
ALEJANDRO LUQUE | De mis años de fiel benedittiano –página que doy ya por felizmente pasada– me quedan en la memoria aquellos versos: “Cada ciudad puede ser otra/ cuando el amor la transfigura/ cada ciudad puede ser tantas/ como amorosos la recorren”. El amor a las personas y el amor a las ciudades se confunde a menudo, hasta el punto de que cuando uno acaba es posible que comience el otro, aunque lo normal es que vayan de la mano. Amamos las ciudades que nos reunieron con alguien, que nos prestaron el telón de fondo de una bonita historia, que ya para siempre irán asociadas a aquellas emociones. Volví a pensar en esto leyendo Ciudades con nombre de mujer, el debut de un joven escritor cubano afincado en Sevilla, Andy Jorge Blanco, que acaba de ver la luz.
Un primer poemario siempre es un reto para el escritor incipiente y para la persona. Nos preocupa dejar claro que hemos vivido, más incluso de que hemos leído; y, por supuesto, eso incluye subrayar que hemos amado y hemos sido amados, que los años transcurridos han estado plenos de esa intensidad y ese sentido que nos autoriza a alzar la voz. Es algo presente en estos versos de Blanco, pero hay algo más: una necesidad de mirar hacia atrás, de dialogar con el propio pasado y de pasar a limpio la propia experiencia; de preguntarse quién es uno, de dónde viene y adónde va. Y también ahí aparecen las ciudades y las mujeres, claro.
No puede ser de otro modo tratándose de alguien crecido en una isla, con la piñeriana “maldita circunstancia del agua por todas partes” delimitando su mundo, que sale a Europa en busca de otros caminos para su azar. Y siendo, además, un periodista, ejercitado en la observación y la economía del lenguaje, de modo que su inspiración siempre va a tener un asidero en la realidad que se despliega ante sus ojos.
No creo que haya que exigir perfección formal a un debutante, y mucho menos invertir tiempo en señalar pequeños posibles ajustes, versos que podían quedar mejor redondeados, ritmos mejorables: nada que el tiempo y la práctica no corrijan. Personalmente, prefiero señalar las virtudes de este libro, la franqueza de su voz, la de alguien que asegura venir “de mi madre, primeriza y joven/ intentando educar a un hombre bueno”, y que sueña con llevar a su abuela de vuelta a Luanda, que “también es un poema, una mujer que canta”.
De La Habana a Angola pasa el poeta por la masacrada Gaza, que es la conciencia de un dolor que no le alcanza directamente, pero que le concierne como ciudadano del mundo. Y asoman, de nuevo, los amores, las camas ardientes, las despedidas, donde el poeta se arriesga a derrapar por los terraplenes más convencionales y confesionales, pero se las arregla para salvarse, es decir, salvar el poema, con giros genuinos y personales.
Con todo ello, Andy Jorge Blanco ha culminado una ópera prima limpia de preciosismos inútiles y rica en hallazgos y nostalgias –¡perdonen, en la expresión, el resabio benedittiano!– que presagia un autor llamado a mayores empresas, toda vez que persevere en el oficio y cumpla con la obligación primordial de un poeta: seguir viajando, seguir amando.
Ciudades con nombre de mujer (Cuadranta, 2025) | Andy Jorge Blanco | 62 páginas | 15 euros