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Amigos ejemplares

EDUARDO CRUZ ACILLONA | En bachillerato tuve un profesor de Historia, no de Literatura, de Historia, que no sólo nos recomendaba encarecidamente leer El Quijote, sino que lo hiciéramos de manera sistemática cada diez años. Nos aseguraba que, en cada ocasión, la novela era distinta. Años más tarde, algunos descubrimos la poesía de Gil de Biedma (“Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”) y nos dimos cuenta de que no era la novela la que cambiaba, sino nosotros mismos y la forma de ver las cosas.

Algo parecido me ha pasado este año, que me tocaba volver a leer El Quijote, cuando se me cruzó El verano de Cervantes, última obra recién publicada de Antonio Muñoz Molina. En ella nos muestra a un Miguel de Cervantes niño que, nacido en Alcalá de Henares, como buen madrileño tiene envidia de la mayoría de sus coetáneos, que en llegando el verano abandonan la ciudad y se marchan de vacaciones al pueblo. Con el fin de evitarle traumas innecesarios, sus padres deciden enviarle a un lugar de La Mancha de cuyo nombre Cervantes jamás logrará acordarse pero que, a la vista de lo expuesto por Muñoz Molina en este ensayo, le marcó profundamente.

Así, allí se hace amigo íntimo de un tal Sancho “Pluma”, un niño famélico cuyo apodo cambiará al hacerse adulto y descubrir el encanto gastronómico y calórico de los duelos y quebrantos. Juntos se divierten con actividades que van más allá de las típicas (montar en bicicleta, porque no existían, o intentar ligar con sus primas de Valladolid, que tampoco tenían). Su juego favorito era salir al campo, subir hasta el cerro de los molinos y lanzar piedras contra sus aspas. “¡Son gigantes!”, se sorprendía el pequeño Miguel al principio. “Sí, son muy grandes”, le daba la razón su amigo Sancho creyendo inocentemente que ambos hablaban del tamaño de los mismos y sin sospechar que su amigo de la ciudad ya podría estar arrastrando algún tipo de disfunción psicológica.

Como teoría para justificar el origen de la obra universal El Quijote, y a pesar de que el autor se queda corto en su argumentación, bien podríamos darla por válida a falta de mejores opciones. Algo que no sucede con, por ejemplo, la novela El coloquio de los perros.

Sostiene Muñoz Molina que el niño Cervantes siempre se hacía acompañar en verano de dos perros galgos, de nombres Bimba y Lola respectivamente, a los cuales les atribuía ciertos poderes o características humanas como el habla y el raciocinio. Y cuando, ya de mayores, Cervantes pretende escribir una suerte de biografía de sus galgos, su amigo Sancho le recomienda que, para empezar, les cambie el nombre, que Bimba y Lola no resultan atractivos ni para vender bolsos, proponiéndole la alternativa de Cipión y Berganza, de mucho más señorío y empaque, dónde va a parar, algo que el joven escritor acoge con entusiasmo prometiéndole a su compañero grandes prebendas a ingresar en ínsulas fiscales en cuanto él obtenga su merecido éxito en el mundo de las letras.

Parecido esquema, y un tanto repetitivo para tratarse de un investigador tan meticuloso como Muñoz Molina, nos presenta para justificar otra de las famosas novelas cervantinas: Rinconete y Cortadillo. En esta ocasión, sigue sosteniendo el autor, cansado de vivir las mismas aventuras verano tras verano, y aprovechando que ya ha vivido con su familia en diferentes ciudades españolas, Cervantes dedica todas las tardes de sus vacaciones de ese año a narrarle a Sancho sus presuntas peripecias delictivas junto a un nuevo amigo en Sevilla, una ciudad, por aquel entonces, considerada como la capital del mundo, tanto en lo económico, por las riquezas que allí se desembarcaban a diario, como en lo cultural, al faltar todavía varios siglos para la aparición en escena de personajes como José Manuel Soto o Los Morancos.

Así, para Muñoz Molina, Rinconete y Cortadillo queda como una mera novelita por entregas de esas que publican en agosto algunos diarios de tirada nacional (¡Larga vida a Sin noticias de Gurb!), sin reconocer que se trata, sin duda alguna, del origen de la novela negra en la historia de la Literatura Universal.

El verano de Cervantes es, pues, una obra irregular, un ensayo partidista de quien presume haber sido director del instituto donde estudió Cervantes, o algo así. Aunque hay que reconocer que, tras su lectura, retomar El Quijote va a ser una experiencia muy diferente a la vivida hace diez años. Tanto es así que mucho me temo que justo después, para desintoxicarme, tendré que releer también Las vidas de Miguel de Cervantes. Una biografía distinta, de Andrés Trapiello (Austral, 2015)

El verano de Cervantes (Seix Barral, 2025) | Antonio Muñoz Molina | 448 páginas | 22 euros

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