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Carrera de cien años de obstáculos

ILYA U. TOPPER | No, esto no es una saga familiar a través de cien años, ni de soledad como en Macondo, ni de gentíos como en Tocaia Grande. El país de los otros abarca exactamente nueve años, de marzo de 1947 a marzo de 1956, fecha, esta última, de la independencia de Marruecos. Pero saga familiar sí es, y en su emplazamiento, una colina pedregosa a pocos kilómetros de Meknés, condensa un siglo largo de conflicto, toda una etapa histórica de la humanidad: la del colonialismo europeo en el Magreb y África.

Marruecos nunca fue colonia; fue protectorado, pero durante el dominio francés, que arrancó en 1912 —aunque no se consolidó hasta la década de 1920—, unos cuantos ciudadanos franceses se establecieron en las fértiles llanuras del noroeste como granjeros y terratenientes, al modelo de lo que se llevaba haciendo un siglo en la vecina Argelia, colonia francesa desde 1830. Allí, varias generaciones de franceses llegaron a considerarse nativos del país, los llamados pieds-noirs; la independencia de Argelia fue un enorme drama para ellos, porque tuvieron que irse, exiliarse, no concebían otra opción, porque nunca se habían mezclado con los indígenas: eran argelinos, africanos, pero franceses, no como los moros, sujetos a leyes distintas, a una jurisdicción distinta. Casarse unos con otros era casi impensable: aun cuando ocurría —y ocurría mucho más de lo que la historia oficial ha querido reflejar—, seguía siendo casi impensable. Eso es la esencia de la palabra colonialismo.

Estos cien años de colonialismo magrebí se condensan en Marruecos en escasas tres décadas, y en los nueve años del libro que nos ocupa. Pero con una vuelta de tuerca de doble giro: la pareja protagonista no es un matrimonio de colonos blancos, sino uno mixto. Y no es un señor francés con una chica nativa, sino un señor marroquí con una chica francesa.

Esto también era más frecuente de lo que la historia oficial ha querido reflejar; es el caso de la madre de la gran feminista marroquí Zineb El Rhazoui, que algún día debería escribir su propia novela al respecto. No sé si Leila Slimani se ha inspirado en casos reales de su propia familia, ni es lo que importa aquí: la historia es verídica en el sentido de ser fiel a lo ocurrido.

He dicho señor marroquí y chica francesa: Amín Belhach es hijo de una familia marroquí de clase media, tiene cierto nivel intelectual y una herencia de un trozo de tierra cerca de Meknés, que su padre quiso hacer florecer. Mathilde es hija de un campesino de Alsacia, gran lectora de novelas, y capaz de moverse en cualquier ambiente. La unión sería escandalosa, si no fuera porque Amín ha combatido en las filas del Ejército francés contra las tropas nazis y es un héroe de guerra correctamente condecorado, lo cual obliga al resto de la colonia a mostrarle cierto respeto, casi como si fuera francés.

Casi como si fueran franceses, Amín y Mathilde intentan hacer florecer el pedregal de la familia Belhach, con métodos europeos modernos y mano de obra nativa, la de los campesinos bereberes que viven en otro mundo, otro siglo, a un tiro de piedra. Ellos no son campesinos: son granjeros, una clase moderna. Casi colonos. Su hija, la pequeña Aicha, va naturalmente al colegio de monjas francés (y sacará las mejores notas, como siempre las han sacado todas las niñas marroquíes en los colegios franceses, es una constante histórica) y tendrá hasta Navidad en casa. Casi consiguen formar parte del país de los otros, los colonos de verdad. Casi.

Leila Slimani cuenta su novela con su característico estilo breve, conciso, factual, sin florituras, casi sin explicaciones: vemos qué ocurre, observamos la secuencia de los hechos; imaginar los motivos es tarea nuestra. Esto hace que no sepamos qué ocurrirá en la siguiente página, aunque en todas las escenas, en todas, hay un oscuro presagio de que algo irá mal, algo grave va a suceder, la tensión acumulada entre un extremo y el otro del país, que es de ambos y de ninguno, se va a descargar cual cortocircuito con chispa e incendio. Porque será inevitable.

No ocurre en la siguiente página, respiramos: por esta vez nos hemos salvado. Pero ya surge otro personaje, inocuo quizás, o quizás una carga de dinamita que hará estallar los hilos cada vez más frágiles que unen a esa extraña pareja de un mujer alsaciana encallada en las rocas del Atlas y un hombre marroquí convertido, sin comerlo ni beberlo, en cabeza no solo de su familia, sino también en la de otra que no deja de ser suya: su madre de la medina de Meknés, el hermano menor, a la deriva hacia el nacionalismo fanático, ese que prepara atentados armados contra Francia, la hermana menor, que fuma como las francesas y se enamora, como las francesas, de un aviador francés. Ya no se sabe cuál es el país de los otros y cuál es el propio.

Y en todo esto, la tierra es pedregosa y se resiste, como un pueblo entero.

Leila Slimani ha encadenado escenas de una gran densidad; cada una podría ser un cortometraje filmado en claroscuro, más oscuro que claro, con perfiles como siluetas trazadas con una punta de lápiz tan afilada que hiere. Y como de un claroscuro, surgen personajes aparentemente de la nada, llenan la pantalla, se hacen protagonistas, para volver a desaparecer unos capítulos más tarde, casi sin dejar rastro. Como en una road movie, solo que todos están clavados en el mismo lugar, sin poder huir.

No, esa secuencia de imágenes no se va trenzando en una trama coherente con un final necesario, ineludible, como ocurre en las grandes novelas. Fluye caótica como la vida misma, y llegamos al final del libro entre cascadas y riscos, extrañados de haber llegado hasta aquí sin ahogarnos, sorprendidos de estar vivos.

Porque la tierra es un pedregal y el pueblo es terco y puede ser incendiario, pero así fue Marruecos, así es. La Resistencia contra Francia no fue una guerra organizada, de hecho, no fue una guerra. Derrapó al borde de ella, pero se salvó del incendio que pocos años más tarde ennegreció los cimientos de Argelia. Quizás nunca sepamos cuál es el país nuestro y quiénes son los otros, porque los otros, en Marruecos, somos nosotros mismos. Lo sabe Leila Slimani.

El pais de los otros (Cabaret Voltaire, 2023) | Leila Slimani | Traducción de Malika Embarek López | 440 págs. | 23,95 €

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