
ROCÍO ROJAS-MARCOS | He terminado de leer Hombres que dicen Aleluya de Braulio Ortiz Poole con la respiración contenida, con un sentimiento de euforia que se desborda, porque Hombres que dicen Aleluya es un canto al esfuerzo, a la lucha diaria por lograr la felicidad en el sacrificio de la vida consagrada a alcanzar la belleza, pero también al amor. Amor por la vida, por aquellas personas importantes que nos acompañan en el camino, por la luz y los fracasos. Ortiz Poole ha logrado componer un poemario sublime, delicado, doloroso y sosegado, algo casi inalcanzable, tan extraordinario que consigue mantenernos aferrados a sus páginas, intentado alcanzar con él y sus voces la belleza deseada. Pues al final ese es el anhelo que vertebra esta obra: alcanzar la belleza. El autor se lo pregunta varias veces: ¿Por qué estamos aquí/ si no es por la belleza? (p. 43), y se lo responde otras tantas: Y yo me muevo buscando la belleza/ herir algún corazón más con esta fiebre (p. 55), o como rezan los últimos versos: si muriese mañana/ recordadme extasiado/ por toda esta belleza (p.89). Y ahí encontramos que será belleza la última palabra de este libro. Cierra sus páginas recordándonos qué es lo que nos mueve, hacia dónde encaminamos nuestros pasos cada día.
Tras el poema “Comienzo” que nos abre las puertas del libro con una acotación teatral, la obra se estructura en cuatro partes, cuatro voces diferentes, cuatro modos de mirar, vivir, amar y sufrir la vida a través de la danza, pues ese será el hilo conductor de estos versos, el modo de Ortiz Poole de buscar esa belleza deseada en la danza como sublimación de la necesidad de vivir en armonía con el paso del tiempo, con el dolor, con las heridas de la vida y el pasado. Tres bailarines: Gennaro, Mateo y Theo nos harán desentumecernos a su ritmo. Cada uno con sus movimientos, con sus palabras, con su edad. Cada uno con sus sueños, anhelos y miedos darán forma a esas tres miradas que se proyectan desde el escenario para embaucarnos, para sumarnos a su viaje en busca de esa belleza. Y junto a ellos, por último, Enrique, el espectador necesario, sin el que esa danza se quedaría huérfana: los contemplo/ ya no hay dolor entonces/ sino un rio/ un rumor de belleza y aire limpio (p. 81). Así todo encaja, los bailarines necesitan del espectador, el espectador necesita de su danza, todos buscan la belleza, todos gritan buscando su lugar en ese puzle perfectamente desordenado que es la vida, la identidad y el deseo.
Y ahí encontramos otro de los temas que atraviesan estos versos, la búsqueda de la identidad a través del deseo de felicidad. Una búsqueda difícil, que se remonta al pasado, a los recuerdos de la infancia como nos cuenta Mateo: Una madre agarra a su hijo de la mano. Así empieza esta historia, /un sábado cualquiera (p.41), para continuar dos poemas después diciendo: Un hijo suelta la mano de una madre, /desata el nudo (p. 46) y en ese soltar y agarrar la mano es donde nace el deseo de bailar, el desgarro del sufrimiento por lograr encontrar su destino, la felicidad plena de llegar hasta el final de un salto y saber que lo ha logrado. Todo eso está contenido en estos poemas de Braulio Ortiz Poole, por eso comencé estos párrafos diciendo que he terminado de leer su poemario con la respiración contenida, porque cada verso, cada poema, cada página es un susurro que nos recuerda que la vida solo puede ser así, que debería ser el deseo último de cada uno de nosotros: encontrar la belleza en nuestras vidas y ser capaces de trasmitirla, aunque al mirar a nuestro alrededor solo veamos desolación, aunque parezca difícil, pues simplemente el afán de hacerlo vale la pena, y eso también lo leemos es estos versos, esa esperanza última se asoma tímida, silenciosa.
Hombres que dicen Aleluya (Maclein y Parker, 2025) | Braulio Ortiz Poole | 96 páginas | 13’50€