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Y no moriré sin ser recordado

VICTORIA LEÓN | El poeta John Keats (1795-1821) mantuvo una prolífica correspondencia durante los últimos cinco años de su vida de la que han sobrevivido casi doscientas cincuenta misivas conservadas gracias al cuidado de sus destinatarios y editores. Harry Buxton Forman ya escandalizó a la mentalidad victoriana transcribiendo y publicando una parte de ellas en 1883, pues plasmaban la imagen de un Keats tan profundamente anticonvencional como alejado de su moral pragmática y burguesa. De las muchas recogidas en esta amplia selección que ahora ha traducido y editado Ángel Rupérez podemos decir que ofrecen mucho más que un testimonio de interés biográfico o que el mero material de erudición destinado al aparato crítico de las ediciones de sus poemas. Sus páginas revelan con bastante nitidez el retrato psicólogico del hombre, revestido de las contradicciones de una juventud que tanto contrasta con la madura solidez de los tres grandes libros que componen su obra poética; pero también la dimensión más íntima de su labor creadora y su visión de la poesía, del público (al que se refiere por extenso) y de sí mismo como escritor.

            Atrabiliario, sentimental, obsesivo, caótico en la gestión de los asuntos cotidianos, ensimismado en su trato con las musas o devorado por los celos en su relación amorosa cuando la enfermedad lo hace sentirse en desventaja ante el mundo y sus rivales, como individuo Keats muestra en sus cartas un profundo sentido de orfandad y un gran apego a lo que queda de su familia, pero, sobre todo, y más allá de sus titubeos e inseguridades personales, una fe inquebrantable en su destino poético y en su papel en la posteridad. Como creador, lo encontramos haciendo su defensa de la naturalidad como principio poético (“la poesía debe ser grande y discreta, algo que penetra en nuestra alma”) y de la voz propia como única marca identitaria de cada poeta, que por lo demás es todos y ninguno. “Un poeta es la cosa más antipoética que existe porque no tiene identidad”, escribe. Aunque, de otro lado, afirme de forma algo ingenua buscar en su escritura una independencia absoluta de cualquier modelo. “No quiero tener nada de Wordsworth”, dice del maestro a la vez admirado y rechazado, o “me negué a visitar a Shelley para poder escribir sin la sombra de nadie”.

            Entre sus corresponsales hallamos amigos como Benjamin Bailey, Charles Brown, William Haslam, Joseph Severn y nombres tan célebres como los de Leigh Hunt, su mentor en la vida literaria, o Percy B. Shelley. Pero también cartas de índole más familiar, como las dirigidas a su prometida Fanny Brawne o a sus hermanos. La diversidad de tonos y destinatarios permite asomarse a múltiples aspectos de la vida personal y literaria del poeta y acceder a diferentes escenarios y momentos vitales. La poesía como obsesión: “Encuentro que no puedo existir sin la poesía, sin la eterna poesía; la mitad del día no será suficiente, solo el día entero”. “Pensé tanto en la poesía durante tanto tiempo que no pude dormir”. La devoción por Shakespeare, su genio tutelar. “Nunca me desespero, y leo a Shakespeare […] estoy muy cerca de pensar con Hazlitt que con Shakespeare tenemos suficiente”. Pero también la angustia por los problemas económicos, a veces abordada con humor: “Pienso que podría hacer un breve y bonito poema alegórico titulado El acreedor”. Pues ni la ironía ni la autocrítica están ausentes de estas páginas en las que podemos leer líneas como estas: “Siento en mí mismo todos los vicios de un poeta ―irritabilidad, amor por el efecto y admiración― e, influenciado por esos diablos, puedo en ocasiones decir las cosas más ridículas”.

            Entre correcciones de pruebas de sus libros, lecturas, paseos, polémicas y críticas, se  nos muestra la vida cotidiana de un poeta que dominaba a la perfección el arte epistolar y sabía amenizar sus cartas con poemas propios o ajenos y fragmentos y citas de lector entusiasta y culto.

            La calidad de su prosa siempre es notable, pero destaca por su intensidad, muchas veces lírica, el epistolario de los dos últimos años, cuando definitivamente estalla su pasión por Fanny. Atrás quedaban la adoración platónica por Georgiana, la esposa de su hermano, y su deseo de no casarse nunca, “pues mi felicidad no sería tan bella como sublime es mi soledad”. Abrumado por la plenitud, incluso llega a confesar entonces: “Soy un cobarde. No puedo soportar el dolor de ser feliz”. En las cartas del último año de su vida, escritas bajo la amenaza funesta de la enfermedad, sobrecoge el trágico canto del cisne del hombre joven que, enamorado y en la cumbre de su capacidad creadora, ve cómo su salud cada vez más precaria va arrebatándole lo que más ama. “Dame la oportunidad de unos años más contigo y no moriré sin ser recordado”, escribió a su prometida. La muerte no atendió su súplica; la posteridad, en cambio, mucho más generosa, lo dejó cumplir su destino y su mayor ambición. 

Publicado en Clarín. Revista de Nueva Literatura

Cartas: Antología (Alianza Editorial, 2020) | John Keats | Edición de Ángel Rúperez |544 páginas | 12 €

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