0

Canto a la desesperación

LUIS ANTONIO SIERRA | Cuando la crítica literaria se pone a funcionar – y buen ejemplo de ello es este texto – las divagaciones, teorías, hipótesis sobre el artefacto literario pueden llegar a ser innumerables. En ocasiones, las reseñas se deben más a la imaginación, las frustraciones, ilusiones, o simplemente pajas mentales de quien las escribe que a las verdaderas motivaciones que pueda haber detrás de la obra comentada. Con esto no pretendo echar tierra sobre mi propio tejado, sino sencillamente hacer ver que un texto literario puede tener muchas lecturas y todas ellas pueden ser válidas (bueno, quizás no todas). Si, además, se tiene la ocasión de poder contrastar esas interpretaciones con el autor de la obra en sí, uno se da cuenta de que o bien este no es consciente de todo el peso que tiene su obra o, sencillamente, el crítico o reseñista se ha pasado varios pueblos con sus elucubraciones.

En este sentido, la última novela de Juan Manuel López, alias Juarma, Poética de la autodestrucción, ha sido objeto de multitud de lecturas de las que su autor, aparentemente, no fue del todo consciente durante el proceso de escritura. Poética de la autodestrucción forma parte de un proyecto bastante ambicioso de seis novelas que giran en torno a la localidad de Villa de la Fuente, alter ego – si este término se puede utilizar para un pueblo – de Deifontes, el lugar del que es natural el autor. Hasta la fecha se han publicado tres de los seis volúmenes, siendo esta novela la más reciente y, según dicen algunos que saben de esto, la mejor de las tres. Villa de la Fuente es un personaje más con personalidad propia y una trascendencia que va mucho más allá del mero escenario en el que se mueven los personajes la mayor parte del tiempo. Algunos han calificado a Villa de la Fuente como una suerte de “Macondo granaíno”. En estos parajes de la geografía andaluza se mueven cantidad de personajes, jóvenes la mayoría, básico foco de interés para el autor. Evidentemente, el mundo adulto también está ampliamente representado con personajes adyacentes y necesarios para comprender el contexto socioeconómico en el que se mueven estos jóvenes, contexto en el que la emigración, la precariedad o la desesperanza están muy presentes.

Como mencionábamos más arriba, son muchas y variadas las lecturas que se han hecho tanto de esta novela como de sus predecesoras (Al final siempre ganan los monstruos y Punki). Han sido calificadas como “novela rural” por aquello del contexto en el que se sitúan; o “novela generacional” por la identificación que muchos lectores y lectoras han encontrado con el grupo de Miguel y compañía; también se ha hablado de ellas como “autoficciones” por la posible relación directa entre el autor y alguno de sus personajes; además, ha habido quien las ha calificado como una suerte de “Trainspotting rural” en tanto en cuanto el consumo excesivo de drogas está muy presente y directamente relacionado con la alienación de los personajes. En realidad, Juarma no da mucho crédito a esas lecturas; o, dicho de otra manera, le da bastante igual cómo veamos e interpretemos sus novelas. Lo que sí reconoce es que su literatura es un refugio y una forma de resistencia, además de un lugar desde donde mostrar su odio de clase, lo cual está directamente relacionado con esas falsas promesas – y su consiguiente decepción – con las que esas gentes que se dirigen hacia la edad adulta van a chocar y los van a dejar sin perspectivas, sin futuro y en situaciones muy precarias. ¿Y qué pueden hacer ante esto? Muy sencillo: drogarse, consumir alcohol hasta caer rendidos, porque es la única manera de evadirse, aunque sea un rato, de una realidad bastante desagradable y frustrante. Aun así, la amistad, la solidaridad entre ellos, el amor recíproco los salva de caer en esa sima a la que el futuro parece llevarlos inexorablemente.

En última instancia, habría que destacar también el uso que Juarma hace del lenguaje. En su intento por reflejar de la manera más verosímil posible la realidad del contexto en el que se mueven los personajes, el de Deifontes tira de acento local, de la transcripción cuasi fonológica del habla de la zona, del uso de un léxico idiosincrático que para un lector no familiarizado con este hasta podría necesitar de alguna nota al pie que aclarara algunos significados. Aunque no es el primero que tira de este recurso para dar verosimilitud a su narración, probablemente lo que aporta el autor es una intensidad, una total ausencia de complejos y una naturalidad que le hacen llegar a cotas normalmente no alcanzadas.

Y una última cosa: aunque Juarma tira más hacia el anarquismo, sin embargo, su Poética de la autodestrucción destila tintes muy auténticos de marxismo. Nada más que por este detalle ya merece la pena leer este libro.

Poética de la autodestrucción. (Blackie Books, 2025) | Juarma | 312 páginas | 21 euros.

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *