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Y, sobre todo, sangre

No hacer nada, no ser nada: esa sería una buena vida. Quedarme quieto, como una piedra al sol. Toda esta carrera detrás de la vida, esta búsqueda: talar árboles, cortar leña para calentarme, derretir nieve y hielo para tener agua. No acaba nunca. Cazar animales para obtener carne, transportarla hasta casa con el trineo y los perros durante kilómetros; aprender cómo se comporta un animal en la nieve para poder hacerme con la piel de su lomo. Comer, lavarme, encontrar tiempo para dormir; caminar con la fría penumbra del amanecer, hambriento y pensativo.

CAROLINA EXTREMERA | De entrada, a nadie le suena el nombre de Chris McCandless, pero si os aclaro que es el del autobús de Alaska de Hacia rutas salvajes, a muchos les empieza a decir algo. Chris McCandless terminó la Universidad en 1990 y decidió dejarlo todo, abandonar lo que había sido su vida – una familia acomodada, estudios académicos – para viajar por Estados Unidos. Donó a una ONG lo que quedaba de su fondo universitario y estuvo casi dos años viajando por el país en diversos medios de transporte, incluyendo una canoa con la que llegó hasta México recorriendo el río Colorado.

            En 1992 decidió irse hasta Alaska, donde pretendía sobrevivir por sí mismo en medio de la naturaleza más salvaje. Para ello, caminó durante varios kilómetros por la Stampede Trail, una carretera senderista, y se instaló en un punto de la zona donde encontró un autobús abandonado. Su idea era tomarlo como base y alimentarse de lo que pudiera encontrar o cazar. Abreviaré esta historia: lo consiguió durante 113 días. Después, unos cazadores encontraron su cuerpo dentro de un saco de dormir en el autobús.

            Si conocemos tan bien esta historia es por Jon Krakauer, que escribió Hacia rutas salvajes en 1996, donde traza su biografía en forma de un viaje en el que sigue sus pasos y trata de explicar qué clase de descontento con su vida llevó a un joven a querer dejarlo todo de esa forma. Es una lectura tremendamente interesante en muchos aspectos y merece mucho la pena.

           Hubo una época en la que cada año, en los sanfermines, moría o quedaba gravemente herido algún anglosajón, ya fuera americano, británico o australiano. Mi madre siempre decía que Hemmingway con sus escritos sobre España había llevado a la muerte a más hablantes de inglés que Jack el Destripador. Los libros que Chris McCandless había leído hasta la saciedad antes de decidir marcharse a Alaska eran los de Jack London, H. D. Thoureau y John Haines.

            Haines nació en Virginia y fue poeta, ensayista y profesor. Vivió en Alaska durante veinticinco años, quince de los cuales lo hizo en una finca totalmente aislada y alejada de las ciudades. Las estrellas, la nieve, el fuego, es un libro de memorias de aquellos años en el que no hay un orden cronológico, sino más bien temático. Los capítulos tienen nombres como “Nieve”, “Primavera” o “Desapariciones” y tratan de transmitir sus sensaciones entorno a estos conceptos o sus experiencias relativas a momentos invernales, primaverales, tratos con otras personas o caza de animales. Sobre todo, esto último. Aunque se trata de las memorias de un poeta y aunque, efectivamente, su dominio del lenguaje y de la expresión a veces se reviste de cierta lírica, lo que más sorprende es la dureza tanto del paisaje como de la vida que lleva en él. No hay ni rastro de la idea bucólica de un poeta en la naturaleza. Hay animales, frío, trabajo duro talando árboles, construyendo refugios y, sobre todo, sangre.

            La caza constituye una constante a lo largo de muchos capítulos, ya que Haines se estuvo ganando la vida como trampero, cazando animales solo para vender sus pieles. Cultivaba verduras en su huerto, pero la mayoría de su comida procedía de la carne que obtenía cazando. En ese sentido, estas memorias no están exentas de controversia, no tanto por los animales que mataba para cazar como por los que mataba para obtener dinero. Además, las descripciones de cómo colocaba las trampas, como mataba o desollaba a los animales que había seguido a veces durante días son explícitas y muy frecuentes. Uno de los capítulos consiste solamente en explicar cómo se prepara un puercoespín para cenar a base de quemarle las púas. A pesar de ello, no trivializa nunca lo que hace. “Aún así, no soy capaz de cazar y matar sin pensar ni sentir, y es posible que el acto de matar me esté hiriendo también a mí, con heridas leves pero mortales”.

            Estas memorias están escritas cuando Haines ya no vivía en Alaska y, por eso, algunos capítulos tienen un carácter casi onírico. Todos ellos son, como mínimo, un recuerdo lejano, de forma que lo que leemos puede que no se corresponda exactamente con lo que sucedió, sino con lo que el autor ha reformulado en su mente. Tampoco se podría deducir, de la mera lectura, si esos momentos transcurren todos en el mismo año o a lo largo de toda una vida, aunque el propio autor nos aclara en el prefacio que, precisamente, elige esa forma de escritura porque desea que esas reflexiones sean también una reflexión sobre el marco temporal en el que se producen las cosas.

            Personalmente, de lo que más he disfrutado es de la sensación de soledad que transmite toda la obra, de las escenas en las que nos cuenta cómo construye refugios o senderos, dejando su huella en una tierra inhóspita y en la que no hay más infraestructuras que las que uno mismo decida realizar. En ese sentido, el aislamiento en el que se encuentra a veces el poeta es tan abrumador que se convierte en pura belleza: el silencio, la blancura del hielo, el frío y el olor de los bosques.

            Si hoy día buscamos en en Google “Stampede Trail” y miramos las imágenes, lo que encontramos es, desde mi punto de vista, profundamente deprimente. Hagan la prueba. ¿Ya? ¿Qué les han parecido todas esas personas sonrientes delante de un autobús oxidado? Como todo, el autobús 142 en el que Chris McCandless murió se convirtió en turismo de masas, en objetivo de buscadores de experiencias y así, al igual que en 2019 murieron varias personas en un atasco que se produjo en el Everest, hubo que retirar en junio de 2020 el autobús 142 porque constantemente había que rescatar a senderistas que iban en su busca. Hoy día, cuando viajamos, ya no nos conformamos con ver monumentos o museos. Ahora queremos vivir experiencias. Solo que siempre son repeticiones, copias de algo que ya ha hecho otra persona y que en realidad apenas comportan ninguna incertidumbre. John Haines, sin embargo, describe en el prólogo de estas memorias un concepto de experiencia bastante diferente, tal vez un concepto ya extinguido.

La experiencia es repulsiva, huele a sangre y a carne muerta, está compuesta de miedo, peligro y placer en distinta proporción. En tanto en cuanto puede siquiera designarse con la palabra “experiencia” y no con alguna otra denominación olvidada, exige una entrega a la que pocos estamos dispuestos hoy día.

Las estrellas, la nieve, el fuego (Volcano Libros, 2019)| John Haines| Traductora: Clara Ministral|256 páginas| 21€

admin

2 comentarios

  1. No siempre la soledad está en lugares inhóspitos.A veces la soledad es peor cuando te encuentras rodeada de gente que ni te comprenden ni entiendes

    • De hecho, esa es la soledad no elegida. La de los lugares inhóspitos es la elegida y, por tanto, la única liberadora.

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