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Y luego pasa lo que pasa

Vuelos de victoria
Ernesto Cardenal
Visor, 2012. Colección «Visor de poesía»
ISBN: 978-84-7522-191-5
90 páginas
10 €
 Alejandro Luque
Hace unos meses, con motivo de la concesión a Ernesto Cardenal del premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, escribí un texto de defensa de la obra del nicaragüense frente a sus detractores, que protestaron enérgicamente el galardón. Lo que venía a decir es que, aunque me pillan muy lejanos, los epigramas de Cardenal fueron una lectura alentadora de mi juventud. Aquella mezcla de amor y fervor político era justo lo que necesitaba a mis 17 años. Luego me ha divertido reconocerlos, versionados, en lugares tan distintos como un libreto de chirigota, un libro de Juan Bonilla o un muro pintarraqueado, lo que me da a entender que esos poemas han quedado felizmente disueltos en el imaginario popular, son ya de todos. Luego, leí con gusto otros libros suyos, especialmente El estrecho dudoso, que engarza la tradición del Canto general de Neruda con las Crónicas de Quiñones. Su dimensión antropológica, plasmada en títulos como Los ovnis de oro o Quetzalcóatl, también le dan en mi opinión categoría de poeta mayor.
Pero, apenas había terminado de romper esa lanza por el anciano Cardenal, cayó en mis manos un libro suyo, Vuelos de victoria, que data de 1984, aunque no se especifique en la edición de Visor, y que me ha parecido sencillamente infumable. El camarada estadista Jesús Cotta y yo discutimos a menudo sobre el compromiso político en poesía: él cree que en general es un lastre, más pesado cuanto más «progre», yo creo que a veces es indisociable de la vida. Pero en el caso de estos panegíricos a Ortega y la revolución sandinista no puedo sino darle la razón. No los salva ni el fervor del momento histórico, ni el justificado odio al dictador Somoza. Rozan el crimen de lesa literatura, ése que, lejos de prescribir, adquiere agravantes con el paso del tiempo y el decaimiento de las militancias.
En nombre de la celebración del sandinismo, Cardenal descuida el oído, el ritmo (“Y las azafatas/ comienzan a servir la comida de plástico como que si nada”), deja que el prosaísmo ramplón lo invada todo, pero sobre todo incurre en ejercicios de propaganda más bien burdos, hasta casi entrar en el terreno Disney, donde incluso los pececitos y los pájaros saludan al comandante Ortega: “Antes esta belleza estaba como abochornada”, dice sobrevolando el lago de Managua. “Qué bello se ve ahora el país/ Qué hermosa ahora nuestra naturaleza sin Somoza”. E insiste más adelante sobre el mismo escenario, en otro poema: “La liberación no sólo la ansiaban los humanos./ Toda la ecología gemía”.
No se sabe si son peores los comienzos (“Estamos todos muy ocupados/ la verdad es que estamos todos tan ocupados…”) o los finales: “Girando en el espacio negro/ dondequiera que vayamos, vamos bien./ y también/ va bien la Revolución”. Ahorro detalles de los poemas que hablan de la pura actividad política como el titulado «Reunión de gabinete», que describe un consejo de ministros en torno a la amenaza de una plaga de mosquito, o «Reflexiones de un ministro»: “Qué se va a hacer. Soy Ministro de Cultura/ y voy a una recepción a la embajada tal…”.
Disculpe el amable lector de Estado Crítico el rotulador grueso con el que voy tachando estrofas enteras de este libro, pero es que de veras no veo por dónde cogerlo, y además estoy a punto de irme de vacaciones. Eso sí, nada más lejos de mi intención desacreditar, también de un plumazo, el hecho histórico de la Revolución nicaragüense. En mi opinión se trató de una necesaria respuesta a una dictadura feroz, apoyada por los intereses de los Estados Unidos, que acabó viendo cómo sus sueños de justicia social degeneraban en una nueva e indefendible oligarquía militar. Tan lógico me parece ilusionarse con los albores de aquella emergente Nicaragua como rechazar su actual deriva, rechazo que por cierto también ha manifestado en numerosas ocasiones un desengañado Ernesto Cardenal.
No todo fue malo, desde luego, en la producción poética de la llamada generación del 40: curioseen entre los poemas de Claribel Alegría, lean a Ernesto Mejía Sánchez, a Joaquín Pasos o a Carlos Martínez Rivas, y no les costará llenarse el bolsillo de perlas. Busquen sobre todo en José Coronel Urtecho, algo así como un hermano mayor de todos los mencionados, para entender que la utopía también ejerció un impulso notable sobre los creadores. Lean al mejor Cardenal, el de los libros citados al principio de esta reseña, muy alejados de la consigna sorda.
Lo que queda patente después de leer estos Vuelos de victoria –vuelos en todo caso bajos, y victoriosos a lo sumo en lo castrense– es aquello que decía el antes mencionado Quiñones: que el talento de la poesía se puede apoyar sobre unas ideas y unos anhelos, pero no ponerse al servicio de un carné ni unas siglas. Porque se empieza escribiendo para ellas, luego se acepta un cargo, se obliga uno a escribir un poco más y más fervorosamente, y luego pasa lo que pasa.

