
Una opinión no muy extendida – pese a haber sido formulada por las mejores mentes, y no refutada nunca – postula que la importancia de un acontecimiento no radica en el modo en que se ha producido, sino en la manera en que – repitiéndose en la memoria, en el futuro – nos impondrá su presencia hasta hacerla ineludible. Esta es la razón por la que deberíamos temerle a todo incidente, y evitarlo. Una vez que nos haya sucedido, continuará haciéndolo por el resto de nuestra vida; y siempre será el mismo, y a la vez, uno radicalmente distinto, en una indefinición de la que extraerá toda su fuerza disruptiva.
CAROLINA EXTREMERA | Pensándolo bien, creo que le debo una disculpa a mi amiga la doctora en Bellas Artes que elige los vinos por el diseño de las etiquetas. No porque acierte con ellos, que no es el caso, sino porque, siguiendo un criterio similar, yo me equivoco igual. Me refiero a los títulos de los libros. ¿He leído algo de Irene Solà? No. Me resulta totalmente imposible leer un libro que se titula Canto yo y la montaña baila. Es ver el título y darme igual todo lo que tenga dentro. Por esa misma razón, nunca llegué a leer Lo que está y no se usa nos fulminará o Mañana tendremos otros nombres de Patricio Pron. El problema lo tengo específicamente con los títulos que contienen un sintagma verbal mientras que los que siguen el esquema de “artículo determinado, nombre y adjetivo”, como La montaña mágica son mis preferidos. Podría seguir analizando este asunto y explicar en qué casos acepto títulos que son frases completas, pero una tiene que dejar algo al misterio, aunque sea poco.
La cuestión es que un día mi madre, gran lectora, me hizo notar que tal vez esa manía me estaba impidiendo disfrutar de ciertos libros que podrían atraerme en otras circunstancias y, como ese día estaba yo receptiva a los consejos, decidí que iba a intentar leer una novela cuyo título fuese una frase pretenciosa. Así fue como llegué a En todo hay una grieta y por ella entra la luz, otra vez de Patricio Pron, cuyo criterio para elegir los nombres de las novelas es diametralmente opuesto al mío.
El año pasado, leyendo Derivas de Kate Zambreno, me di cuenta de que adoro un género al que podríamos describir como “libros que tratan de cómo no se ha podido escribir un libro”. Fue por eso por lo que escogí esta novela aunque, posiblemente, llamar novela a este extraño artefacto no tenga mucho sentido. Cuando lo terminé, tenía claras dos cosas: que no sabía lo que había leído y que me había gustado muchísimo. Al cerrarlo, recordé que hace poco había finalizado otro texto con exactamente la misma sensación: Los anillos de Saturno de W.G.Sebald.
En todo hay una grieta y por ella entra la luz empieza como una biografía del poeta y cineasta Benjamine Fondane, no obstante, a las dos páginas, se interrumpe con siete notas a pie de página que son, en realidad, los siete capítulos que nosotros leemos, en los que se explica, o se intenta explicar, por qué el protagonista es incapaz, en un Nueva York recién salido de la pandemia, de continuar dicha biografía. Sabemos que el propio Patricio Pron estuvo en Nueva York porque le habían encargado escribir una biografía de Benjamine Fondane y que no la escribió. También aparece una obra de arte que he reconocido y que el autor, sin embargo, atribuye a uno de sus personajes así como recuerdos familiares que seguramente son reales mezclados con otros inventados. Aunque esta es una técnica común que utiliza la mayoría de los escritores, aquí la línea entre la realidad y la ficción está tan borrosa que cuesta verla.
El narrador ha sufrido un percance, un incidente devastador difícil de clasificar – ¿es tal vez un fenómeno asociado a la crisis ecológica? – que lo sume en una situación de pánico y dolor físico posiblemente de origen psicosomático. A través de ese dolor, que actúa como una grieta, se filtran las reflexiones acerca de su familia, de su relación con una artista alemana y recuerdos de situaciones pasadas – como una entrevista a una artista cuya obra consiste en diseccionar de todos los modos posibles el año en el que murió su amante -. Todo lo que le impide escribir la biografía que le habían encargado configura un mosaico que, al juntar sus piezas, muestra una imagen de un mundo que se está desmoronando y que, a partir de la escritura, la literatura y la atención a los pequeños detalles, puede ser, si no reconstruido, al menos sí catalogado. La narración se va complicando y se va llenando de reflexiones, apuntes filosóficos y recuerdos, todo ello salpicado de más y más notas a pie de página que, a su vez, contienen sus propias notas aclaratorias. De hecho, estoy bastante convencida de ser la única de mis conocidos capaz de leer sin gafas la 6.5.1.1.1. Esta estructura fragmenta un texto que, de otra forma, sería de una continuidad prodigiosa y posiblemente aún más complicada de seguir que su modalidad partida, que es lo que le ocurre a la obra de Sebald citada en el párrafo anterior.
He disfrutado tremendamente esta lectura. Supongo que se puede ser pretencioso si uno quiere, ¿por qué no? Es un libro lo suficientemente complicado como para suponer un pequeño reto, pero no tanto como para que sea una montaña. Siguen sin gustarme sus títulos pero, después de esta lectura, voy a continuar con más novelas de Patricio Pron.
Como fuera, en esa época yo veía en las notas a pie de página una especie de territorio en el que, liberados de las obligaciones para con los lectores, los escritores podían ser realmente ellos mismos y seguir sus instintos. De manera más general, creía ver en ellas la posibilidad de una literatura “desautorizada”: marginal, deliberadamente fragmentaria, que no concluyese.
En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama, 2026) | Patricio Pron | 232 páginas | 18,90 euros