible sobre los temas que verdaderamente inquietan al poeta. Así, el poema de Rimbaud supone una elocuente ilustración de la eterna lucha entre vida y poesía; el poema de los hermanos van Gogh dibuja cómo el hermano genial necesita del sustento y el apoyo del hermano cuerdo para desarrollar su obra y su personalidad. También me apetece citar el subyugante poema del soldado Paul Smith, que, independientemente de su utilidad como alegato antibelicista, me parece un emocional retrato de un miedo que atraviesa coordenadas históricas y personales. Esta composición, que fluye violentamente entre lo lírico y lo épico, me parece una de las más emocionantes del libro: “Hay cuerpos sin cabeza flotando a mi costado/y cabezas sin cuerpo, sangre, vísceras, / un olor homicida de tizne en los cañones. / Sé que no pisaré nuevamente la arena, / ni abrazaré a mi esposa, ni besaré a mis hijos. / Ha silbado un obús a mi espalda/ me busca, ya no importa. / Hay aún una bala para Hitler”. Únicamente por hallazgos del tipo “un olor homicida a tizne en los cañones” ya me ha merecido la pena pagar el precio del libro.

Como podéis notar, el autor no utiliza un lenguaje poético prefabricado, de ese que se alquila en los talleres de escritura. Su léxico es sencillo y cotidiano, todos lo entendemos, y su estilo se basa en la frescura y el impacto como vía para llegar a ese nombre exacto de las cosas. De esta forma, en cada poema rebosan ideas ocurrentes, encarnadas en imágenes novedosas, pero que revolotean por los versos sin pompa, humildes, como si ese lenguaje de nuestro día a día hubiera sido desprovisto de sus desgastados ropajes, y, «deasautomatizado» del todo, hubiera alumbrado por primera vez al lector una serie de nuevas realidades. José Manuel Díez, me atrevo a decir, consigue en este libro lo que solo los buenos poetas logran: expresar unos pensamientos que aparecen como nunca antes elucubrados,  a través de expresiones con la pinta de no haber sido dichas nunca. Paradójicamente, y he ahí la poesía, el lector reconoce la epifanía de estas ideas como suya, y las palabras que las representan como si fuera él mismo el que las hubiera pronunciado por primera vez. La humildad con la que la potencia de su verso se resbala por la página dota a su escritura de una autenticidad y una lucidez que me recuerda, y pido perdón por el tono exaltado de mis palabras, a esos grandes poetas tocados por la barita del surrealismo. Y es que hay versos de una condensación y lucidez que me suenan, salvando las distancias obvias, al mejor Lorca o Rimbaud. Como muestra un botón: en un poema que trata de la pobreza de los barrios obreros de Barcelona habla de “un grito de ladrillos en cascada”; cuando un poeta escucha por primera vez una sinfonía que lo inspira dice “desmadejo el silencio de su trino posible”; o como en el poema donde se reproducen las palabras que podrían haberse lanzado Neruda y Huidobro en su último encuentro, cercano ya el momento de su jubilación poética: “Y tú silenciarás rumbos posibles/ y yo enmudeceré lluvias y huellas”.

Y es que este Baile de máscaras tiene la virtud de moverse sin  funambulismos bruscos sobre el fino alambre que delimita el mundo físico y aquella otra zona apenas perceptible que solo algunos pueden atisbar. Sí, puede que hablemos de una poesía que posee cierta trascendencia, digamos filosófica, pero sin ínfulas de nada, y en la que hay espacio para el sentimiento. Un sentimiento de ritmo endecasilábico, que parece nacer y esconderse tras cada verso y que nunca, nunca es autocomplaciente o cae en el sentimentalismo. La máscara que usan los tímidos para esconderse es el humor y lo banal, y de esto hay mucho también en este poemario. En esta línea, podemos citar la composición en el que el poeta Allen Ginsberg se encuentra en el cine con su amante viendo el estreno de la película Star Wars: “El guión, los actores,/ los días y las noches de rodaje,/los Jedi, los Androides,/ las fuerzas del Imperio,/el Halcón Milenario, la Estrella de la Muerte (…) ¿Y todo para quiénes, para qué?/ Para que, mientras pasan los títulos de crédito,/ tú y yo, en la oscuridad,/ nos sigamos besando”.

Este libro termina con un poema en el que se recrean las supuestas palabras del poeta y Premio Nobel Derek Walcott, a través de la cuales se recrimina a sí mismo un antiguo e ingenuo verso: “Al final de esta frase, empezará a llover”. Este poema me parece un canto desesperanzado y apocalíptico hacia lo vacuo de la labor poética. Al final del último verso no habrá nada, tan solo el silencio, comenta el autor a través de la voz del Walcott anciano. Personalmente, no considero que esta postura final del autor de Baile de máscaras sea contradictoria con respecto al entusiasmo y confianza que nos transmite en el resto de los poemas del libro. Es más, pienso que esta es la única manera de cerrar dignamente un libro de poesía: mostrando sin indulgencias el incómodo cosquilleo que rasga los intestinos de todo poeta que se precie. Quiero decir: su lúcida convicción de que el poeta, y solo si es realmente bueno, debe conformarse con rozar con la yema de sus palabras aquella otra realidad a la que aspira, ya que nunca, podrá aprehenderla por completo. Únicamente desde esta lúcida desesperanza el poeta podrá elevar su palabra hasta los umbrales de la verdad, tal y como el viejo poeta Derek Walcott reprocha al joven e iluso Derek Walcott: “Al final de esta frase, joven Derek, / como al final de tantas frases, / solo el fecundo germen del silencio, / de lo escrito por nadie para nadie”.

admin

Un comentario

  1. Buenísima reseña y emocionante libro. La había pasado por alto, pero ahora fijo que me lo pillo!

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