
JUAN CARLOS SIERRA | Vuestra Merced aún no ha demandado de mi persona que yo mesmo, fiel servidor de voacé, escriba muy por extenso lo tocante al famoso caso relatado por mano anónima en La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, probablemente por haberse hallado inquiriendo sobre este menester a solo una de las partes. Por ello, parecióme muy conveniente acometello por mi cuenta en esta breve misiva. Ansimesmo, considerando la falta de decoro del tal Lázaro de Tormes al tratar el caso a mis espaldas y del escribidor de su relato, pues es cosa bien sabida que este pícaro haragán, mercachifle y zascandil no está ducho en gramática castellana y que entrambos existe un entendimiento que va más allá de las letras, que malas lenguas, como las que me han traído a este punto, van pregonando por ahí que no sé qué de mariposillas y sí sé qué de pecado nefando; y en tratándose entrambos de nos de hombres de honor y honra, me tomo esta licencia epistolar para dejar en claro mi parte en lo que concierne al caso que ilusoriamente relata el tal Lázaro en ese libro que tanto mal me está provocando y que circula incluso por tierras de infieles protestantes. ¡Valiente hideputa, este Lázaro de Tormes!
Y no es de extrañar tanta bellaquería junta en una criatura inmunda como este Lázaro: un rastracueros, un robaperas, un pisaverde, un sodomita, un malhechor y maltratador de sus amos,… No habla en mí agora el rencor, sino la verdad. Dígame vuesa merced si no es propio de bellacos malnacidos estampar contra una columna a quien tanto bien le procuró, cierto que no en lo tocante a la pitanza, tan escasa en tierras de Castilla, mas sí al menos en liciones cotidianas; o acaso fuese de ley sisar al pobre clérigo de Maqueda su despensa o abandonar a su suerte al alguacil en mitad del mayor de los peligros. No, vuecencia, no es de fiar este al que llaman Lazarillo de Tormes. No confíe en quien yo ya conocí como un bigardo Lázaro. Desprecie lo que sale de su hocico y lo que ha puesto por escrito su fornicador y fornicado amigo.
Sepa Vuestra Merced que, aunque en tal libro de la vida de Lázaro se concluye que tanto en mi hogar como en el del susodicho, linde con linde, hallamos paz y sosiego tras ciertos dimes y diretes acerca de si su mujer me hacía la cama y de comer, el muy hideputa aprendió bien las liciones del ciego y me apremia y conmina a transigir en aqueste negocio con sus requisitos y condiciones de mudez. Y es que como dejó por escrito y puso en boca de Lázaro su amigo el escribidor bujarrón: “Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él”.
De modo tan bravo se muestra el hijo de mil putas, que no osaré cruzar palabra con él sobre el caso, pues aprecio mi vida más incluso que la donosura y plazeres que a diario me procura mi fámula, a la sazón esposa del cornudo. Pues no estoy dispuesto a renunciar a dichos deleites del alma y del cuerpo, conmino a Vuestra Merced interceda por mí ante el pretendido escritor de las andanzas de Lázaro de Tormes con el objeto de hacer justicia a mi verdad, que no es otra que la del loco amor, aquel sobre el que tuvo a bien tratar un mi antecesor en tareas arciprestales pero en la localidad de Hita, un tal Juan Ruiz.
Valga esta epístola, pues, como confesión ante Vuestra Merced y ante Dios nuestro Señor. Sé de la fidelidad que le debo al Todopoderoso, del amor sincero que le profesé y le profeso al Hacedor de todo lo visible e invisible e de las estrecheces amorosas que comporta mi estado eclesial, mas ya sea por las malas artes del maligno, por mi naturaleza mortal, por mi menguada voluntad o por el donaire de la esposa que yo mesmo le di al cabrón de Lázaro, a fe que no os miento si digo que ardo de amor por ella, aunque este ardor me pueda conducir sin remedio a las llamas de Satanás.
Para que en verdad sea la paz en mi casa y en mi hacienda, a la vez que en mi alma, ruego a Vuestra Merced que, como dice el vulgo, se haga el chancho cojo o tenga la vista gorda en este caso, y me ayude a localizar al escribidor del librillo de marras, pues pienso proponerle a cambio de un buen puñado de maravedíes para él y para su amancebado pícaro que emprendan una nueva vida más allá de las murallas de Toledo, a poder ser en tierras de la Nueva España. Siendo tanto vuacé como yo conocedores de las ansias de medrar de Lázaro y de sus mal disimuladas tendencias sodomitas en el casamiento que le apañé, parece este un negocio seguro y provechoso para todos, incluso para Vuestra Merced, a quien deseo que nuestro Señor guarde y acreciente su muy ilustre persona y estado por muy largos años.
De su humilde servidor, B. de P., Arcipreste de San Salvador.
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Imprenta de Juan de Junta, Burgos, 1554) | Anónimo | 93 páginas de 25 líneas | 70 maravedíes