admin

4 comentarios

  1. Jo, amigo Luque, qué duro. Es verdad que Ernesto Cardenal, dentro del vasto panorama de la literatura hispanoamericana, es un poeta menor. Pero no menos cierto es que ha escrito algunos poemas que ennoblecen nuestro idioma. Como este en cuestión siempre me ha gustado mucho, desde que lo leí de adolescente, lo copio aquí para que los lectores comprueben que don Ernesto ha escrito cosas bastante mejores de las que citas 😉

    ORACIÓN POR MARILYN MONROE.

    Señor
    recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de
    Marilyn Monroe,
    aunque ése no era su verdadero nombre
    (pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los
    9 años
    y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
    y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
    sin su Agente de Prensa
    sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
    sola como un astronauta frente a la noche espacial.

    Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta
    el Times)
    ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
    y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
    Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
    Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
    pero también algo más que eso…
    Las cabezas son los admiradores, es claro
    (la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
    Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
    El templo -de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
    en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
    expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
    que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.

    Señor
    en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
    Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
    que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
    Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
    Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
    el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.

    Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
    por nuestra 20th Century
    por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
    Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
    Para la tristeza de no ser santos
    se le recomendó el Psicoanálisis.
    Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
    y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
    y cómo se fue haciendo mayor el horror
    y mayor la impuntualidad a los estudios.
    Como toda empleadita de tienda
    soñó ser estrella de cine.
    Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y
    archiva.
    Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
    que cuando se abren los ojos
    se descubre que fue bajo reflectores
    ¡y se apagan los reflectores!
    Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
    mientras el Director se aleja con su libreta
    porque la escena ya fue tomada.
    O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
    la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
    vistos en la salita del apartamento miserable.
    La película terminó sin el beso final.
    La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
    Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
    Fue
    como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
    y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number
    O como alguien que herido por los gangsters
    alarga la mano a un teléfono desconectado.

    Señor:
    quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
    y no llamó (y tal vez no era nadie
    o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
    ¡contesta Tú al teléfono!

  2. Una crítica excelente, como contra ejemplo de poemas ideológicos yo pondría los de Manuel Machado, horribles. La verdad que al poner la pluma al servicio de unas siglas, este delito de lesa literatura es capaz de comerse cualquier tipo de talento. Un saludo,
    qué bueno la oración a Marilyn

  3. Hola:

    Yo recuerdo haber leído hace muchos años una antología de unas 300 páginas editado en Nicaragua, y había poemas que me gustaron mucho.

    No sé ahora, pero entonces…

    saludos

  4. Excelente crítica, informada y sincera. Rara vez el lector tiene el placer de leer una reseña en la que se contextualiza un libro específico dentro de la obra de un escritor, y dicha obra con la literatura a la que pertenece, más aún tratándose de una literatura relativamente desconocida como la nicaragüense.

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