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Vietnam, además, es un país

 

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CAROLINA EXTREMERA |  Hace unos días, un adolescente salía del aula en la que estaba realizando un examen y fue recibido por un compañero suyo, que estaba esperando en el exterior, con la frase: “Parece que vienes de Vietnam”. Estamos hablando de personas que ya han nacido en el siglo XXI. ¿Qué es Vietnam? Si tuviera que hacer una asociación libre de ideas ante esa palabra y  quisiera ser rápida en contestar, diría que me hace pensar inmediatamente en Rambo, en Apocalipsis Now, incluso en Watchmen y El Comediante, en veteranos traumatizados, manifestaciones, Kennedy y Nixon y, si trato de hacer un esfuerzo y pensar en algo menos americano, diré que me viene a la cabeza la época de Indochina y su etapa como colonia francesa. Esto es todo lo que podría aportar. No sé qué hay en ese país ni qué aspecto tiene, no sé cómo afectó a los vietnamitas esa guerra a la que todavía hacen referencia sin saber a qué se refieren nuestros adolescentes.

Por eso, cuando abordé la lectura de Vi, Una mujer minúscula, esperaba otra cosa. Leí la biografía de la autora en la contraportada, donde se me informaba que Kim Thúy es canadiense y se marchó de su país siendo una niña, y me dije que era una historia más de inmigración a América, de conflicto entre una generación tradicional y la otra, la que ya vive en un país occidental y no comprende el apego a las costumbres de sus padres. Es cierto que la novela tiene también esos componentes, pero no es esa, ni mucho menos, la trama principal. De hecho, no creo que tenga trama principal.

Cada capítulo de la obra, y son sesenta, lleva el título de un lugar. Tenemos Mekong, Hanói, Catinat, Vinh, Francia, Shangai, Hong Kong, Coppenhague, Río de Janeiro, Cornualles, sesenta nombres que a veces se refieren realmente a una visita de Vi a esas ciudades, otras a la procedencia de un alimento, a la nacionalidad de una persona apenas entrevista o incluso al país de fabricación de un objeto. Esa estructura permite que el libro se vaya desarrollando por escenas ordenadas en su mayoría de forma casi cronológica, con excepciones, que componen la historia de una mujer. Sin embargo, no se puede decir que entre nunca en detalles. Es un libro basado más en el recuerdo de momentos, historias breves y lugares, en las descripciones de alimentos y de costumbres que en unos sucesos verdaderamente relevantes, que no producen en la autora ninguna reflexión mientras que un olor, un sonido o la ausencia de él, pueden estar llenos de significado.

“Subía las escaleras como una sombra, para integrarse bien en el silencio que cubría el país entero. Los ojos de cerradura no dejaban escapar ninguna conversación secreta. Los vientos circulaban sin transportar palabras ni música”.

Vi,  Una mujer minúscula, es una historia circular de ida y de vuelta, donde conocemos el Vietnam anterior a la guerra y, posteriormente, el que quedó cuando se firmó la paz. La protagonista es testigo al comienzo de la belleza y exotismo de un país de costumbres asiáticas y sumisas para después marcharse a occidente y empezar una vida nueva siempre conectada con su infancia. Sus recuerdos y las anécdotas que le cuentan sus familiares pueblan la novela como relatos extraños de moraleja dudosa y evocación constante. Los aromas de la comida vietnamita que tanto esfuerzo cuesta preparar, las mujeres fuertes a la vez que delicadas, los hombres mimados, los hermosos y solícitos, todo es una sinfonía de sensaciones.

Probablemente la autora conoce bien la historia de su país de origen, su política, y no siente la necesidad de explicar con detalle nada de eso en su libro, de forma que para los profanos apenas hay sino unas referencias sueltas a una situación desconocida, aunque no creo que eso tenga importancia. A pesar de la extrañeza de un lugar tan lejano, hay pasajes que se encaran con una familiaridad asombrosa, ya sea por la actualidad de lo que plantean o por lo fácil que es identificarse con los sentimientos que describen. Por ejemplo, una escena en Malasia de un campo de refugiados que huyen de Vietnam a finales de los años sesenta en la que leemos

“Era evidente que ningún refugiado proyectaba vivir a largo plazo en el campo. Pero las tareas cotidianas nos enraizaban a nuestro pesar en aquellas tierras cálidas y hostiles”.

O también una visita de ella a Vietnam muchos años después en la que se siente identificada a veces con los locales y a veces con los turistas, sin saber ya cuál es exactamente su lugar.

Hay que decir también que el final es algo precipitado. Veinte páginas más habrían ayudado a asimilar las revelaciones de los últimos capítulos que, aunque parecen muy sorprendentes, ocupan tan poco espacio que, al cerrar el libro, se tiene la sensación de que no forman parte de él ni son relevantes a pesar de todo. En muchos aspectos, Kim Thúy podría haber escrito una novela mucho más larga y detallada. Claro que entonces no se leería en dos tardes, lo que es parte de su encanto. No es un libro que vaya a cambiar la vida de la nadie, pero sí se la hará más agradable y evocadora durante un rato.

Vi, una mujer minúscula (Editorial Periférica, 2018) |Kim Thúy | 160 págs. | 16€  | Traducción de Laura Salas Rodríguez

 

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