0

¡Y viva la revolución!

La pianolaJOSÉ M. LÓPEZ | El diccionario de la RAE (y perdonen que no cite a la Wikipedia), define distopía como la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, normalmente, y esto me permito añadirlo yo, causadas por el indeseable comportamiento de un estado opresor. Pero no, amigos, no parto de esta definición como excusa para hablar de la situación del subyugado pueblo catalán a manos del tirano pueblo español, sino de cómo este tipo de recreaciones han tenido, desde siempre, mucho éxito en la historia de la Literatura, desde la decimonónica La Máquina del tiempo (1895), hasta brillantes ejemplos muy actuales como V de vendetta (1982-1988), La carretera (2006) o la demoledora La broma infinita (1996). Bueno, la lista es larga. Quizás fue a partir de la publicación de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley cuando se agudizó cierta tendencia o moda por recrear este tipo de mundos indeseables. Siguieron la estela del autor británico otros  titanes de la talla de George Orwell Rebelión en la granja (1945), 1984 (1948)–, Ray BradburyCrónicas marcianas (1950), Fahrenheit 451 (1953)–, o el algo más tardío Philip K. DickUn hombre en el castillo (1962), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), entre otras–.  Pues bien, a este carro también se subió con su primer libro un joven novelista llamado Kurt Vonnegut, que seguiría esta senda de la ciencia ficción en otras obras posteriores como Las sirenas del titán (1959), y que muchos años después nos regalaría la devastadora Matadero 5 (1969).

En La pianola (1952) nos hallamos de igual modo dentro de un futuro indeterminado –futuro con respecto a 1952–, donde la aplicación de la tecnología en la cadena de fabricación ha conseguido que ya no se necesite a los trabajadores de escasa cualificación, es decir, a los obreros. Sólo los ingenieros y peritos, a los que se selecciona mediante un exhaustivo y mecanizado control de inteligencia basado en la meritocracia más extrema, tienen trabajo en esta sociedad en la que detentan el prestigio y el lujo. Sin embargo, en esta civilización no se margina económicamente a nadie. Aquellos trabajadores que ya no tienen cabida laboral en el sistema son rentados por el estado, y viven incluso con cierta holgura, en casas prefabricadas y con todas las comodidades que la tecnología les puede aportar: televisiones inmensas, efectivos electrodomésticos, seguros de todo tipo y, ahí el problema, con todo el tiempo del mundo para dedicar a… De hecho, una de las cuestiones que más me ha interesado del libro surge de una idea que va, en principio, en contra de la tesis defendida por Vonnegut. Me explico. La denuncia del autor se basa en que no se puede privar a una persona de su trabajo, porque eso es precisamente lo que le aporta dignidad, y el único camino a través del cual este puede llegar a desarrollarse como un ser humano pleno. En un momento del libro, el personaje protagonista lo deja claro: “(…) para conseguir lo que hemos conseguido hemos desplazado a esa gente de lo que era para ellos la cosa más importante del mundo: el sentimiento de ser necesarios y útiles, que constituye la base de la dignidad” (225). Y a mí, en principio, esa hipótesis me parece inquietante. ¿De veras no es capaz una persona de ser feliz sin un trabajo diario, sin un horario y sin un jefe lanzándole directrices sin parar? ¿No tenemos otros ámbitos u otras estrategias para llegar a sentirnos útiles, en familia, en pareja, en situaciones relacionadas con nuestra vida cultural, con nuestra solidaridad social, o incluso mediante la libre realización de nuestras aficiones más estériles? Pues en el mundo recreado en La pianola, no. La gente de clase baja vive desesperada y en una continua depresión por no saber qué hacer con un tiempo libre infinito, y anhelan aquella época pasada en que las máquinas no existían, y se les permitía ejercer un trabajo diario, remunerado y que le abría las puertas de cierto reconocimiento social a la vez que de una mayor autoestima. Turbador. Lo que sí es cierto es que el mundo que recrea la novela se ha diseñado a medida, pero solo para una élite, que lo considera tan perfecto que no admite que este sea criticado ni cuestionado. Por ello, si bien no hay marginalidad económica, sí la hay de pensamiento. Entonces, y a pesar de la represión ideológica del estado, surge una organización clandestina, la Sociedad de la Camisa del Espíritu, que pretende “devolver el mundo a la gente”. Nos suena, ¿verdad?

El protagonista de La pianola tampoco se aleja mucho del modelo que impone este tipo de novelas distópicas, aunque no por ello deja de ser interesante: su nombre es Paul Proteo –con toda la explícita carga simbólica que queramos–, un tipo que pertenece a esa élite del sistema, un ingeniero brillante, hijo de un héroe de guerra y fundador de la nueva patria, y del que se espera que siga los exitosos pasos de su padre. Pero las dudas acerca de las bondades éticas de dicho sistema, y, sobre todo, sobre lo realmente idílico de una sociedad totalmente tecnologizada, golpean su conciencia. De este modo empieza a florecer en su cerebro un anhelo hacia ideales contrarios a aquellos en los que creyó su padre –complejo de Edipo incluido–, cierto gusto por volver a los orígenes, y una añoranza de lo atávico y de lo primitivo, valores execrados y prohibidos en esa sociedad impecablemente mecanizada.

Estoy seguro de que la novela gustará mucho a los amantes del género, pero más allá de sus claves como novela distópica, creo que es el tono satírico made in Vonnegut lo que aporta el sello de calidad a la obra, y su consecuente  validez atemporal. Nadie sale indemne en esta parodia grotesca, desde los ilusos ingenieros, infantilmente competitivos, con sus campus de juegos motivacionales organizados para afianzar los lazos grupales, pero en los que, en realidad, prima el rencor y la envidia; pasando por los rebeldes, los supuestamente marginados, que pretenden sembrar el caos de manera violenta y sin sentido. Hay mucho del humor negro y el sarcasmo pesimista que después impregnará Matadero 5 (también en La pianola la sociedad surge de una guerra absurda y sin sentido). Y es que la socarronería adquiere en ocasiones tintes tan desvergonzados que podría jurar que quien se ha puesto a los mandos ahora de la máquina del tiempo de Wells ha sido David Foster Wallace, con el propósito de viajar cuarenta años al pasado y hacer de negro de Vonnegut . Y por seguir manoseando dicho “palabro”, no puedo acabar esta reseña sin nombrar al autor más moderno de todos a los que he citado hoy, y que, paradójicamente, nació en el siglo XIX. Y es que la novela termina con una serie de conspiraciones estrambóticas, unos continuos juegos de identidad, una sucesión de ambigüedades en tono guasón que, por un momento, creí que estaba leyendo El hombre que fue jueves (1909).  Porque, una vez terminada  la novela, de sus páginas se desprende otra tesis, tampoco sé si conscientemente pretendida por Vonnegut, que podría haber firmado alguien tan provocador como G. K. Chesterton: lo importante, al final, es rebelarse contra algo, da igual lo que sea. Y de verdad, repito, espero que no se me malinterprete: este post no va sobre la situación en Cataluña.

La pianola (Hermida Editores, 2017), de Kurt Vonnegut |424 páginas | 22,90 euros | Traducción de José Manuel Álvarez Flórez

admin

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *