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Vivir en un pisapapeles de cristal

portada_grNURIA MUÑOZ | A Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) es muy difícil leerla a ciegas. Su escritura está empapada de rasgos inequívocos, tics (en el buen sentido de la palabra) reconocibles y obsesiones recurrentes. Y esto es, sin duda, uno de sus grandes logros: encontrar una voz personal, un tono propio que el lector sea capaz de reconocer prácticamente a oscuras.

De Cebrián había leído algo de su narrativa (La nueva taxidermia) y algunos artículos de prensa, así como su interesante incursión en el terreno del ensayo (Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la transición), título este en el que el acento humorístico es el celofán que envuelve una serie de sugestivas reflexiones sobre la sociedad a la que pertenecíamos los que éramos niños cuando TVE estrenó la ya mítica serie de Antonio Mercero. Sin embargo, a diferencia de su trabajo en estos otros géneros, no conocía la poesía de M.C.

Malgastar es el título de la segunda incursión en la lírica que realiza Cebrián, que ya se estrenó diez años antes con Mercado común. En el nuevo libro, publicado por la Bella Varsovia, la autora se dibuja de manera casi inmediata: “Noto cómo me rozan el progreso, el liderazgo, el éxito / y, sin embargo, si hubiera aquí un banquito me sentaría a mirar, a ver pasar a gente que entre y sale / de sitios”. Porque ella es más observadora que protagonista, porque se siente distinta a los demás, alejada del patrón común, y no solo no dramatiza, sino que incluso ese latido podría entenderse como una especie de orgullo de la diferencia.

La poesía de M.C. trabaja con imágenes de manera lúcida y singular, modela los conceptos para que le ayuden a hablar, por ejemplo, del desarraigo, desde la perspectiva bicéfala del exilio físico y lingüístico. Porque “abrir es comprender por dentro”, afirma Cebrián en la sección titulada “Angloamérica” en lo que podría ser la divisa de cualquier traductor, pese a que M.C., que también traduce, sabe que “el idioma / no lo fabrico yo”.

El poemario juega con los contrarios, alterna bienestar e incomodidad, objetos pequeños y grandes pensamientos, tecnología y tradición encarnadas en máquinas y jerséis de lana. Lo antiguo y lo moderno se excluyen, como el sí y el no. Se está dentro o se está fuera, conmigo o contra mí, solo o acompañado. Cebrián narra desde la frontera, hace de observadora infrecuente, porque su punto de vista es inusual. Porque sabe que “Se agazapan las cosas /dentro de la moqueta y hay que aprender / a verlas”, como puede leerse en la sección “Territorio moqueta”, hermanada en gran medida con la titulada “Confort”.

Precisamente, al hilo de su estructura en –ocho– secciones encuentro uno de los principales problemas de Malgastar, que es, a mi entender, la escasa uniformidad del libro, cuya lectura se me ha hecho desigual como el trayecto por un puerto de montaña, deslumbrante en los extremos y prosaica en algunas páginas de su mitad. El humor de Cebrián que respira en muchas de sus creaciones se echa de menos en otras, con poemas que tienden a la resolución fácil y al ritmo forzado, avanzando a trompicones como descarrilados del buen hacer de la autora. Y se me ocurre que, quizá, esta división en secciones pudiera haber sido producto de la construcción “forzada” de un libro. Por eso echo en falta, pese a ser un librito bastante corto, más poemas de altura como los que conforman el inicio y final de Malgastar, título que, por cierto, no se corresponde con ninguna de sus secciones y que, según reza la contraportada “es un manifiesto contra lo que derrochamos”.

La Cebrián que me gusta, y eso es una opinión absolutamente personal, no es tanto aquella que dedica un poema al Brexit como la que escribe sin necesidad de anclajes reales, explicándose a sí misma y a los demás desde la diferencia que tanto la  favorece. La que sabe inventar escenas tan admirables como esta que abre la sección “Mística final” y que justifica por sí misma, sin lugar a dudas, la lectura del poemario: “¿Que cómo sé que vivo en un pisapapeles / de forma semiesférica? Porque cuando me agitan / caen copos de corcho blanco sobre mí, porque respiro / un líquido dudoso (ni agua ni leche ni licor), porque rozo / la bóveda cada vez que me animo / a levantar los brazos”.   

Malgastar (La Bella Varsovia, 2016) de Mercedes Cebrián | 80 páginas | 10 €

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