
FRAN CAMACHO | Podría decir que el protagonista de El corazón de las golondrinas rememora la importancia de la infancia en las páginas de su libro de la siguiente manera: “No digo que aquella vida al aire libre, en contacto con la Naturaleza, fuese más pura que la de hoy, pero sí que era, al menos, mucho más sencilla, más acogedora, bastante más humana. La alegría era entonces tener un lagarto entre los dedos y acariciar sus ocelos prodigiosos de un azul más profundo que el cielo del estío”, pero es el propio Alejandro López Andrada el que habla de esa manera porque en esta obra hay una suerte de confusión entre la biografía novelada y la novela biografiada. Esto transfiere a las páginas de este libro un aire de confesión necesaria en la voz de su narrador, convirtiendo al escritor en su protagonista.
Esa cercanía de la voz nos permite, además, situarnos en los ojos del escritor maduro, mientras acompañamos la mirada del niño sobre la tierra que lo vio crecer. Allí, en las comarcas del Valle del Guadiato y del Valle de los Pedroches, encuentra Andrada el pulso de ese corazón que late en los troncos de los árboles, en el pequeño pecho de las aves que aparecen a lo largo de sus páginas mientras retrata su infancia.
Verderones, jilgueros, pinzones, golondrinas, abubillas y alzacolas levantan el vuelo al tiempo que el autor despliega todo el lirismo de su prosa. No olvidemos el alma de poeta que vive en López Andrada para entender la belleza que recorre las páginas de este libro, y cómo el autor se permite guiarnos por estos parajes y las fotografías de otro tiempo como si escucháramos embobados los cantos y trinos de esos pájaros.
Estructurado en diez capítulos de extensión media, este libro se dispone a jugar con las reglas de la ficción y de la biografía para guiarnos por los episodios que marcaron la vida del autor a través de la familia, los amigos, el primer amor y la importancia de la relación con la naturaleza. Esas, y la prodigiosa belleza con la que nos lo cuenta, son las raíces con las que López Andrada sujeta en la tierra el tronco firme de este árbol que es El corazón de las golondrinas. Un libro que puede interpretarse en la línea simbólica, temática y emocional de sus dos anteriores novelas: Los perros de la eternidad (Almuzara, 2016) y Un jilguero en el ático (Berenice, 2023).
El autor también sacude con una de sus ramas las mejillas del lector para que reflexionemos sobre la importancia de lo íntimo y lo natural en la vida actual. Leyendo su novela es inevitable preguntarse dónde quedó aquella alegre y sencilla existencia de nuestra infancia que nos lleva necesariamente a pensar que cualquier tiempo pasado, en el que ir a jugar al pozo de la mina, compartir la tarde con los amigos, bañarse en el río o robar un polluelo de milano para criarlo en casa, sin duda fue mejor.
Encuentro, además, un tesoro escondido entre sus páginas; más allá de esa conexión que consigue crear con su universo a través de las historias que narra a lo largo del libro y la belleza de sus palabras, la obra supone una invitación a recorrer nuestro pasado. Así que mientras disfrutaba página a página emprendí un viaje al corazón de mi infancia. Allí, en un barrio poblado de golondrinas y travesuras he sido capaz de recordar, tal y como hace el protagonista de El corazón de las golondrinas, que la felicidad, en efecto, era poder acariciar los ocelos prodigiosos de un lagarto entre los dedos.
El corazón de las golondrinas (Berenice, 2025) | Alejandro López Andrada | 248 páginas | 17,95 euros